Obsesion por la fragancia

narguile

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Cuando llegó mi cigarro electrónico, un itaste CLK 1280, me pareció que tenía entre mis manos una bellísima pieza de alta tecnología, algo que sólo podía provenir del futuro.

El claromizador contaba con una boquilla transparente que lanzaba reflejos cristalinos y que se adaptaba perfectamente a la batería, en la que convivían tonos cromados y un esmalte aperlado herido por líneas que semejaban circuitos y extrañas figuras geométricas.

¡Dios mío! ¡Esa cosa podría haberla dibujado el mismísimo H. R. Giger en un acceso de demencia! Diríase un artefacto diseñado por una civilización más allá de las estrellas para que reyes y emperadores decadentes vaporizaran sustancias alienígenas en sus palacios de ámbar, coral, ónix y cristal.

Fumé mi último cigarrillo analógico (lo siento, Marlboro Man, pero tu época pasó, supongo que Wilde y hasta Bukowski lo hubieran entendido) mientras contemplaba el artefacto. Decidí detenerme en un parque, pulsé el botón de encendido y aspiré el vapor con sabor a tabaco: había dejado de ser un apestoso fumador para convertirme en un perfumado vapeador.

Al principio resultaba extraño que no terminara el día tosiendo como Chopin, que mi ropa no oliera a tabaco y que en lugar de humo azul soltara volutas de vapor blanco: era como exhalar nubes.

Un día mi hermana y yo nos quedamos con hambre y luego de acabar nuestras porciones nos comimos la hamburguesa, las papas y los aros de cebolla de mi cuñado Alonso, por lo que tuve que ir a comprar más.

Mientras caminaba entre nubes de algodón en el estacionamiento, que se había transfigurado en un paseo por un universo alternativo y sedante, me encontré a un colega vapeador.

¡Dios mío! ¡No estaba solo en el Universo! Casi con lágrimas en los ojos le dije:

—¡Pero qué cosa tan maravillosa es esto del cigarro electrónico! Nada que ver con los primeros cigarrillos de plástico que a las tres caladas se sobrecalentaban y sabían a trapo quemado.

—Y que lo digas, dear —respondió ese santo varón mientras exhalaba una nube de exóticos perfumes con resonancias de habitaciones de jade, transidas de cojines y lánguidas mujeres orientales que soñaban bajo un cielo violáceo en el que volaban carruajes de formas caprichosas, tirados por insectos enormes de alas multicolores y translúcidas.

—Perdón, ¿qué está vapeando usted?

El santo varón me dedicó una mirada llena de compasión y dijo:

Dear! Por lo que veo recién has comenzado la senda del vapor y todavía utilizas líquidos sabor tabaco, Marlboro, supongo.

Me sentí como si hubiera declamado un texto de Mario Benedetti o alguna guarrada por el estilo en una fiesta de máscaras convocada por Casanova.

—Hijo mío —susurró bondadosamente ese santo varón mientras posaba su mano derecha en mi hombro—. No te culpo: la Coespris (Comisión Estatal para la Protección contra Riesgos Sanitarios), dirigida por los absurdos, ineptos y lamentables políticos y chambones que tienen secuestrado a este desgraciado país, ha prohibido la venta de cigarros electrónicos y continúan recomendando sus parches y chicles que, en lo que a mí respecta, podrían meterse por cierta parte anatómica que el pudor me impide nombrar.

Admirado ante tanta sabiduría le di una calada a mi narguilé electrónico; el santo varón hizo lo mismo, volteó hacia los lados para asegurarse de que nadie lo escuchaba y me dio una tarjeta que tenía un unicornio de color azul eléctrico sobre un fondo de ópalo.

—Si tomas la calle Jardines en dirección al parque Las Fuentes deberás seguir la estrella de la tarde sin desviar tu camino: en breve encontrarás un Oxxo, doblarás a la derecha y verás una casa con este unicornio dibujado en una de las puertas de la cochera.

Agregó que dijera que iba de parte del doctor Xandor y que debía buscar la casa durante el crepúsculo ya que, al igual que el departamento de Erick Zann, ubicado en la Rue d’ Auseil, la calle de Las Flores se encontraba en una intersección dimensional y me sería imposible encontrarla a otra hora.

