El pais de las telenovelas

telenovelas

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Lo confieso (si lo sabe Dios que lo sepa el mundo), ha llegado la hora de salir del closet; lo intenté todo: gritar en un agujero como el barbero del rey Midas, pero el secreto me abrumaba —valiente conspirador sería—: lo cierto es que algunas veces he visto telenovelas.

Todo comenzó con El Maleficio, de Ernesto Alonso, culebrón que no nos dejaba ver mi papá y que narraba la historia de Enrique de Martino, un millonario que tenía un pacto con el diablo. El personaje tenía un retrato de un antepasado suyo, que vestía como un español del siglo XVI, con cuello almidonado y barba de perilla.

Hasta llegamos a jugar con eso y como no había más retratos de tamaño conveniente en la casa utilizamos uno de mi mamá de cuando era jovencita, mismo que pusimos entre dos velas, pero mi papá nos atrapó:

—¡Mira lo que están haciendo con tu retrato! —se quejaba, indignadísimo.

Además la influencia de las empleadas domésticas era abrumadora con escenas como ésta: Doña Bertha está planchando la ropa mientras La Güera se fuma un cigarrillo en lo que se hace la comida:

—Ana Lucrecia se tomó un frasco de pastillas para dormir y está hospitalizada —susurra doña Bertha.

—¡Válgame Dios! —exclama La Güera mientras se lleva una mano a la altura de la boca y abre los ojos, alarmada—. ¿Qué pasó, Bertha? ¿Por qué tomó esa decisión?

—Andrés Octavio la engaña con Luisa Verónica, además de que ya casi la deja en la ruina —continúa doña Bertha.

—¡Qué pasó? —pregunto, preocupadísimo, mientras me preparo un sándwich.

—¡Nada! Estamos hablando de la telenovela.

He conocido un montón de empleadas domésticas: Santa, que venía de un ejido y le gustaba lavarse la cabeza con shampoo en la taza del baño (motivo por el que fue despedida); Elsita y sus caldillos de carne de res (que le encantaban a mi papá y que yo odiaba porque, curiosamente, cuando niño no soportaba la carne, excepción hecha de la molida); Manuelita y sus empanadas de papa y atún, que nos fascinaban a mi hermano Ricardo y a mí.

—Su mami es buena, su mami es buena —repetía doña Manuelita, como un mantra, mientras doblaba la ropa y eructaba al puro estilo de Conan el bárbaro, luego de la cena.

Todas ellas eran distintas, pero tenían un denominador en común que las hermanaba: la obsesión por las telenovelas.

Este tipo de historias irrumpía en las mismísimas aulas de la Universidad, donde se discutía cada capítulo.

El profe Romo estaba chiflado por Ana Colchero, yo no sabía si decidirme por ella o Edith González, y las muchachas suspiraban por Juan del Diablo, al que interpretaba Eduardo Palomo, y es que no era cualquier telenovela, ¡no, señor! Se trataba ni más ni menos que de Corazón Salvaje, casi casi Cuna de lobos.

—Esos labios hechos para besar, esos ojos como abismos esmeralda —suspiraba el profe Romo y se volvía poeta cada vez que se acordaba de Ana Colchero, y eso que daba clases de estadística y computación.

Pasaron los años, a pesar de mis grandes ambiciones terminé de reportero y conductor en Televisa, que durante el día me abrumaba con sus prosaicas órdenes de información y de noche me permitía evadirme con la telenovela Mariana de la noche.

La heroína era una gazmoña insufrible, flaca y desabrida, pero Atilio Montenegro, el villano que interpretaba el actor cubano César Évora le ponía sabor al asunto, además de que todos terminábamos al borde del infarto con las escenas candentes de Angélica Rivero. ¿Quién iba a pensar que terminaría gobernando este país a través de su esposo, Enrique Peña Nieto?

Años más tarde me enganché con Doña Bárbara, interpretada por Edith González. Yo era un junkie al que no le importaba que la Iliada, la Comedia humana, las obras completas de Wilde, los poemas de Bécquer, Ana Rossetti, Kavafis y Quevedo juntaran polvo. Ni siquiera los secretos del prohibido, blasfemo e infame Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred, podían sacarme de mi adicción terminal, hasta que un día me dije: sólo por hoy no veré telenovelas.

Llevo años alejado de ese vicio terrible.

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