Leyendo a Rossetti

leyendo a Rossetti

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Pocas cosas tan placenteras como recostarse entre blandos almohadones cubiertos de seda y perfume mientras sostenemos una copa de merlot y hojeamos al azar la rutilante poesía de Ana Rossetti, ahijada de Apolo y acaso lejana descendiente del Divino Marqués.

La belleza y el espanto, el placer y el dolor, la ternura y la crueldad se van entretejiendo exquisitamente a lo largo de los versos que aparecen en uno de sus florilegios más conocidos: Devocionario.

Tan sencillo es matar, pues es el mundo frágil
como un vaso de vidrio. Diligentes tijeras
o sables alfileres apenas se precisan:
pujante y obstinada derramará la sangre
su estipendio.
Tan sencillo es matar, decapitar libélulas,
traspasar inmóviles pupilas
de insectos silenciosos y, una vez alcanzada
la paloma, esparcir sus vestidos,
vitral tenue del ala desgarrado
por acequias veloces.

Adentrarse en este universo poético es como recorrer los lujosos pasillos de un palacio barroco mientras escuchamos, a lo lejos, las gélidas y elegantes notas de un clavicordio; en este ambiente no sería raro encontrarse con el diablo:

Era, fíjense bien, el siglo dieciocho,
y a la turbia belleza del extraviado ángel
añádanle brocados, cabrilleantes medias
sobre la torneada pantorrilla,
arrogante tacón y mullida peluca;
como lirios las ingrávidas manos
sobresaliendo apenas del abundante encaje
e inquietante lunar celando la sonrisa.

La sangre, el flagelo, oratorios silenciosos bañados de penumbra, los rostros hermafroditas de ángeles y santos y los horrores deliciosos de la Iglesia Católica, vistos a través de los ojos llenos de asombro de una niña, pueblan los ensueños de Rossetti:

Dúctil cuero lustroso, su lengua desenrosca
por tu espalda y una orquídea se asienta,
teje su laberinto de sangriento guipur,
cae al suelo: su severo ajedrez
en búcaro lo torna. Así cuarenta veces.
Cuarenta veces flores desde sus hombros cuelgan.
Firmes hombros tan pálidos
como cimas heladas o magnolias.

O en éste:

En pos de ti, mi bello ensimismado,
la infancia, desplegándose,
me muestra las imágenes —casi irreconocibles—
de la niña que fui cuando te amaba.
Manos juntas sobre las azucenas del misal,
la blonda de mi velo se anaranja
—sangre y topacio brotan de la bóveda herida—
y en mis mejillas hay una caléndula.

A diferencia del guarro de Benedetti Ana no confunde el pesado oficio de ser divina con el aburridísimo papel de una trabajadora social de la YMCA y antes de perder el tiempo leyendo el mamotreto horrible de Carlos Marx ella disfrutaría las obras completas de Balzac o de Óscar Wilde.

Cuando yo sea grande quiero escribir como Rossetti.

Gracias, Ana, por tantas horas llenas de belleza. Ya sabes que te amo irremediable e inexorablemente.

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