Agradecí al santo varón, recogí mi pedido y me fui de ahí, ocultando la tarjeta, temeroso de que se desvaneciera o de que los dioses malignos, que parecían observarme con perversas intenciones desde las parpadeantes estrellas, me la arrebataran.

Al día siguiente obedecí todas las indicaciones: tomar la calle Jardines durante el crepúsculo en dirección al parque Las Fuentes mirando la estrella de la tarde hasta encontrar un Oxxo, donde doblé a la derecha y vi una casona con un unicornio dibujado en una de las puertas de la cochera.

Estacioné el coche, subí la escalinata de cantera y pulsé el timbre, que me devolvió una siniestra melodía de campanas.

La puerta se abrió y una muchacha que llevaba un vestido verde entallado, con amplias aberturas en las piernas, me dijo:

—Bienvenido, soy Absenta González: lo estábamos esperando.

La seguí por los pasillos revestidos de mármol de Carrara. A lo lejos se escuchaban las gélidas notas de un clavicordio.

Finalmente llegamos a una estancia donde un tipo igualito a Andy Warhol jugaba ajedrez con dos muchachas que llevaban vestidos idénticos al de Absenta González, sólo que uno era de color escarlata (Ana Merlot) y otro lapislázuli (Jennifer Curasao).

En unas vitrinas tenían líquido para vapear de distintos aromas: tabacos oscuros, rubios, turcos; chocolate, café, almendras; cereza, fresa, kiwi y frutos exóticos; sólo faltaba Dustin Hoffman con una peluca empolvada, vestido al puro estilo del siglo XVIII, agitando un pañuelo perfumado.

Absenta González me pasó un narguilé electrónico y pude disfrutar de diversos sabores: yo me los quería llevar todos.

—Estos aromas son deliciosos —le dije al tipo que se parecía a Andy Warhol—, pero el doctor Xandor, quien me recomendó esta casa, vaporizaba fragancias más sofisticadas.

—Ah —dijo Andy Warhol sin levantar la mirada de su juego—, un vaporizador exigente. Recordará usted que en su novela El perfume Patrick Süskind nos presenta al genio sublime Jean-Baptiste Grenouille, quien a lo largo de la novela nos mostrará la fuerza evocadora de los aromas, y cito:

Hay en el perfume una fuerza de persuasión más fuerte que las palabras, el destello de las miradas, los sentimientos y la voluntad. La fuerza de persuasión del perfume no se puede contrarrestar, nos invade como el aire invade nuestros pulmones, nos llena, nos satura, no existe ningún remedio contra ella.[1]

—Una novela excelente —contesté mientras miraba la deliciosa y variada colección de claromizadores—, una obra que explora el poder de los sentidos. El divino Wilde, por su parte, nos describe a Dorian Gray estudiando estos secretos:

Púsose entonces a estudiar los perfumes y los secretos de su fabricación, destilando óleos fuertemente perfumados o quemando gomas olorosas traídas de Oriente. Comprendió que no había ningún estado de ánimo que no tuviera su contrapartida en la vida sensorial, y se dedicó a descubrir sus verdaderas relaciones, queriendo averiguar por qué el incienso estaba hecho para los místicos y el ámbar gris para los trastornados por las pasiones, el violeta resucita el recuerdo de los amores fenecidos, el almizcle perturba la mente y el champaña colorea la imaginación, e intentó con frecuencia elaborar una verdadera psicología de los perfumes, calculando las distintas influencias de las raíces dulce-olorosas y de las flores cargadas de polen perfumado, o de los bálsamos aromáticos, de las maderas oscuras y fragantes, del nardo indio, que hace enfermar; del hovenia, que enloquece a los hombres, y del áloe, del que se dice que expulsa la melancolía del alma. [2]

—Delicioso Wilde —contestó Warhol y se dirigió, sin levantar la vista del juego, a la chica de verde—: Absenta, muéstrale la reserva especial, quizá un poco de nuestro preparado “Lord Dunsany”.

