Rebeca

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Edgar llevaba alrededor de 30 minutos con la vista fija en la esquina desconchada del salón de clases cuando una voz familiar pidió a la maestra que le suspendiera el castigo.

—¡Ay, Rebeca! —se quejó la señorita Blanco—. Dile a su mamá que necesita más disciplina y sobre todo…

La señorita Blanco siguió con una lista de actividades disciplinarias para Edgar, sin saber que Rebeca era su cómplice en muchas maldades.

—¿Qué quiere mamá? —preguntó Edgar una vez fuera del plantel.

—Nada, tonto, vine a rescatarte, pero si quieres te devuelvo.

El chiquillo estaba prendado de Rebeca, aunque no pasaba de seis meses que la conocía. La madre de Edgar le había pedido a la jovencita que todos los días fuera por el niño a la escuela y lo atendiera hasta que ella regresara del trabajo. Si bien Rebeca cumplía su parte, la señora Muñoz estaría mucho menos tranquila con el arreglo si presenciara las extrañas actividades que emprendían los menores, y sus lecturas, nada recomendables para un cristiano.

Después de que comían y terminaban las tareas de Edgar, la muchacha acostumbraba sacar un libro de su gran bolso, uno de esos volúmenes antiguos y enormes que mostraban entre sus páginas crujientes viñetas de demonios y signos misteriosos.

Edgar disfrutaba al contemplar las esferas de luz que bailaban por toda la casa, el desfile de las muñecas chinas, el coloquio de los figurines antiguos empotrados en el reloj del abuelo… Lo cierto es que se asustaba un poco cuando Rebeca se metía en el aljibe y desaparecía hasta por una hora, cosa que Edgar no podía explicarse ya que el aljibe, cuando no estaba Rebeca, mostraba claramente su fondo.

Así había ocurrido hasta entonces una serie de prodigios que ambos guardaban en el mayor secreto, pero el día en que ella lo sacó del salón de clases Edgar supo que Rebeca aún podía asombrarlo.

La pareja se encaminó hacia las afueras del pueblo y se detuvo en un terreno donde antiguamente había estado una casona de la que sólo quedaban los cimientos, parte de las escaleras de la entrada con vestigios de su pasamanos de cantera, la boca de una chimenea y un pozo.

El pequeño vio, aparte de los hierbajos y el escombro, a un grupo de adolescentes que comenzó a acercarse y a saludar a Rebeca, cosa que no le agradó mucho, pues sintió una punzadilla de celos.

—Hola, Rebeca. ¿Cómo se llama tu amigo?

—Edgar.

—¿Vas a cambiarlo por un regalo del pozo?

Rebeca fulminó con una mirada al impertinente, quien retrocedió asustado.

—Déjenos solos —ordenó ella y fue obedecida, a pesar de que había más de un chico, según estimó Edgar, que podría haberlos arrojado en el negro agujero.

—¿Tienes una moneda? —le preguntó Rebeca—.

Edgar se revisó los bolsillos y sacó un chicle, un trozo de lápiz y una piedrecilla de colores.

—Servirá.

La jovencita depositó las cosas en una canasta, a la que amarró con un listón para bajarla hasta las aguas.

—Cierra los ojos y pide algo que desees: un juguete, un dulce, una mascota.

—Ya…

Rebeca subió la canasta: los artículos habían desaparecido, pero una serpiente que tenía un cuerno en la cabeza se enroscaba con malicia dentro del recipiente.

—¿Es venenosa?

—Sólo si así lo pediste —respondió ella.

—¿Puedo quedármela?

Rebeca soltó una carcajada:

—¿Te imaginas la cara que pondría tu mamá? Mejor pide otra cosa.

—¿Cualquier cosa?

—Cualquier objeto, planta o animal que pueda salir por la boca del pozo.

Edgar cerró los ojos.

—Ya…

Rebeca volvió a bajar la canasta y al subirla obtuvo un caballero de juguete, con sus extremidades articuladas, orgulloso de su flamante armadura, de su lanza y espada. Edgar lo tomó con ambas manos exhalando un gemido de gozo. Rebeca lo interrumpió:

—Escúchame: no le digas a nadie, será otro de nuestros secretos. Si revelas alguno, ya sabes que nunca volveré a ser tu amiga. Edgar prometió callar y los dos se dirigieron a la casa del niño.

Edgar estuvo jugando con su brillante guerrero medieval mientras Rebeca preparaba unas quesadillas, que comieron frente a la televisión.

—Edgar —preguntó Rebeca con una sonrisa maliciosa— ¿has besado a una chica?

Edgar se sonrojó.

—No…

—¿Quieres besarme?

Sin esperar respuesta, Rebeca comenzó a acariciar el rostro del niño y a besarlo.

