Ibrahim Schlome en los infiernos

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

ibrahim schlome en los infiernos

Satanás se encontraba jugando a la baraja con Hetty Green, Jean Paul Getty, John Elwes, Homer y Langley Collyer, entre otros distinguidos avaros, cuando el demonio Mammón irrumpió en la sala del trono:
—¡Señor! ¡Ya llegó el avaro sobre el que le había comentado! ¡Vaya que tardó en morir el desgraciado!
Su Siniestra Majestad suspiró de puro alivio: sus arcas se encontraban vacías y necesitaba una inyección de dinero para continuar sus asuntos, así que pidió que hicieran pasar al avaro Ibrahim Schlome: se trataba de un viejo reseco que caminaba con desconfianza, mirando de reojo.
—Señor Schlome, bienvenido —dijo Satanás, luego se disculpó con sus compañeros de juego, a quienes despidió cordialmente.
—No esperaba este destino pues confiaba en que mis virtudes de hombre trabajador y ahorrativo me ganarían un premio en el Reino Celestial; no obstante el señor Mammón, aquí presente, me comenta que incluso en este sitio es posible adquirir una suite con todas las comodidades siempre y cuando yo cuente con algo de dinero y como mi fiel esposa me prometió que me enterraría con toda mi fortuna estoy seguro de que podremos cerrar un trato.
—Efectivamente —comentó Satanás y se volvió a su colaborador—: Monsieur Mammón, ¿cuáles son los paquetes que ofrecemos a los socios distinguidos?
Mammón se caló unas gafas, pidió a su secretario (una salamandra delgaducha que llevaba un maletín) que le pasara unos trípticos en los que aparecían diversas propiedades; Monsieur Mammón procedió a leer:
—Diseñada con gran primor, la inmobiliaria ofrece una casa integrada a los acantilados con vista al Flegetonte, donde el afortunado propietario podrá ver los pintorescos resplandores de sangre hirviendo que alimentan a este río famosísimo por ser la última morada de los tiranos, asesinos, ladrones y culpables de violencia en general. Por un módico precio de 30 millones de dólares el comprador podrá disfrutar de un carro tirado por dragones para acceder a su mansión, sala de recepción, bar, un campo de golf subterráneo y…
—¡Pero qué barbaridad! ¡30 millones de dólares! Supongo que tendrán algo más económico —dijo Ibrahim, escandalizado.
—Bueno —continuó Mammón—, contamos con una cabaña lacustre en Estigia, donde el flamante propietario podrá disfrutar de los gritos de los iracundos, que se despedazan a mordiscos, y divertirse golpeándolos con los remos de la barcaza que va incluida y que conduce el célebre sir Walter Raleigh; a unas cuantas leguas de la ciudad de Dite, la cabaña, con un precio de 17 millones de dólares, ofrece…
—¡Esos precios!— se quejó amargamente Ibrahim—. ¡Yo estaba pensando en algo más económico! Soy una persona de gustos frugales.
—En ese caso contamos con un departamentito aquí en Pandemonium, la capital, por un millón de dólares. Es el precio más bajo para abstenerse de las penas del infierno —aclaró Mammón.
—¡Pero qué barbaridad! ¡Pero qué barbaridad! En fin, si no existe otra opción…
—Bueno —terció Satanás—. No se diga más: esto hay que celebrarlo con una banderita mexicana.
—¿Una banderita?
—Uf, ustedes los avaros no beben más que regalado. Una banderita se sirve en caballitos, o vasitos tequileros, y representa a la bandera mexicana: el verde está simbolizado por un caballito lleno de jugo de limón, el blanco por el tequila y el rojo por la sangrita, mezcla de jugos de naranja, mandarina, limón y tomate con chile seco, sal y un toque de pimienta; afortunadamente mi amigo Elko, el Ratón Malvado, me regaló unas botellas de tequila que guardo en mi reserva personal —dijo Satanás al tiempo que sacaba nueve caballitos y las botellas para servir la bebida.
Por su parte Mammón indicó a su secretario que trajeran el ataúd donde, de acuerdo con Ibrahim, la buena señora Schlome había depositado, íntegramente, la fortuna del tacaño.
Satán, Mamón e Ibrahim se sentaron a la mesa y procedieron a disfrutar de la banderita; el Señor de las Tinieblas se relamía los labios de puro gusto y como se encontraba muy contento dijo:
—¡Me encanta el tequila! Y ya que estamos bebiendo este exquisito aguardiente mexicano os voy a contar la historia del general Rodolfo Fierro, “El Carnicero”, lugarteniente de Francisco Villa, de quien se dice que en cierta ocasión ofreció a 300 prisioneros la oportunidad de escapar; el general Fierro, sin más ayuda que la persona que le cargaba las pistolas, se divertía de lo lindo cazando a los fugitivos; pero horas después le dijo a su ayudante:
