Carta a Peña Nieto

carta a peña nieto

Remitente: Elko Omar Vázquez Erosa. Chihuahua, México.

Destinatario: Enrique Peña Nieto, presidente de la República. Los Pinos, México.

Queridísimo Quique:

Antes que nada quisiera felicitarte porque has conseguido que este pueblo lleno de malagradecidos, “hijos de la prole”, como diría tu hija Paulina, abandone gradualmente su grosero materialismo y vuelva los ojos, de nuevo, a las cosas espirituales, y es que tus drásticos ejercicios filosóficos motivan por todos lados a que la gente escudriñe los cielos y aguarde prodigios ya que se ha soltado el rumor de que “si los pendejos volaran oscurecerían el cielo” y esperan verte aparecer, ingrávido y triunfante, al frente de todo tu gabinete y de las cámaras de diputados y senadores[1].

Incluso se ha vuelto popular una oración, antes secreta, que el vulgo atribuye a san Ignacio de Loyola, pero a mí no me mires porque no soy muy ducho en hagiografía por parecerme una disciplina más aburrida que el derecho. La oración reza:

Señor, mándame pena y dolor,
mándame males añejos;
pero lidiar con pendejos
esos no me los mandes, Señor.

Cambiando de tema hace unos días me habló muy enojado tu maquillista, Michael Crowley[2], tal vez porque se equivocó de teléfono.

Déjame decirte que has aprendido muy bien de tu esposa, la actriz Angélica Rivera, a rodearte de buenos maquillistas.

A grandes rasgos entendí que Michael se metió en una avenida Twitter, o algo así, donde todos iban en sentido contrario gritándole palabrotas y mostrándole el dedo medio cuando se dirigía a Los Pinos, donde quedó de verse contigo.

–Hey you, mother fucker! These beaners are driving in the wrong side of the road and I can´t find “Los Pinos” residence to pick up the chayote[3] that your fucking president promise to me. Da´ ya´ know, asshole?

Lamentablemente colgó y me fue imposible localizarlo.

Por otro lado te quería comentar que la clase media está muy enojada con tu reforma fiscal porque dicen que siempre le cargas la mano mientras la clase política se sirve con cuchara grande, los comerciantes informales evaden impuestos armando una protesta cualquiera al grito de “¡el pueblo, unido, jamás será vencido!”, y los grandes empresarios gozan de importantes exenciones fiscales además de aplicar el famoso redondeo con los igualmente famosos centavos.

Yo no entiendo mucho de estas cosas pero no pude dejar de preguntarme: ¿para qué demonios existen los centavos? Con esas minúsculas monedas no me puedo comprar ni siquiera un chicle, además de que no circulan en cantidad suficiente.

Así me puse a leer algunos ensayos de economía para sacar algo en claro, pero me ocurrió como a don Quijote mientras leía novelas de caballerías. Ya se sabe:

 “Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.”

 En vista del éxito no obtenido decidí recurrir al libro Dogma y ritual de la alta magia, de Eliphas Levi, para invocar la sombra del mismísimo Aristóteles, a quien pregunté:

–Maestro. ¿Para qué sirven los centavos?

–Todo depende de la persona que pregunta.

–No entiendo, maestro.

–Si un pobre diablo como tú pregunta yo le respondo: a ti no te sirven más que para dos cosas: para nada y para pura chingada.

La respuesta me dejó helado.

–Maestro, ¿y si preguntara un gran empresario?

–En caso de que fuera tan idiota como para preguntar algo que sin lugar a dudas ya sabe, le respondería: “sirven para que ustedes, los plutócratas, se hagan más ricos”.

Luego me explicó, sirviéndose de un ábaco y de varios ejemplos con pelotas y dinosaurios, que los grandes empresarios ofrecen un producto, por ejemplo en 84.99 pesos. La cajera pregunta al cliente:

–¿Desea redondear?

–Sí –dice el cliente temiendo el ridículo de exigir uno o varios centavos que muy probablemente no tendrá la cajera.

Los centavos se multiplican por millones y son donados a instituciones caritativas a nombre de la empresa en turno, que de esa manera deduce impuestos.

La sombra de Aristóteles se desvaneció en la nada y yo me fui a dormir, agotado, pero esa noche horribles pesadillas me atormentaron:

Soñé que volvía a ser un joven acudiendo a las urnas para votar (cuando votaba) por primera vez en su vida.

