El terrorista

terrorista

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

El peligroso terrorista, Claudio Menchaca, se agitaba desesperado entre las férreas manos de uno de los escoltas del ilustre gobernador de Rancholandia, don Epifanio Alatorre. El coloso sostenía al malvado perturbador del orden social por el cuello de la camisa y del cinturón: el pantalón se encajaba cruelmente entre las nalgas del criminal, quien se balanceó tres veces antes de salir despedido a la cinta asfáltica, donde rodó miserablemente. Otro de los escoltas apareció en la puerta de la cantina “La Oficina” sosteniendo en alto, como un héroe de la antigüedad, la silla de ruedas del enemigo público en cuyo castigado cuerpo fue a parar el pesado armatoste.
—Y no te vuelvas a parar por aquí: ésta es una cantina para gente decente –le dijo uno de los terribles guardianes del gobernador.

La capa del cura

El réprobo, Claudio Menchaca, hombre pensionado sin oficio ni beneficio, se encontraba bebiendo cerveza con sus amigos mientras daba cuenta de unos chicharrones de harina sobre los que iba poniendo, con una cucharita de plástico, una mezcla de champiñones, cebolla, zanahoria y chile jalapeño, curtidos en vinagre.
—Pasan las comadres beatas, doña Chona y doña Cleotilde, por la casa del ateo del pueblo —dijo el muy pecador— y se deciden a tocar a la puerta.
—¿Quién es? —pregunta don Anselmo, el ateo y marxista.
—Doña Chona y doña Cleotilde —responden las horribles viejas.
—¿Ahora qué demonios quieren? —pregunta el tipo.
—Estamos haciendo una colecta para la capa del cura —responde, muy digna, doña Chona. Don Anselmo saca un enorme fajo de billetes nuevecitos y se los entrega a las comadres, diciendo.
—Y me lo capan: ¡bien capadito!
Un estallido de carcajadas irrumpió en la cantina. Nuestro ilustre gobernador, don Epifanio Alatorre, quien se encontraba rodeado de sus cuatro escoltas, todos ellos igualitos a Arnold Schwarzenegger en sus mejores tiempos, frunció el ceño al escuchar tamañas majaderías, mientras bañaba con salsa picante la docena de tacos fritos que uno de los meseros se había apresurado a llevarle.

El avión

—Los dirigentes de varios países viajan a bordo de un avión bebiendo whisky y agarrándole las nalgas a las pobres azafatas: ya se sabe cómo se las gastan los políticos, ¡el diablo se los lleve! —continuó el protervo Claudio Menchaca–. De pronto el primer ministro de Inglaterra, David Cameron, saca la mano por una ventana y dice:
—Nosotros ir por mi país.
—¿Cómo lo sabe, señor ministro? ¿Cómo lo sabe?
—Es que mí acabo de tocar la punta del Big Ben.
—¡Wooow!
“Poco después el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, saca la mano por una de las ventanas del avión y dice:
—Nosotros ir por mi país.
—¿Cómo lo sabe, señor presidente? ¿Cómo lo sabe?
—Es que mí acabo de tocar la punta de la Statue de la Liberty.
—¡Woow!
“El presidente de México, Enrique Peña Nieto, se mesó su ridículo copete mientras pensaba:
—Dios mío, ¡que pasemos por las pirámides!
“Poco después se aventuró a sacar la mano por una de las ventanas del avión para volverla a meter, apresurado, al tiempo que decía, desencajado:
—Vamos por mi país.
—¿Cómo lo sabe, señor presidente? ¿Cómo lo sabe?
—¡Me robaron mi reloj!
Los amigotes del maquiavélico Claudio Menchaca, todos ellos gente de lo más vulgar y proclive a la insurrección, rieron con ganas el chiste de mal gusto (que referimos, muy apenados, con propósitos meramente didácticos) mientras el señor gobernador, don Epifanio Alatorre, atacaba una hamburguesa doble, con tocino y aguacate, que le había llevado en persona el cocinero de “La Oficina”.

Ojo de Pata

—El presidente de México, Enrique Peña Nieto, se pavoneaba en una fiesta de asquerosos políticos —continuó el perverso Menchaca— donde se encontró con el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama.
“El presidente de la Unión Americana se acercó a Peña Nieto y le dijo:
—Tú y yo descender de indios americanos: mí ser Toro Sentado y tú Ojo de Pata.
“En eso una rubia curvilínea tomó del brazo al presidente Obama, quien se tambaleaba debido a la borrachera. Peña Nieto se preguntó:
—¿Ojo de Pata? ¿Qué habrá querido decir ese maldito negro?
“Enrique Peña Nieto se sirvió un whisky y atacó la bandeja de bocadillos, pensando:
—Las estupideces que uno tiene que aguantar. Bien decía don Porfirio Díaz: “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los gringos”, o citando a mi antecesor, el presidente Vicente Fox Quesada: “los mexicanos hacemos trabajos que ni los negros quieren”.
“Una hora más tarde Barack Obama regresó con la corbata chueca y la camisa llena de lápiz labial: Peña Nieto consiguió abordarlo:
—Señor presidente, me intriga usted: ¿a qué se refería con eso de Ojo de Pata?
—¿Ojo de Pata? ¡No, no, no, Penia! Mi espaniol no good enough. Lo que yo querer decir es que mí ser Toro Sentado y tú Hijo de Puta.
El gobernador de Rancholandia, don Epifanio Alatorre, escuchó las groseras risotadas, con evidentes muestras de disgusto, a la vez que comía un caldito tlalpeño.

