Un gobernante ilustrado

Por alguna desconocida razón en la foto aparece el gobernador de Chihuahua, César Duarte. Sospechamos que el editor andaba pedo y, en tanto que no lo hemos podido localizar para que remedie tamaño desfiguro, "Voluptuosidad es la palabra" pide una atenta disculpa a sus lectores.

Por alguna desconocida razón en la foto aparece el gobernador de Chihuahua, César Duarte. Sospechamos que el editor andaba pedo y, en tanto que no lo hemos podido localizar para que remedie tamaño desfiguro, “Voluptuosidad es la palabra” pide una atenta disculpa a sus lectores.

I

La taza de café humeaba en el escritorio del gobernador de Rancholandia, don Epifanio Alatorre, quien atacaba con entusiasmo la enorme bandeja, llena a rebosar, de rosquillas de chocolate.

El gobernador se humedeció con la lengua los dedos índice y medio y pasó la página del tabloide para encontrarse con un horrible e injusto titular que decía:

“Epifanio Alatorre, el filisteo”; por: Nicolás Arredondo.

El gobernador dio un ruidoso sorbo a su café, despachó una rosquilla de dos mordiscos, tomó otra de la bandeja y comenzó a leer.

Cinco minutos más tarde llamó a su secretaria, quien se presentó más rápido que ipso facto, libreta en mano, con su sonrisa bovina y esos inmensos anteojos de fondo de botella cabalgando en su bulbosa nariz.

—Lupita —dijo el gobernador—, necesito que el director del Instituto Cultural se presente en mi despacho, inmediatamente.

—Sí, señor.

—Traiga algunos bocadillos y una jarra de Coca-Cola, light, por supuesto, y con mucho hielo.

—Sí, señor.

El gobernador tomó el tabloide que tanto lo había incordiado, lo estrujó y expresó, con un suspiro:

—Maldito chupatintas muerto de hambre. ¿Cómo se atreve ese imbécil? —se volvió a su secretaria— ¿Ya leyó el artículo de Nicolás Arredondo?

—Sí, señor. Es un pelagatos y un insolente.

II

Los zombies se acercaban, torpe e inexorablemente, llenando las ruinas de concreto de las instalaciones militares con su putrefacta presencia.

—¡Mugrosos “caláveres muertaos”! ¡Chúpense ésta! —ladró Clodomiro Martínez mientras disparaba, rociando con una amasijo de sangre, tripas, sesos y miembros amputados, las ruinas del complejo.

—¡Beep! ¡Beep!

El director del Instituto Cultural de Rancholandia, Clodomiro Martínez, soltó una palabrota, apretó el botón “pausa” de su Game Boy y levantó el auricular:

—Jovita, ya le dije que no quiero ser interrumpido, estoy muy ocupado revisando unos libros próximos a publicarse.

—Lo siento mucho, licenciado, pero llamaron del despacho del señor gobernador para decir que urge su presencia. La secretaria de don Epifanio dice que es muy urgente.

—Ah, entiendo, llámele a mi chófer.

—En seguida, señor.

Clodomiro colgó el aparato:

—¡Dios mío! —exclamó mientras se mesaba los cabellos—. ¿Qué querrá ese maldito panzón? Y todavía ni me recupero de ese desfile de modas que la bruja de la primera dama, el diablo se la lleve, me obligó a organizar.

Clodomiro lanzó una triste mirada a su Game Boy, pero resignado se puso su bufanda roja y una boina a fin de despojarse de su aire burocrático y cobrar, en cambio, un aura artística. Clodomiro Salió.

Poco después el director del Instituto Cultural se encontraba en el despacho del gobernador.

—¡Clodomiro! ¡Muchacho! ¡Pase! ¿Un bocadillo?

—No, muchas gracias, señor gobernador.

—Bueno, tome asiento —dijo don Epifanio y le tendió el artículo de Nicolás Arredondo. Clodomiro comenzó a leerlo mientras el gobernador despachaba unos tacos fritos de carne molida, mismos que bañaba con grandes cucharadas de una salsa verde y picante.

Clodomiro terminó de leer el artículo y miró al gobernador, quien tenía la boca y los bigotes brillantes por la grasa de los taquitos. Como un buda ranchero el tirano se sobó el vientre y afirmó, categórico:

—Esos horribles periodistas son una verdadera plaga. Lástima que haya quedado en desuso la “picota”.

