El fantasma de Oscar Wilde

fantasma Wilde

Al volverme lo vi: se encontraba sentado en una de mis sillas griegas, fumando un cigarrillo, con la pierna cruzada y los ojos lánguidos y soñadores: el fantasma de Óscar Wilde.

(Especial de noche de brujas)

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

I

Existen algunas personas que se aburren atrozmente y tienen a honra fastidiar a los demás con su cháchara espantosa que incluye comentarios acerca del fútbol, las dificultades que enfrentan en su trabajo y la forma tan ingeniosa en la que respondieron a la vieja horripilante o al degenerado de su jefe.

Si no se han decantado por el tema de la política, repitiendo los lugares comunes de los que se apropian merced a la nefasta y extendida costumbre de leer periódicos, estos seres grises todavía pueden convertir hasta la fiesta de Halloween más espectacular en una convención de abuelas de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días o en la celebración de un aniversario del grupo de Alcohólicos Anónimos más cercano a nuestro domicilio:

—Fría la noche, ¿eh?

—Sí.

—Caray, ¡todos se vinieron disfrazados!

—Suele ocurrir en las fiestas de disfraces.

Si a lo anterior sumamos la repentina irrupción de la beata doña Cleotilde, en cuya casa festejábamos ya que su sobrino (y anfitrión nuestro) nos había asegurado que la tía se encontraba en un retiro espiritual, podemos considerar la posibilidad de que la fiesta termine en breve.

—¡Paganos! ¡Herejes! ¡Fiesta de abominación! ¡De druidas satánicos!

Como además no queremos escuchar semejantes barbaridades acerca de los druidas, que jamás oyeron mentar a Satanás hasta la llegada del aguafiestas de San Patricio, y como dichas necedades nos las repiten hasta el hartazgo en todos los periodicuchos de la ciudad y en burdos panfletos religiosos que nos entregan señoras con cara de esfínter fruncido cada 31 de octubre, decidimos que definitiva e inexorablemente la fiesta ha terminado.

II

Llegué a casa temprano y decidí leer un poco en la biblioteca, donde me encontré con una sorpresa: alguien había estado fumando mis cigarrillos tras encender la chimenea y servirse una copa de vermouth. Además la pantalla se encontraba encendida y sobre el escritorio habían dejado la cajita de la película “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, algunos libros de Anna Rossetti, Constantino Kavafis, Honoré de Balzac y Walter Pater. El equipo de sonido dejaba escapar las notas de un nocturno de Chopin.

Era demasiado. Toqué la campanilla para llamar a mi mayordomo que, por supuesto, se hizo esperar:

—¿Me buscaba el señor?

—¡Alfred! ¿Qué significa este desastre?

—Si es una adivinanza y en vista de que el señor luce un disfraz de Mefistófeles yo me inclinaría a pensar que tuvo una fiestecita.

—¿Crees que tengo cara de estúpido?

—El señor preguntó.

Entorné los ojos para estudiar cuidadosamente las facciones de Alfred, quien continuaba impertérrito. Si él no había aprovechado mi ausencia para festejar Halloween a solas, ¿quién había sido?

—¿Tuvo visitas mi mamá?

—La señora salió con su comadre —contestó Alfred, flemático.

—Está bien, puedes retirarte.

Una vez que Alfred me dejó a solas destapé una botella de whisky, tomé unos hielos del frigorífico y bebí un trago. Al volverme lo vi: se encontraba sentado en una de mis sillas griegas, fumando un cigarrillo, con la pierna cruzada y los ojos lánguidos y soñadores: el fantasma de Óscar Wilde.

—¡Maestro! ¿Qué te trae a mi humilde biblioteca?

—Mi querido Elko, estuve leyendo tu blog en mi tablet y desde hace unos días pensaba visitarte.

—¿Tienes tablet?

—Te sorprenderías con las cosas que los turistas dejan abandonadas en Père Lachaise, sobre todo en la tumba de Jim Morrison; en lo que se refiere a la conexión a Internet los espíritus lo tenemos gratis.

—Alguna ventaja debían tener.

—Como no te encontrabas me tomé la libertad de revisar tu deliciosa colección de libros y películas: espero que no te moleste.

—Para nada.

Óscar apagó la colilla que tenía entre los dedos en el cenicero de cristal cortado, se sirvió una copa de vermouth, sacó otro cigarro con boquilla dorada y dijo:

—Pásame las cerillas, chico.

Encendió el tabaco y soltó una bocanada:

—Veo que estás escribiendo una novela —señaló uno de mis manuscritos— espero que no vaya a ser uno de esos mamotretos interminables que tanto gustan a las editoriales comerciales. Bien dije alguna vez que para escribir ese tipo de libros basta con tener una absoluta falta de imaginación.

—Cierto. Borges decía que la novela obliga al relleno y siempre se negó a escribir una.

—¡Pobre Borges! Ya es imposible ser original, ni siquiera en el pecado; pero Jorge Luis, que siempre fue un delicioso narrador, un exquisito poeta y un crítico agudo, estaba en lo cierto. Los best seller que infestan los estantes de las librerías, de los que han desterrado completamente al cuento y la poesía, me hacen el efecto de esos paquetes que incluyen una monstruosa hamburguesa, una orden de papas, un pastelillo de piña y un refresco extra grande.

De pronto escuché a mi mamá, que gritaba desde la planta baja.

—¿No hay nadie en esta casa?

El problema con mi mayordomo es que todos fingen que no existe –supongo que no agrada mucho a los demás– y el muy insolente y vengativo se niega a atender la puerta, así que me disculpé con Óscar y bajé las escaleras para abrirle a mi mamá quien, para variar, olvidó sus llaves. Cuando regresé a la biblioteca Wilde se había marchado: confío en recibir de nuevo una de sus amenas visitas cualquiera de estos días.

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