La duquesa de Alba, in love

la duquesa de Alba in love

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Otra vez veníamos discutiendo en la limousine. A Britney se le había vuelto a olvidar ponerse los calzones y, como es muy despatarrada, le había pedido a Ulomoco que se detuviera en cualesquier tienda para comprarle unas bragas a mi mujer.

—Pobre de ti si te detienes, Ulomoco —decía ella.

—¡Ulomoco! ¡Detén el vehículo inmediatamente!

—¡Pobre de ti, Ulomoco, pobre de ti! ¡No le vayas a hacer caso a este poetastro!

Ulomoco, en el colmo de la desesperación, protestó:

—Bie me decía Papá Legba que yo no depertara entre lo blanco puñetero que quiere volver loco a Ulomoco. Papá Legba me dijo: Ulomoco, debía tomarte una vacacione y alejarte de esa gente tan demente. Yo no pueo discuti con los dos ambos sendos, ademá ya hemo llegao y no podemo detenerno a comprar la braga de la señora Britney.

Ulomoco tenía razón: nos encontrábamos a las afueras de Hollywood, en la casa de Jesús Chávez Marín, a donde el maestro me había convocado por un problemilla que tenía.

Y es que en tierra ABZX35-472-A8, una dimensión alternativa a la que llamaremos “Mundo Rock” por mera comodidad, ocurren cosas de lo más bizarras.

Durante sus vacaciones en Ibiza el maestro, enfundado en unas bermudas blancas con corazones color rosa, había estado mostrando pierna mientras vagaba con su libretita, escribiendo poemas y bebiendo los buenos vinillos de la zona.

Al parecer se le pasaron los vinillos y el maestro despertó en una finca con la mismísima duquesa de Alba, quien ahora se le aprontaba de visita para desesperación de una de sus novias, Alejandra Guzmán.

En cierta célebre ocasión a mi hermano Carlos se le juntaron dos novias y él se puso de ladito, diciendo:

—Te presento a mi prima.

Las dos se saludaron con mucho gusto, pero el maestro Chávez no la tenía tan fácil en esta ocasión.

Heinrich Servín, el mayordomo de Chávez, nos abrió la puerta. Desde la entrada se escuchaba un horrible escándalo:

—¡No mames, Chávez, no mames pinche cabrón! ¡Si ya sé que te enredaste con la vieja esa!

—Pero mi amor…

—¡No mames, cabrón, no mames!

Y es que ya se sabe que Alejandra no es precisamente, lo que se dice, de hablar castizo.

—Sí, hola —dije para romper el hielo. Alejandra ni me miró y dijo:

—¡Britney! —y ambas corrieron a abrazarse y a comentar sus respectivos peinados, por lo que el maestro Chávez y yo aprovechamos para encender unos Marlboro rojos y a pedir que la criada nos sirviera unos martinis.

De pronto el mayordomo de Chávez, Herinrich Servín se aprontó para anunciar:

—¡María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, duquesa de Alba de Tormes, duquesa de Berwick, duquesa de Huéscar, duquesa de Arjona, duquesa de Híjar, duquesa de Lira y Jérica, duquesa de Montoro, duquesa de Almazán, condesa-duquesa de Olivares!..

—¡Ya, ya, ya! —dijo Chávez, desesperado.

Hasta eso que la nobleza impone por que la Britney y la Alejandra hicieron varias genuflexiones.

Todo parecía ir bien, pero a la Alejandra se le ocurrió preguntar si Chávez le había declamado ese poema que dice, a la letra:

Que nuestros minutos estén contados. Que los poetas, antes de morir llenos de vida, canten y cuenten las historias de nuestra vida en común. Que las ciudades encuentren espejos en las miradas de los fotógrafos, que el ritmo suene en las esquinas y haya jóvenes rebeldes pintando las paredes. Que los novelistas se emborrachen en un baile de barriada y a la mañana siguiente salgan a pasear con una dama linda que haya decidido vivir una amorosa aventura esa tarde. Que los filósofos abran las puertas de los manicomios y el trabajo sea fecundo y luminoso en la ciudad como en el campo lo ha sido desde tiempos antiguos.

La duquesa de Alba respondió que sí, que se lo había declamado en Ibiza, y que le había parecido un caballero mexicano bien lindo, pero algo folclórico.

—¿Ya ves, pinche Chávez? ¡Pinche bato falso! ¡Me dijiste que ese poema lo habías escrito para mí! ¡Eres un perro! ¡Eres un falso!

La Britney, como seguía encabronada conmigo por lo de los calzones aprovechó para hacer desbandada:

—¡Noche de chicas! ¡Todos! ¡Todos son iguales!

Y me pintó su famosa Britney Señal (.I.): las tres se fueron, llevándose consigo al mayordomo de Chávez, Heinrich Servín, para que les preparara sus medias de seda y regañara a los camareros.

Afortunadamente nos quedaba Ulomoco quien, viendo nuestra enorme tristeza se aprontó a prepararnos unos mojitos mientras murmuraba:

—Bie me lo dijo Papá Legba que era una noche de loco y que no debía sali de la cama: entre artista y psicópata te viera, pobrecito de Ulomoco.

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