—Ven —lo arrastró a la cama para desnudarlo, y Edgar acarició los pequeños senos de Rebeca, como había visto en una película, mientras ella reía despojándose de la blusa y del corpiño.

—Ahora desabróchame la falda.

Con las manos temblorosas, el pequeño obedeció. Luego se abrazaron y continuaron hundiéndose en un mar de caricias…

 

Era fin de semana, por lo que la señora Muñoz y Edgar fueron a la casa de la tía Lolis. Él odiaba a su prima Anita e iba de mal humor. Esa niña se creía —como todas las de su edad—una adulta rebosante de sabiduría y experiencia. Después de saludar a su tía Edgar se fue al patio de la casa donde estuvo mirando un rato a los insectos hasta que lo alcanzó Anita, quien semejaba a un búho detrás de sus lentes:

—¿Qué haces con ese escarabajo?

—Admirándolo —respondió Edgar.

—Fuchi, ustedes los niños son muy tontos y sucios.

Sí, ella tenía la capacidad de irritarlo.

—Tal vez seamos sucios, pero las tontas son las niñas: los escarabajos resultan muy interesantes. Mira cómo se aparean.

—¿Y tú qué sabes de aparearse, mocoso? Te la pasas viendo caricaturas de bebés e iluminando libros para colorear.

Eso sí que era humillante. Edgar estalló:

—Pues para que sepas yo conozco más cosas que tú.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles?

—Ya besé a una muchacha y me acosté desnudo con ella.

Anita soltó una carcajada.

—¿Y con quién?

—Con Rebeca.

La niña corrió hacia la casa, mientras gritaba:

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¡No, Anita, espera!

Pálido, Edgar siguió a su prima hasta que ambos llegaron a la sala, donde estaban sus madres platicando.

—¡Mamá! ¡Tía! ¡Dice Edgar que ya besó a Rebeca y que se acostaron desnudos! —¡Válgame el cielo! —exclamó la señora Muñoz.

 

Rebeca no regresó. Parecía omnividente. El muñeco de Edgar volvió a transformarse en los humildes objetos que días antes bajaron en una canasta al lecho del pozo. El niño estaba inconsolable y miraba la lluvia a través de la ventana, y los árboles, y las sombras difusas del crepúsculo. Así, hecho un manojo de tristeza pronunciaba el nombre prohibido: Rebeca, ¡ay!, si pudieras perdonar, si supieras…

Pasaron los meses hasta que un día, mientras Edgar contemplaba estúpidamente los objetos, ella apareció en la puerta de su cuarto.

—¡Rebeca!

El niño trató de abrazarla, pero la sonrisa inicial de la muchacha se transformó en la máscara del más terrible de los desprecios.

—¿No te dije que si revelabas alguno de nuestros secretos dejaría de ser tu amiga? Las lágrimas comenzaron a derramarse de los ojos del niño.

—¡Perdóname!

Entonces, ella le mostró su verdadero rostro. Al principio sólo fue una sonrisa hiriente, una burla despiadada, pero luego se volvió una mueca imposible, una boca demasiado grande para un ser humano:

—Edgar —siseó la bruja—es hora de que me acompañes al pozo.

Ella lo tomó de los cabellos y lo arrastró escaleras abajo a pesar de sus ruidosas súplicas. El engendro hubiera conseguido sacarlo de la casa de no ser por la señora Muñoz, quien se quedó petrificada unos segundos, para enseguida reaccionar con violencia. Ambas se enfrascaron en una lucha ciega: de una parte, un odio ilimitado, profundo como los negros mares de la noche; del otro lado, el terror más puro, los mecanismos de defensa funcionando al límite.

—¡Vieja maldita! —rugió Rebeca—, tu hijo pertenece a las profundidades. Repentinamente la señora Muñoz se sacó un broche del pelo y le reventó un ojo a su contrincante, que se puso a chillar como una fiera y salió huyendo.

—¡Edgar! Enciérrate en tu cuarto.

Tomó la escopeta de su finado cónyuge y salió detrás del espantajo, que huía en dirección del pozo. Un disparo bastó para reducir al monstruo a un montón de fango y de plantas acuáticas en estado de putrefacción, que quedaron repartidos entre la banqueta y los asientos de un vehículo que se encontraba estacionado en el frente del domicilio, para infortunio del dueño, quien debió limpiar el mucílago mezclado con los vidrios…

 

Nadie recuerda qué fue de la señora Muñoz ni de su hijo, pero las viejas del pueblo todavía susurran la historia que al paso de los años se ha convertido en una leyenda con moraleja freudiana.

 

*Originalmente publicado en mi libro Historias de humo y viento.

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