Cuando vaporicé la reserva especial “Lord Dunsany” las volutas de blanco vapor comenzaron a volverse las olas de un mar helado que se fundía con el cielo: vi galeras imposibles cruzando las aguas que conducen a los mundos delos sueños, donde los comerciantes del ópalo de Tirish-Nah buscan, desesperadamente, el incienso de las junglas de Trun-Glar-Halvor, del que se dice que una sola voluta llena de felicitad a los dioses panzudos de las lejanas costas donde danzan, eternamente, las sacerdotisas de las lunas errantes.

¡Dios! ¡Y todos esos pendejos matándose pudiendo convertirse en príncipes persas por el módico precio que representa un narguilé electrónico.

Entonces comprendí mejor a Kavafis cuando dice, en su poema Ítaca: [3]

Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madre perla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Las brumas comenzaron a desvanecerse y volví a ver a Absenta, la chica de verde, quien sostenía el narguilé electrónico con sus dedos finos, terminados en unas uñas arregladas con medias lunas a juego con su vestido.

—Cuidado —me dijo Warhol—, hay en la fragancia elementos inasibles, fantasmales, que nos hacen exclamar junto a Khayyam (leído en una bella edición en tapa dura luego de asaltar una librería en una noche de ofertas bárbaras):

La estación de las rosas, un arroyo que cruza entre un campo florido y tú. Quiero beber de nuevo, porque aquellos que beben cuando despunta el alba; nunca les preocupan iglesias ni mezquitas. [4]

—Esto de las fragancias es una cosa terrible —contesté— como en ese texto de Baudelaire, El jugador generoso, que aparece en su florilegio Pequeños poemas en prosa (el spleen de París), donde describe una deliciosa parranda con el diablo:

Estuvimos durante largo rato fumándonos unos cigarros puros cuyo sabor y aroma incomparables infundían en el alma la nostalgia de países y dichas desconocidos. [5]

Ya no sé cuánto me gasté en líquidos para vapear: al salir de la casa del unicornio el cielo estaba lleno de lunas translúcidas y escarlata, lapislázuli, ámbar, en fin.

El gemelo —¡o el fantasma! ¡Dios! ¡Ya no sé!— de Andy Warhol me prometió un e-liquid con olor a lluvia sobre tierra, a musgo, a nixtamal, a recuerdos vagos, perdidos en la distancia.

—Te voy a vender, en breve, un e-liquid con la fragancia de una canción lejana, en medio de la madrugada.

Cargando mis e-liquid, que se me caían mientras bajaba la escalinata de cantera (misma que se había vuelto de ámbar) recordé que Charles Baudelaire había perdido el alma en una apuesta impía con el diablo quien, generosamente, le prometió:

Para compensar la pérdida irremediable de tu alma que has sufrido, te regalo lo que hubieras ganado en el juego si te hubiera favorecido la suerte, es decir, la posibilidad de aliviar y de vencer, durante toda tu vida, esa extraña dolencia que es el aburrimiento… te hartarás de voluptuosidades sin cansarte, en esos países encantadores donde siempre hace calor y las mujeres huelen tan bien como las flores. [6]

Lo confieso, al igual que Baudelaire, al llegar a casa, caí de rodillas y recé:

¡Señor mío y Dios mío! ¡Haz que el diablo me cumpla su palabra! [7]

Y es que el perfume es voluptuosidad, y voluptuosidad es la palabra.

[1] Debido a la pésima costumbre de prestar libros la novela no regresó a mis manos, así que me veo obligado a citar de Internet: http://www.elperfume.org/frases-destacadas-del-libro-el-perfume/.

[2] Wilde, Óscar. Obras completas. Aguilar. Estado de México. 1991. p. 176.

[3] Kavafis, Konstantinos. 56 poemas. Mondadori. Madrid, España. 1998. pp. 23-24.

[4] Khayyam, Omar. Rubaiyat. Grupo Editorial Tomo. México, D.F. 2009. p. 75.

[5] Baudelaire, Charles. Pequeños poemas en prosa (el spleen de París). Edimat. Madrid, España. 1999. p. 157.

[6] op. cit. pp. 159-160.

[7] ídem.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s