El pago de la deuda externa

—Enrique Peña Nieto viajó a los Estados Unidos con la intención de pagar la deuda externa —dijo Claudio Menchaca, el muy irresponsable—, pero una fuerte lluvia lo obligó a refugiarse en un pequeño cenador que se ubicaba en los jardines de la Casa Blanca. Cuando pasó el temporal Peña Nieto siguió su camino para encontrarse un arroyo crecido, que lo separaba de la mansión.
“El presidente de México hizo una rabieta, maldiciendo:
—¡Por Belzebú! ¿Y ahora cómo voy a cruzar este maldito arroyo?
“Un tipo en el que el presidente no había reparado y que momentos atrás pescaba sentado en las raíces de un árbol dejó su caña a un lado y se levantó, rascándose el trasero y escupiendo tabaco de mascar. Se trataba de un yankee de pelo amarillo, rostro pecoso y dientes prominentes, que vestía un pantalón de mezclilla ceñido con un cordón e iba descalzo; el yankee le dijo, hablando por la nariz, al tiempo que se acomodaba su sombrero de paja:
—Hey you, fucking beaner. Straight ahead and under the water is a way made with several stones. You could bend your pants and cross the stream avoiding wet your back.
“El presidente plegó sus pantalones a la altura de la rodilla, buscó las piedras que se encontraban ocultas bajo el agua y cruzó el arroyo sin mojarse mucho, pero olvidó arreglarse los pantalones y entró todo brinca charcos a la Casa Blanca donde anunció, muy seguro de sí mismo:
—¡Buenas tardes, soy el presidente de México y vengo a pagar la deuda externa!
“La secretaria, que por alguna desconocida razón hablaba un castellano perfecto, le contestó:
—Esas son palabras mayores, señor presidente. Tome asiento por favor: voy a ver al presidente Obama, quien sin duda lo recibirá en un momento.
“Peña Nieto se sentó, sosteniendo una maletita en la que llevaba varios fajos de dinero, una botellita de tequila, chiles jalapeños y dulces de camote para obsequiar a los gringos. Poco después la secretaria regresó a la salita de espera y le dijo al primer mandatario de México:
—El presidente Obama lo va a recibir inmediatamente.
“Peña Nieto se levantó y la secretaria reparó en que el político mexicano llevaba los pantalones plegados hasta las rodillas.
—Señor presidente, ¡bájese los pantalones!
—¡Ah, chingao! —exclamó Peña Nieto—. ¿Tanto deberemos?

La justa indignación de un prócer

Claudio Menchaca fue conducido ante don Epifanio Alatorre con todo y silla de ruedas.
—Hijo mío: me escapé unos momentos de mi despacho para descansar de la pesada carga del gobierno y tomar un tentempié y en el poco tiempo que llevo te he escuchado decir un montón de barbaridades contra la Iglesia, tus sufridos dirigentes y tu patria —dijo don Epifanio empapando cinco papas fritas en un charquito de salsa catsup. El villano Menchaca se atrevió a decir, lleno de soberbia:
—Señor gobernador, con todo respeto, pero en este país se goza de libertad de expresión.
La manaza de uno de los escoltas del gobernador se cerró sobre la clavícula del rebelde Menchaca, que crujió.
—No hay que confundir libertad con libertinaje —contestó el gobernador de Rancholandia y se llevó a la boca las papas fritas, luego se apoderó de una tira de carne seca, que bañó con salsa tabasco y limón y preguntó:
—¿A qué te dedicas, hombre?
—Soy pensionado por accidente de trabajo. Señor gobernador, no era mi intención ofenderlo, le juro que…
—Shhh —susurró el sátrapa, masticó lentamente la tirita de carne seca y pensó en voz alta, espolvoreando queso a una mazorca: —Y así pagas la pensión que el Estado te ha concedido ¿Qué hubiera hecho el conde de Venecia, Lorenzo I´ll Magnífico?
El tirano le dio una mordida a la mazorca y sentenció, salomónicamente:
—A pesar de que tu comportamiento deja mucho que desear y atentas contra la paz social voy a permitir que te marches por esta ocasión, pero vas a estar bajo vigilancia.
—Gracias, señor gobernador, le prometo que…
—Acompañen al caballero a la puerta de salida —concluyó don Epifanio y honró con otra mordida a su mazorca.

Epílogo

El Altísimo perdona a los pecadores y les concede una segunda oportunidad. Siguiendo su ejemplo el gobernador mostró clemencia al terrorista Menchaca, quien desde entonces se ha comportado como un buen ciudadano gracias a los buenos oficios de nuestro ilustre gobernador, don Epifanio Alatorre, a quien Dios guarde muchos años, en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, amén.

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