–¿Por quién vas a votar? –me preguntó una amiga a quien yo escuchaba, no por su inteligencia, sino porque ella me inspiraba inconfesables pensamientos de cerdo chauvinista.

–Aunque ninguno vale la pena supongo que me iré por los males conocidos: votaré por el PRI.

–¿Por qué no votas por el PAN?

–Es un partido, como diría mi papá, de curas y mercachifles ignorantes que se sienten, irrisoriamente, una especie de sucesores de la aristocracia.

–¿Y por la izquierda?

–No quiero que este país se llene de eloteros y puestos de fritangas; de por sí.

–Pues deberías votar por un partido pequeño –insistió mi amiga, en el colmo de la desesperación.

–¿Y mantener el registro de insignificantes partiduchos para que unos grises parásitos vivan del presupuesto?

–¡Eres un amargado!

–Vaya –contesté–. Hasta que dices algo razonable.

Y entonces, querido Peña, ya ves cómo son de caprichosos los sueños, me vi de pronto frente a Los Pinos, versión Tim Burton (aunque ese adefesio no necesitaba la ayuda del maestro), bajo una tormenta.

Corrí a la mansión, las puertas se abrieron solas y me encontré en una estancia, rodeado por figuras que descansaban, conectadas a un respirador, en unas cápsulas de cristal llenas de líquido amniótico.

Entre los durmientes reconocí a Fidel Velázquez, José López Portillo y muchos otros.

De espaldas a mí un anciano se balanceaba en una silla mecedora: yo podía ver su cráneo pelado lleno de pecas, con blancos y despeinados mechones de pelo en las sienes. Ese viejo horrible vestía un anticuado uniforme con charreteras. No sé cómo, pero reconocí en él al espíritu del PRI.

–Elkooo –dijo con una voz cascada, desmayada y aguardentosa.

–¡Tata! ¿Qué tienes, Tata? [4]

–Elkooo –repitió.

–¡Tata! ¿Qué tienes, Tata?

–Elkooo… ¡me estoy muriendo! Necesitamos sangre nueva.

–¿Tata?

–Elkooo… ¡Mírate en el espejo!

A mi derecha había un espejo (esas cosas aterradoras y sobrenaturales) en el que vi mi reflejo: mis manos y mi rostro estaban cubiertos de escamas. ¡Me estaba transformando en un dinosaurio! [5]

–¡Nooo! –grité y desperté bañado en sudor.

Bueno, Enrique, creo que me he extendido demasiado con ésta, mi carta. Lo mejor es que me despida no sin antes desearte, inútilmente, una mejor gestión en tu gobierno: ya se sabe que Dios no cumple caprichos ni endereza jorobados.

 Atentamente:

 Elko.

P.D. Me acabo de enterar que capturaste al Chapo: No mames, como si fuera a cambiar algo pues, como diría Óscar Wilde, nada de lo que sucede actualmente tiene la menor importancia.

c.c.p. tu chingada madre.


[1] Amable lector extranjero: no desesperes con la palabra “pendejo”, típica majadería mexicana que consignamos en estas líneas por meras razones antropológicas; siéntete libre de cambiarla por “gilipollas”, “calzonazos”, “capullo”, “mamoncete”, “comemierda”, “mother fucker” o la que sea de tu agrado.

[2] Michael Crowley es un reportero lame botas de la revista Time que le dedicó un artículo al presidente Enrique Peña Nieto, titulado Saving Mexico (pronúnciese Mécsico).

[3] El chayote es un fruto. Se le denomina así al soborno que reciben los periodistas ya que, según la leyenda, cierto presidente mexicano mandaba entregar sobres con dinero a los reporteros debajo de un árbol de chayote en “Los Pinos”, esa residencia tan fea y de mal gusto que únicamente puede gustar a los políticos y a los periodistas, palabra fea y de mal gusto que tanto disgustaba a Óscar Wilde (journalist). En previsión de futuras reclamaciones por parte de los representantes de los medios de comunicación los exhorto a que se dirijan a mí con respeto ya que los poetas existimos desde antes que los periodistas y habremos de sobrevivirles, además de que somos más guapos, lindos e ingeniosos, eso sin agregar que mi psiquiatra me ha prohibido emociones demasiado fuertes.

[4] En náhuatl y en latín significa padre, maestro y abuelo. A mí no me pregunten por qué, y eso que estudié semilogía.

[5] En el argot político de este lamentable país los dinosaurios son los miembros del consejo de ancianos del PRI.

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