—Concuerdo con usted, señor –dijo Clodomiro, flemático.

—Nicolás Arredondo dice que soy un filisteo. ¿Es que no conoce mi gusto artístico? –preguntó mientras señalaba la consabida colección de baratijas que todo abogado que se precie debe tener en su despacho: una acuarela con la silueta de don Quijote de la Mancha y su escudero, una estatuilla de bronce representando a la diosa de la justicia con la balanza y la espada, un búho hecho de semillas de girasol y una fotografía enmarcada de un puente ferroviario.

—¡Diablos! —exclamó Clodomiro—. Lo cierto es que ha sido una aberrante injusticia.

—El hecho de que nuestro presupuesto para la cultura sea modesto se debe, como usted bien sabe, licenciado, al proyecto de modernización del centro de la ciudad.

—Cierto, señor.

El gobernador tomó un sandwichito de la enorme bandeja que reposaba en su escritorio, lo mordió con deleite y le ayudó a bajar con un trago de su Coca-Cola —light— por supuesto.

—Es preciso que subsanemos esa deficiencia de nuestra administración. Rancholandia debe ser un ejemplo para el país. ¿Qué digo? ¡Para el mundo entero, licenciado! ¡Para el mundo entero!

—Concuerdo con usted, señor.

—¡No quiero que me recuerden como un gobernadorcillo más! ¡No, señor! He decidido seguir el ejemplo de Lorenzo I´ll Magnífico.

—¿El pintor?

—No, licenciado. El conde, Lorenzo I´ll Magnífico, gobernó durante el Renacimiento la ciudad de Venecia, misma que embelleció protegiendo a grandes artistas como Leonardo da Vinci, El Greco y Vincent Van Gogh, pese a que Venecia estaba sometida a un terrible embargo económico por parte del turco, Solimán.

—Un digno ejemplo a seguir, señor.

—Lo que quiero, licenciado, es que usted genere una idea para que los rancholandeses me perciban como un protector de las artes y la cultura y que además, dada la situación de las arcas, genere recursos. Piense: ustedes los eróticos anales a veces tienen buenas ideas.

El gobernador se apoderó de una cebollita cambray, que reventó ruidosamente bajo el peso de una mordida y derramó su jugo entre las comisuras de los labios del prócer, quien agarró una servilleta para limpiarse. En seguida dio cuenta de cuatro tostaditas untadas con paté de cerdo.

—Un verdadero acto de canibalismo —pensó Clodomiro mientras atormentaba su cerebro en busca de una idea luminosa que dejara satisfecho al tirano.

—¿Y bien? —preguntó don Epifanio derramando húmedas migajas en el escritorio de cedro inglés.

Y entonces: ¡oh milagro! ¡Oh, Minerva, diosa protectora del filósofo! La idea estaba ahí, escrita con letras de oro en su imaginación:

—Señor gobernador, creo que tengo la solución a este problema.

—Lo escucho atentamente —dijo don Epifanio mientras rebañaba tres papas fritas en un charco de salsa de tomate.

—Podemos crear un parque educativo de “estuatas” lacustres.

—¿Cómo que lacustres, licenciado? —preguntó el gobernador.

Le había llegado a Clodomiro el turno de lucirse. Le chocaba haberse equivocado acerca del conde Lorenzo I´ll Magnífico, a quien estúpidamente había confundido con un pintor.

—Una “estuata” lacustre reproduce a un jinete sobre su caballo.

—Ya —dijo don Epifanio—. ¿Y la idea es?..

—Poner “estuatas” lacustres que representen a grandes caudillos de nuestra gesta revolucionaria. Estas obras de arte serán mecanizadas y contarán, cada una de ellas, con una silla extra para que el público, a cambio de un pago modesto, consistente en unas cuantas monedas (pura calderilla) pueda realizar un viaje por la historia.

Clodomiro se levantó de su silla para tomar un volumen que comenzó a deslizar por el escritorio mientras explicaba:

—Las “estuatas” estarán montadas en rieles y realizarán un recorrido por el parque temático. El jinete, por ejemplo el coronel Atilio Sepúlveda, explicará al pasajero, con su voz electrónica, algunos episodios de nuestra gloriosa historia.

El minúsculo tomate que don Epifanio se había colocado entre los dientes reventó repentina y estrepitosamente, derramando su jugo por todo el escritorio.

