Carta a Yorick

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Destinatario: Yorick, bufón y actor dramático. Dinamarca, fosa común.

Remitente: Elko Omar Vázquez Erosa, Chihuahua, México.

Querido Yorick:

Meditando acerca de la brevedad de la vida recordé ese estilo de monumento funerario del que tú mismo eres un ejemplo en la literatura y que tanto furor despertó a principios del Renacimiento.

Como recordarás el transi o memento mori eterniza en piedra el proceso de descomposición de un cadáver, según se puede ver en el sepulcro del cardenal Lagrange o en la muy impresionante escultura del príncipe de Orange, René de Châlon, quien muriera en los brazos de Carlos V luego de ser herido en el asedio de San Dizier en 1544.

Se trata de un esqueleto con jirones de carne que sostiene en alto un relicario que antiguamente contenía su corazón como símbolo del amor triunfante, pero el órgano desapareció durante los disturbios de la Revolución Francesa.

A esta última obra, de Ligier Richier, he dedicado un poema que publicaré como parte de mi florilegio El libro de la sombra y el gusano, una especie de museo de los horrores poético todavía en proceso de escritura. En seguida te comparto dicha composición:

René de Châlon

¡Oh! ¡Lacrimae mundi! ¡Memento mori!
Como las hojas muertas de los árboles
el eco de tu risa en los salones,
finalmente olvidados por el tiempo.

Ten en cuenta que el día de tu muerte
se acerca inexorable,
agazapado en el vino chispeante
de tus más delirantes alegrías.

Detén tus pasos y contempla el transi
 de René de Châlon:
un cadáver con jirones de carne
ofreciendo su corazón al cielo.

Supongo que no sabías que este tipo de monumentos aparecieron tan tarde como en el siglo XIX según se puede ver en el cementerio de Staglieno, en Italia, donde se encuentra sepultada, entre otras personalidades, Constance Lloyd, esposa de mi muy amado maestro, Óscar Wilde.

En esta necrópolis destacan algunas esculturas por su tétrico y sobrecogedor mal gusto que bebe del Romanticismo y de su amor a la muerte y que harían las delicias de más de un chico gótico.

El transi se desprende directamente de las pinturas medievales llamadas “danzas macabras”, donde se representaba a todas las clases sociales, incluyendo eclesiásticos, nobles, ricos burgueses, hermosas mujeres y simples campesinos, mientras eran arrastrados por festivos esqueletos, todo ello para recordar a la gente la vanidad de las cosas humanas y la necesidad de prepararse para una vida futura, pues como diría el maestro de maestros, Francisco de Quevedo (quitaos el sombrero y haced una genuflexión apropiada):

 Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

A la caída de Constantinopla en el año 1453, época de personajes encantadores como el voivoda Vladimir Vlad Dracul, “El Empalador”, muchos sabios (gran parte de ellos paganos de closet) se refugiaron en Italia y en otros países de Europa dando un nuevo impulso al Renacimiento y a la difusión de la sabiduría antigua en el Quattrocento, que ya asomaban la cabeza desde el Trecento e incluso en el Duocento.

Al chocar el pensamiento helénico y el carpe diem romano con la mentalidad medieval y la danza macabra el hombre dejó de hacer de la promesa de una vida futura el centro de su existencia y se dio a la tarea de gozar, con una sensualidad desesperada, el aquí y el ahora, desarrollando increíbles obras de arte, conquistando mundos nuevos, amasando fabulosas fortunas y desentrañando los misterios de la naturaleza con un ímpetu que todavía hoy nos asombra.

Así vemos a un Boccaccio escribir el Decamerón, serie de relatos picarescos narrados por un grupo de jóvenes que ha huido a una deliciosa villa para escapar de los horrores de la peste y dedicarse a las delicias de la mesa, el amor, el arte y la conversación.

Cambiando de tema la otra vez te vi muy platicador con el maestro Víctor Córdova, autor de excelentes obras de teatro como Los milagros de los santos olvidados, la trilogía Seres de frontera (que se compone de las obras Los dioses de piedra, Esperanza y los culpables y Tiro de gracia) y de ensayos como La virtud de los desposeídos: la herencia de Henrik Ibsen; Arte y cotidianidad; Arturo Ripstein y Paz Alicia García Diego, un binomio creativo y eficaz de la cinematografía mexicana, etc., etc., etc. ¡Uf! Déjame recupero el aliento.

Desde que saltaste a la fama en el acto cinco, escena uno de Hamlet, donde el buen príncipe de Dinamarca se deshace en elogios por ti ya no saludas a los pobres poetas como yo y, convertido en todo un snob te ha dado por juntarte con puros dramaturgos, divas de teatro y primeros actores, a pesar de tus humildes orígenes de bufón de la corte. Y es que se te ha subido a la cabeza aquello de:

Alas, poor Yorick! I knew him, Horatio; a fellow of infinite jest, of most excellent fancy.

O probablemente te estoy levantando falsos, mis celos son injustificados y el presumidote de Víctor Córdova se retrató con otra celebridad, en cuyo caso habrás de perdonarme: ya se sabe que, en previsión de su muerte, el pianista André Tchaikowsky estipuló que su cráneo se donara a The Royal Shakespeare Company para hacerse pasar por ti en las representaciones de Hamlet; no obstante la compañía anunció que no volvería a utilizar el cráneo del compositor para no distraer al público y por considerarlo muy perturbador.

Sospecho que fue un pretexto para ocultar el robo de la calavera por parte del maestro Córdova, pero carezco de pruebas para demostrarlo.

Sin más por el momento me despido de ti no sin antes desearte una fructífera carrera como actor dramático.

Tuyo:

Elko

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