Lord Clinton

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Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Cuando Clinton llegó a la casa venía como el pago de un crimen; sin embargo él estaba consciente de sus orígenes aristocráticos y se tomaba el hecho de haber sido vendido como un esclavo con un desprecio absoluto hacia los mercaderes que habían lucrado con su persona, además de que exhibía una confianza atroz en que finalmente triunfaría.

—Ése es el perrucho que me trajeron a cambio de Chessman —dijo mi padre mientras señalaba un cachorro arrogante que miraba la casa desde lo alto de las escaleras con aires de amo y señor, reposando en las patas traseras y erguido en las delanteras, al modo de las esfinges griegas.

La presencia de Clinton en la casa se explicaba porque el anterior french poodle —Chessman— le había gruñido a un bóxer durante su sesión de peluquería, con consecuencias poco saludables para él toda vez que murió destrozado entre las fauces del enorme y bárbaro animal y no en la cámara de gases, como su nombre podría sugerir.

—Le voy a poner como al perro más perro del mundo —dijo mi papá, quien seguía furioso por la muerte de Chessman y aprovechó para hacer gala del poco aprecio que sentía por los Estados Unidos de Norteamérica—: se llamará Clinton.

El aludido soportó estoicamente tan grosero y democrático nombre, así como los gruñidos de su nueva y, ¿por qué no decirlo?, plebeya esposa: Cookie.

Posteriormente traté de remediar el asunto de los nombres —huelga decir que con mediana fortuna— por lo que pasaron a llamarse, respectivamente, Clinton Eustaquio y Cookie Anastasia.

Pero me estoy extraviando: con la llegada de Clinton el orden natural de la casa quedó trastocado ya que él se negaba a dormir en la casita de madera ubicada en el patio y como es un perfecto embustero le hacía mil fiestas a mi padre, quien finalmente consintió en que el animalito durmiera dentro de la casa.

Los primeros en pagar tan fatal decisión fueron los muebles ya que Clinton se retorcía felinamente en ellos y los rascaba de puro gusto, pese a los regaños que sufría durante las pocas ocasiones en el que el muy bribón era descubierto.

Clinton comparte la opinión de Óscar Wilde de que la única diferencia entre literatura y periodismo es que los libros no se leen y los periódicos son ilegibles, por lo que abusa de sus rancios privilegios y si llega a ver un ejemplar en el porche no se digna a leerlo y se orina sobre él: debo decir a su favor que jamás lo he visto hacer lo mismo con un libro; incluso puedo agregar que es tanta su animadversión por el estilo periodístico que basta dar unos golpecitos en la mesa o en las paredes con las hojas de un diario para que Clinton huya despavorido de la habitación.

Cookie

Cookie

Clinton es todo un gourmet y observa una serie de rituales en sus comidas: al ofrecerle un bocadillo Clinton se estira con indolencia, da vueltas alrededor del manjar, lo husmea y si considera que está bien aderezado, tal vez lo honre con su paladar.

Cuando vivía Cookie (que era muy golosa) y se les servían sus raciones, el maquiavélico Clinton, como buen seguidor del marqués de Sade, aguardaba con una paciencia budista a que su consorte terminara de comer para disfrutar del doble deleite constituido por sus alimentos y la envidia —escandalosamente expresada— de Cookie.

No se crea que Clinton se limita a consumir carnes y croquetas como los perros plebeyos. Entre sus comidas favoritas puede mencionarse el aguacate, tomate y lasagna, optando ocasionalmente por un platillo exótico como  las flores de mi mamá. En un descuido puede devorar, con sibarítica delectación, una rebanada de pastel de tres leches, cerezas en almíbar, nieve y chocolate, a pesar de todos los consejos de su veterinario.

En caso de ser sorprendido y amonestado por este delito, Clinton se limitará a lanzar una mirada desdeñosa para luego retirarse, con parsimonia.

La muerte de mi padre, además de la pena natural que nos viene en estos casos, representó para Clinton la pérdida de una enorme influencia política; pero el acabose ocurrió cuando mi hermana Karla le obsequió a mi mamá un nuevo juego de sala y Clinton fue a dar con sus aristocráticos huesos al patio, si bien con acceso al cuarto de lavado.

Fue una escena a lo Shakespeare, muy acorde a sus gustos ingleses. Aquella noche llovía y tronaba como si el bardo en persona hubiera invocado la furia de los elementos. Mi hermana Karla llegó a casa y Clinton salió del cuarto de lavado para empaparse con la lluvia, interpretando al rey Lear desheredado por sus hijas. Cookie lo seguía mientras caracterizaba a su bufón. Ese cuadro lastimero conmovió a mi hermana (que la hizo del conde de Kent) por lo que secó a ambos cónyuges y los metió a la casa, una vez más.

Fue el principio de la guerra contra los derechos feudales de Clinton. Aún ahora, durante noches terribles como ésta soy un personaje de Lovecraft, escribiendo apresuradamente la crónica de sus propias desgracias antes de lo inevitable: Clinton rasca la puerta, exigiendo recobrar sus fueros. Debo…

Nota de Alfred, mayordomo de la casa Vázquez Erosa: El señorito Elko sufrió una crisis nerviosa durante la fiesta de cumpleaños de lord Clinton (ni siquiera quiso probar la costilla ahumada y la saltimbocca a la romana que nuestro chef, Pierre Loiseau Le Blanc, preparó en honor al festejado) por lo que de momento le será imposible atender sus asuntos literarios.

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