Nuestro amor es triste, y a la vez alegre: triste por todos los obstáculos que los senderos desquiciados del destino nos presentan; alegre porque también está hecho de risas, como el confeti que brota, luminoso, de ciertas piñatas cuando las golpean. Continuar leyendo
Armin, hijo de Segimer, hombre de guerra, señor de los queruscos. ¿A qué temer si, de todas formas, es una batalla perdida de antemano como lo es la vida? Sostén la espada, Armin, y enfrenta a los ejércitos de Roma. Aunque al final Germánico se alce con la Victoria, Germania es libre. Continuar leyendo
El tiempo es inapelable y las horas pasan para ya nunca volver llevándose consigo las sonrisas, y las lágrimas, y los días chispeantes que, iluminados por tus ojos, y por la suave cadencia de tu voz, me llenan de alegría. Continuar leyendo
Otra vez veníamos discutiendo en la limousine. A Britney se le había vuelto a olvidar ponerse los calzones y, como es muy despatarrada, le había pedido a Ulomoco que se detuviera en cualesquier tienda para comprarle unas bragas a mi mujer. Continuar leyendo
Nuestro amor sólo se daba en los resquicios, en la caricia de la sombra que dejaban los días fastidiosos, llenos de absurdo y vulgaridad. Continuar leyendo
Ratón ya no es tan chiquitín, así que su mamá decidió irse de vacaciones al campo y pensó que sería bueno dejarlo solo un tiempillo. La ratonera no era muy vieja, pero había unas puertecitas que necesitaban de un arreglo ya que dejaban pasar algo de frío. Continuar leyendo
—Lo etá eperando, lo etá eperando, uno huevo con tocino, chico, el deayuno rico, rico, así que levántese el señor que la señora anda encabronaa —dijo mi mayordomo, Ulomoco. Continuar leyendo
La queimada. Foto tomada de Wikipedia en la entrada del mismo nombre.
La tarántula
A Isabel, que estaba apurando sus tareas, se le iluminaban los ojos pensando en la gran noche, y es que no le llegaba la hora para reunirse con Pedro y los otros niños del pueblo. Continuar leyendo
Entre las sombras una pulsación comenzó a abrirse paso: yo me encontraba bien a gusto vacilando el punto con Britney Spears en una playa lejana mientras cantábamos: Continuar leyendo
Cuando Chávez se fue luego de la fiestecita que tuvimos, durante la cual le dije que se acostara, dejó olvidado un anillo. Le había puesto una botella de agua y otra de Gatorade para que no amaneciera bien crudo, cosa que no me valió porque a las cuatro de la mañana me arrancó las sábanas, me jaló de una pata y me obligó a filosofar, Marlboro rojo en mano.
Lo cierto es que dejó bien tendidita la cama que le había prestado, como se usa entre los rancheros castizos, bien educados.
Una vez que conseguí subirlo a un taxi me regresé tambaléandome como el mismísimo Jack Sparrow y me dirigí a mi habitación, pero en eso apareció ante mis ojos un objeto luminoso, que brillaba seductor, en la mesita de la sala.
Era un anillo, a primera vista igualito al que sale en la película y las novelas de “El señor de los anillos”.
Rápidamente cerré las puertas, corrí las cortinas, no fuera que los dioses envidiosos fueran a privarme de los super poderes de Jesús Chávez Marín, quien había dejado el secreto de su fuerza, ahí expuesto, en la mesita de madera barata pintada de caoba inglesa.
Prendí mi pipa y contemplé ante el fuego el anillo para ver si las runas comenzaban a surgir del frío metal, y aunque casi se derritió esa madre, las runas surgieron:
“Goku vs Majin-Boo, made in China”.
Indignadísimo, y para que Chávez viera que soy una persona leal que jamás hubiera pensado en robarle nada, le marqué:
—¡Maestro! ¿Qué clase de anillo es éste? ¿De qué se trata? ¿Le salió en las maquinitas?
—¡Deja ahí, cabrón! Lo que pasa es que tiene un valor sentimental.
Un valor sentimental, ¡un puto valor sentimental! ¡Haced el chingado favor!
El anillo permanece reposando en una bombonera en espera de su legítimo dueño.