El gobernador comenzó a sudar a cántaros, por lo que se aflojó la corbata y se limpió el rostro con una servilleta. Una vena palpitaba, peligrosamente, en una de sus sienes.

—¡Dios mío! —pensó Clodomiro Martínez—. ¡Si seré bruto! El gobernador va a pensar que estoy operado del cerebro y que este proyecto es una soberana estupidez.

—¡Martínez! ¿Sabe usted lo que ha hecho?

Los ojos de Clodomiro comenzaron a lagrimear y se sintió malo. Con una voz desmayada trato de balbucear una explicación:

—Señor gobernador, yo… yo…

—¡Me ha adivinado el pensamiento! ¡El gran parque temático de las “estuatas” lacustres de Rancholandia! —señaló en el vacío con sus enormes dedos en forma de salchicha—. ¡Por el Santo Niño de Atocha! No negará usted que es genial.

Como un avezado burócrata, hecho a navegar en las tormentas administrativas, Clodomiro Martínez se recompuso inmediatamente y dijo:

—¡Pero qué gran idea ha tenido, señor gobernador! Permítame felicitarlo y expresarle el gran orgullo que siento al trabajar con un estadista de su categoría.

—Gracias, Clodomiro, gracias. Vaya usted a Comunicación Social a fin de que organicen una rueda de prensa en la que usted y yo daremos a conocer tan fenomenal proyecto.

—En seguida, señor gobernador.

Clodomiro se cuadró, chocó ruidosamente los talones, saludó al modo militar, y salió del despacho, raudo y veloz, como una gacela.

—¡Diablos! —pensó don Epifanio mientras se paseaba por su despacho. Se jaló el fondillo del pantalón, que se le había atorado en el culo; se olió los dedos, hizo una ligera mueca de disgusto y llamó a su secretaria:

—¡Lupita! Venga un momento, por favor.

Sí, era un buen día…

Una hora más tarde los representantes de los medios de comunicación abarrotaban la sala de conferencias. La voz gangosa de la moderadora chilló en los oídos de los reporteros:

—Cedemos la palabra al licenciado Clodomiro Martínez, director del Instituto Cultural de Rancholandia.

La moderadora, varios burócratas y algunos reporteros aplaudieron.

—Por instrucciones del señor gobernador –y bla, bla, bla, y más bla.

Tocó el turno al mandatario:

—Estamos muy molestos porque Rancholandia no está a la vanguardia en materia cultural y artística.

El gobernador frunció el ceño y los periodistas siguieron su ejemplo, negando con la cabeza, indignados.

—De hecho —dijo con una pícara sonrisa que inmediatamente se vio reflejada en los reporteros— algunos de nuestros detractores se atreven a comparar Rancholandia con ese absurdo pueblecito de Pelotillehue, que aparece en las revistas de Condorito.

Los burócratas rieron el chiste. El gobernador continuó su exposición…

III

Seis meses más tarde se inauguraba El Gran Parque Temático de las “Estuatas” Lacustres (así con tantas mayúsculas) ante el furor de los rancholandeses, quienes realizaban un recorrido a través de la historia a bordo de magníficos corceles y en compañía de jinetes legendarios.

Clodomiro no dejó de notar que todos los sectores de la “zoociedad” rancholandesa estaban representados: el clero, exgobernadores, empresarios, grandes figuras del periodismo como don Jaime Rabietas y el licenciado Clementino Gutiérrez.

Alguien dijo que hasta el espectro de Miguel de Cervantes Saavedra, muy de la mano con sor Juana Inés de la Cruz, habían acudido a la cita.

Hasta fueron invitadas las revoltosas vendedoras ambulantes: La Prieta Velázquez, quien juraba como marinero y; Ulrica Montoya, quien por una vez se abstuvo de mostrarle las tetas a la concurrencia en un acceso de furia toda vez que el gobernador, en su magnanimidad, les había dado permiso para que vendieran elotes, nachos y chilindrinas.

Y así fue como quedó inaugurado el Gran Parque Temático de las “Estuatas” Lacustres de Rancholandia para ejemplo de las naciones y a mayor gloria de nuestro amado señor gobernador constitucional, don Epifanio Alatorre, quien alcanzó grandeza y superó al mismísimo conde Lorenzo I´ll Magnífico, y que Dios lo guarde por muchos años, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ¡amén!

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