Vendi un libro

El autor, metido en los problemas de un super star encabronadamente guapo, intenta pasar desapercibido usando gafas oscuras

El autor, metido en los problemas de un super star encabronadamente guapo, intenta pasar desapercibido usando gafas oscuras

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

I

Cerré el negocio y suspiré:

—¡Dios!, un aristócrata y un artista de mi categoría no debería ser un maldito mercachifle, pero al menos no tengo jefe, nadie me grita y cuando llegue a la casa me voy a beber media botella de merlot, además de ver una película de terror, por ejemplo Quemaduras de cigarro.

De esa forma llegué a mi humilde morada, me asomé a mi cuenta de Kindle Direct Publishing y descubrí lo imposible: había vendido un libro. Una linda española, que más merezco pero me conformo, dijo que mis poemas eran fenomenales. Audaces pensamientos cruzaron por mi mente y le hablé a Juan Campos:

—¡Mister Pills! ¡Mister Pills! ¡Mister Pills!

Era preciso celebrarlo. 2.67 dólares bien ganados. Todo mi genio, horas y horas de lectura habían valido la pena. Juan Campos juntó a la banda y saqué lo que quedaba de mis ahorros: cerveza, chicas alegres, exóticos perfumes fueron entretejiendo la noche.

—A este paso, Gabo, hasta me voy a casar con Britney Spears.

—Claro, señor, claro, ya decía yo que usted se iba a lograr.

—Cuando me case con Britney me voy a pasar la tarde pintándole las uñas de los pies de color melón, luego tomaré sus cabellos dorados y habré de besarla toda.

—Usted se lo merece, señor. Espero que me invite a la boda.

—Claro que sí. Compraré un yate, lo llenaremos de cerveza y jamás nos volverán a ver en tierra firme.

—Es usted un dios y me honra con su amistad y sus botellas.

—Hasta que me hizo justicia la revolución Kindle.

—Habla usted como un príncipe —dijo Chava mientras abría una cerveza.

—¡Hip hip hip! ¡Hurra!

El mundo me pertenecía, hasta pedimos siete carísimas botellas de absenta. Desafiando al vértigo conseguí ponerme de pie para soltar un discurso memorable:

—Señores —dije a mis amigos, que me miraban como si fuera el mismísimo sir Winston Churchill a unas horas del bombardeo alemán—, me encuentro en la antesala de la gloria.

Las chicas destaparon una botella de champagne y pusieron de acuerdo a mis amigos para mantearme y todo se volvió oscuridad…

 II

—¡Elko! —dijo mi señora madre, justamente indignada—. ¡Te recogí en el patio! ¿Cuándo irás a sentar cabeza?

Por lo menos respiraba, así que me metí a la ducha y, filosóficamente, hasta eso, pedí un taxi y abrí el negocio.

Sospecho que un día de estos me va a arruinar la literatura.

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