Grimorio maldito

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Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi primo Alejandro entró a la oficina muy temprano para sacar unos pendientes que le había encargado tío José. Abrió el paquete de pastelitos que traía, se comió uno y le dio un gran trago a su refresco.

Buscó en un estante unos papeles y entonces lo vio: no podía creer lo que tenía frente a sus ojos, se trataba ni más ni menos que de la Biblia Satánica, del infame Szandor LaVey.

La suave penumbra de la oficina se le antojó amenazadora, poblada de presencias invisibles que lo acechaban hambrientas, codiciosas de su alma inmortal.

Alejandro salió corriendo al estacionamiento, se encerró en su coche y aunque hacía un calor de la chingada se estuvo rezando 15 padres nuestros y nueve aves marías.

Reconfortado con la fe tomó su rosario y entró a la oficina. Puso encima del libro el rosario para evitar que se abrieran los portales y escaparan del Erebo las fuerzas demoníacas que aguardaban entre sus páginas podridas.

Alejandro sacó de su cartera la estampita de San Ignacio de Loyola, se persignó tres veces y volvió a mirar el volumen.

Y el volumen le devolvió la mirada, como diría Terry Pratchet distorsionando cada vez más la frase de Nietzsche[1].

Alejandro consiguió dominarse y le marcó a mi tío José, quien se encontraba pescando en un yate con unos amigos.

—¡Tío, acabo de hacer un descubrimiento horrible!

—¿Se quemó la oficina? ¿Entraron a robar?

—No, algo peor.

—¿Qué pasa?

—Hay un libro satánico en los estantes.

—Ah, es de tu tía.

—Debemos…

—Deja ese libro en paz. Es de tu tía Pilar y no le gusta que se metan con sus cosas.

—Pero tío…

—Tengo que colgar.

Mientras mi tío se tomaba una cerveza y arrojaba el anzuelo Alejandro le marcó a mi tía Pilar, quien se encontraba pintando un cuadro maravilloso en su estudio. Mi tía contestó:

—¿Aló?

—¡Tía, soy Alejandro! —dijo, con la voz agitada.

—¿Qué pasa?

—¡Hay un libro satánico en la oficina y dice mi tío José que es de usted!

—Ah, sí, un libro curioso.

—¡Pero se va a condenar!

—Eres un exagerado.

—¡Tenemos que destruirlo con la ayuda de un sacerdote!

Y comenzó una pesada disertación acerca del pecado y las acechanzas del Maligno. Finalmente mi tía respondió, agobiada:

—Mira, Alejandro, estoy muy ocupada y no te puedo atender: has lo que se te pegue la gana con el libro.

Mi primo colgó el auricular y salió de la oficina. El aire alrededor de la construcción se deformaba. Alejandro no sabría decir si por el calor o debido a las abominaciones del infierno que infestaban este plano de existencia.

Alejandro encendió su coche, se detuvo en una iglesia para llenar una botella con agua bendita y luego de comprar algunas cosas regresó a la oficina.

Roció todos los rincones con el agua bendita, se puso unos guantes de goma, tomó un palo y empujó el libro a una bolsa de basura que ató con firmeza.

Cogió la bolsa con los dedos pulgar e índice y la arrojó en la cajuela del carro. Alejandro se dirigió a la iglesia para hablar con su amigo, el padre Jacinto Zul[2].

Pero en el camino sufriría nuevos terrores. Sentía que una entidad hecha de maldad pura lo acompañaba.

Alejandro detuvo el automóvil, abrió la cajuela para cerciorarse de que el libro no hubiera escapado y entró a un Oxxo para beberse una botella de agua y recuperarse de tan terribles impresiones.

Poco después Marianita, la secretaria del padre Jacinto Zul anunciaba a Alejandro:

—¡Padre! ¡Padre! Disculpe que lo moleste en su descanso, pero el joven Erosa viene muy angustiado por unos hechos relacionados con el Maligno.

Una vez que el padre Zul estuvo enterado del asunto dispuso una hoguera en la que fue destruido ese grimorio agusanado mientras se leía el exorcismo de León XIII:

Princeps gloriosissime cælestis militiæ, sancte Michaël Archangele, defende nos in prælio et colluctatione, quæ nobis adversus principes et potestates, adversus mundi rectores tenebrarum harum, contra spiritualia nequitiæ, in cælestibusus. Veni in auxilium hominum, quos Deus creavit inexterminabiles, et ad imaginem similitudinis suæ fecit, et a tyrannide diaboli emit pretio magno…

Preparado para cualquier contingencia Alejandro acercó disimuladamente un bat por si al libro se le ocurría transformarse en un gato o algo peor e intentaba escapar de las llamas, último destino de los réprobos y de sus obras.

El mundo es frágil barco de papel siempre amenazado por los principados y las potestades del abismo. Es una suerte que existan hombres como mi primo Alejandro quienes, semejantes a modernos Van Helsing, siempre están dispuestos a enfrentar las indescriptibles, putrefactas atrocidades del averno.

Pero nunca estamos a salvo, es preciso que estos héroes luminosos mantengan una vigilancia constante pues como dijo el árabe loco, Abdul Alhazred en las tenebrosas páginas del Necronomicón:

Las más profundas cavernas no están hechas para los ojos que ven, ya que sus maravillas son extrañas y terroríficas. Maldito sea el suelo en el que los pensamientos muertos reviven en cuerpos nuevos y extraños, y condenada sea la mente sin soporte corporal. Sabiamente, Ibn Shacabao dijo que feliz es la tumba que no alberga magos y feliz es la ciudad nocturna cuyos hechiceros son cenizas. Porque dicen viejas habladurías que el espíritu de los siervos del diablo no abandona su arcilloso cuerpo, sino que antes al contrario alimenta e instruye al mismísimo gusano que lo devora, hasta que de la corrupción brota una vida horrible, y los torpes carroñeros que se alimentan de restos humanos se alzan para sembrar el daño y se hinchan monstruosamente para contaminar la tierra. Se excavan en secretos grandes agujeros allí donde debían bastar los poros de la tierra, y seres que sólo debían arrastrarse han aprendido a caminar. [3]

[1] Cuando miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada.

[2] Apellido maya, no precisamente de la realeza. En Chihuahua hay una familia que se apellida así y presume de orígenes aristocráticos, alemanes. Hasta le agregaron un apóstrofo para que quedara: D’Zul.

[3] Lovecraft, H. P. La llamada de Cthulhu y otros cuentos de terror. Edaf. Madrid, España. 2000. p. 95

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