Nunca mandes flores

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Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Entre las peores estupideces que un enamorado en etapa de cortejo puede realizar se encuentra la de mandar flores. Si al ingenuo lector le ha pasado por la cabeza cometer tamaña barbaridad originaria de la Edad Media, cuando los cruzados trajeron las rosas del Medio Oriente y muy probablemente fueron recibidos con un: “¡Estúpido! ¿Ése es todo el botín que le arrancaste a los paganos? Bien le decía mi madre a mi padre: ¡no cases a tu hija con uno de los condes de la Cerda, que son todos unos imbéciles!”, sería mejor que se pusiera a leer El ruiseñor y la rosa, de Óscar Wilde. Continuar leyendo

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Las infinitas razones para odiar el periodismo

las infinitas razones para odiar al periodismo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Con algunas descripciones de su fauna nociva

Ser periodista es tomar la librea del criado y pasearse ufano por la plaza. Es zaherir a don Quijote en el nombre de Sancho Panza y optar por una religión, por una moral de esclavos en lugar de realizar un ideal. Ser periodista es convertirse en un obrero a destajo de las letras. Continuar leyendo

Carta a Yorick

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Destinatario: Yorick, bufón y actor dramático. Dinamarca, fosa común.

Remitente: Elko Omar Vázquez Erosa, Chihuahua, México.

Querido Yorick:

Meditando acerca de la brevedad de la vida recordé ese estilo de monumento funerario del que tú mismo eres un ejemplo en la literatura y que tanto furor despertó a principios del Renacimiento. Continuar leyendo

Recorriendo “Cantos de vampiros”

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Por: Elko Omar Vázquez Erosa

En su ensayo La decadencia de la mentira el maestro Óscar Wilde, a quien no  nos cansamos —ni nos cansaremos— de citar, afirma: “Ningún gran artista ve las cosas tales como son en realidad. Si las viese así dejaría de ser un artista”[1]. Más adelante agrega: “si desea usted ver un efecto japonés, no vaya como turista a Tokio. Por el contrario, quédese usted en casa y entréguese de lleno a la obra de ciertos artistas japoneses, y entonces, cuando haya usted asimilado el alma de su estilo y captado su visión imaginativa, vaya una tarde a pasearse por el Parque o por Piccadilly, y si no ve usted allí efectos absolutamente japoneses, no los verá en ningún otro sitio”[2]. Continuar leyendo