—Sigue tú, que a mí ya se me cansó el dedo.
Los tres rieron la gracia del general; Satanás continuó su anécdota:
Con el tiempo las derrotas se fueron acumulando y en plena retirada el general Fierro se las apañó para llenar las alforjas de su caballo con monedas de oro, mismas que aún constituyen mi guardadito personal para comprarme mis “chuchulucos”; pero todo está tan caro y necesito renovar mi liquidez; el caso es que del cielo bajaban las primeras plumas de nieve: en su huida el general se vio ante la Laguna de Guzmán, en Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, de poca profundidad, por lo que se negó a rodear y obligó a su caballo a cruzar la laguna, a pesar de las advertencias de sus hombres.
Satanás sacó una cajetilla de Marlboro Light, ofreció un cigarrillo a Mammón, otro a Ibrahim, tomó uno para sí y luego de encender los deliciosos cilindros, agregó:
—El peso del oro hizo que el caballo se hundiera en el fango y a pesar de que pidió a sus hombres que le lanzaran una cuerda y que obsequiaría con una bolsa de oro a aquellos que lo rescataran, a los Dorados de Villa no se les veían muchas ganas de auxiliarlo, así que el general se hundió con todo y oro.
“Según cuenta Paul Valery en “La lluvia de oro de San Antonio”, los hombres de Fierro exclamaban: “¡Lástima de oro!” “¡Lástima de caballo!”, y agrega que del hombre nadie dijo nada.
Satanás le dio otra calada a su cigarrillo y miró con ojos lánguidos y soñadores el fuego de la enorme chimenea en la que ardían incontables huesos humanos; de pronto el secretario de Mamón, quien como ya dijimos era una larguirucha y flaca salamandra, regresó portando en la mano izquierda el ataúd de Ibrahim y en la derecha los acuses de recibo, sellados por Caronte.
Satanás tosió mientras exclamaba:
—Pero, ¿no se supone que el ataúd estaba lleno de oro y de joyas? Esperaba que lo transportaran entre cuatro o seis diablos forzudos.
El secretario de Mammón dejó el ataúd en una mesita, sacó su tablet de uno de los bolsillos de su horrible saco color verde esmeralda y dijo:
—Su majestad: como usted podrá leer en Internet el señor Ibrahim, cuyo nombre por cierto no se cita en la Web, efectivamente hizo jurar a su esposa, sobre las sagradas escrituras, que sería enterrado con toda su fortuna; pero la señora Schlome decidió depositar todos los bienes en su cuenta bancaria y enterró al avaro con un cheque, para que lo cobrara cuando quisiera.
El secretario de Mammón abrió el ataúd y sacó un cheque que entregó a Satanás, quien montó en cólera y de un manotazo derribó los caballitos de tequila, sangrita y limón:
—¡Maldita sea! Lo mismo daría que el ataúd estuviera lleno de pirita, “el oro de los tontos”.
—Pero señor —dijo Ibrahim—, supongo que en el Infierno también tendrán bancos.
—¡Claro que los tenemos!, pero están quebrados desde que le hicimos un préstamo oneroso a Fausto, quien se nos escapó sin pagarnos los réditos; además le prestamos a los gringos, quienes poco a poco perdieron el respaldo en oro y ya ni siquiera estamos aceptando dólares como divisas, pues son puro papel que no sirve ni para el baño.
—¡Señor! Revise bien entre los ciudadanos del reino. ¿Qué no estará el rey Midas entre sus nuevos súbditos!
—¡Por supuesto que no, idiota! ¡En los tiempos del rey Midas todavía no estábamos operativos! Todas esas fortunas fabulosas se las llevaron los dioses paganos. Aquí ni siquiera tenemos poetas decentes —puras porquerías como Benedetti y otros payasos similares ya que Apolo, como dios de la poesía y las artes, reclama a todos los talentos y me veo obligado a comprar los libros de mi biblioteca en las editoriales del Olimpo—.
—Su majestad —Ibrahim intentó apaciguarlo una vez más—, ¿por qué no pide un préstamo al Fondo Monetario Internacional?
Satanás se santiguó al tiempo que exclamaba:
—¡Ni lo mande Dios! ¿Es que quieres verme en la miseria? ¡Llévenselo de mi vista! ¡Denle una enorme roca, para que la ruede por toda la eternidad, como corresponde a los avaros!
Del disgusto a Satán casi le dio un surmenage (ya se sabe que las personas distinguidas sufren de un surmenage y no de una crisis nerviosa, como los pobres diablos sin fortuna ni talento), así que fue preciso llamar a su médico de cabecera, el doctor Josef Mengele.
En lo que se refiere a Ibrahim Schlome sigue en el cuarto círculo del Infierno mientras su viuda disfruta de una muy merecida fortuna y se dice que la última vez que se le vio fue, según ciertos chismosos, en las paradisíacas playas de Ibiza, o en las de Cancún, según otros.

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