Cofi-cof, cof-cof

cofi-cof

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

A pesar de los honestos esfuerzos del Gobierno por abatir la inseguridad (no se rían, señores: ¡Respeten! ¡Respeten a las autoridades!) el robo de mi vehículo y una serie de descalabros económicos constituyen una pasajera perturbación atmosférica que ha hecho de mi un asiduo del transporte público, lo que me ha permitido realizar profundos estudios en el ámbito de la zoología urbana.

En cualquier parada del camión el observador atento notará el instinto gregario de la gente con escenas como ésta:

Bajo un sol africano, de esos que rajan tablas, las personas tenderán a apiñarse sudando hasta que la camisa se les pegue donde la espalda pierde su nombre sin importar que a unos cuantos metros, por ejemplo, se encuentre una sombra fresca proyectada por un poste, un muro o un anuncio espectacular.

Por mi parte siempre he tendido a alejarme de las muchedumbres toda vez que los seres humanos son unos bichos peligrosos.

Cierta tarde me detuve en la parada del camión para ir al centro de la ciudad, convenientemente alejado de los demás.

Cinco minutos después un autobús se llevó a todos y yo, que esperaba otro camión, me quedé solo y encendí un cigarrillo para contemplar las nubes ensangrentadas del crepúsculo. Apenas le había dado una calada al cigarrillo cuando una bruja horrible vino a destrozar mi dulce epifanía: se trataba de la clásica vieja ridícula, vegetariana y canosa, con el pelo largo hasta la cintura, la falda atada con un cordón y un rosario de madera colgándole del cuello.

—¿Por aquí pasa el Circunvalación?

—Sí, por aquí pasa —contesté y discretamente me alejé de ella más de 10 pasos, pero el endríago me siguió:

—¡Dios mío! —pensé—. ¡Qué mala suerte! Eso me pasa por ser encabronadamente guapo.

—Cofi-cof, cof-cof… —tosió la Gorgona y yo, como que no quiere la cosa, me alejé de ella 20 pasos. La tipa volvió a acercarse:

—Cofi-cof, cof-cof…

Me recorrí cinco pasos, ella volvió a seguirme:

—Cofi-cof, cof-cof…

—¡Qué se joda! —pensé—. Y habiendo tanto espacio.

—¿Conoce usted los daños que le provoca ese sucio hábito?

—No, soy un poeta decimonónico que, merced a un invento del doctor Frankenstein me he pasado los últimos 100 años en animación suspendida y no me he enterado de nada —dije y solté una bocanada de humo azul.

—¿No está enterado? ¡Pero qué barbaridad!

Y comenzó una pesada disertación acerca de los riesgos para la salud asociados con el tabaco.

Afortunadamente un taxi —que el Señor (Apolo, por supuesto) bendiga a los taxistas— pasaba por ahí, así que lo detuve, apresuradamente, y dejé a la tía de Morticia y bisabuela putativa de Jhon Lennon hablando sola.

Ni modo, no siempre es posible hacer economías.

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