Instrucciones para joder a Alberto Espino

Durmiendo la mona en el Municipio.

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Todo comenzó cuando llegué muy desvelado al trabajo, para variar.

Había un cheque enorme de esos de plástico que salen en la tele en ceremonias lacrimosas donde el alcalde le entrega un dinerín a una familia pobre y esas cosas, ya sabéis, y todo lo que yo quería era dormir sobre ese chisme, pero Dios no endereza jorobados ni cumple caprichos y se me apareció Juan Diego en calzones:

—¡Elko!

—¿Qué quieres, Juanito? —le dije al señor Juan de la Torre, cuando apenas comenzaba a acomodarme sobre el cheque.

—Te habla la patrona.

Y si hablaba la patrona, ni pedo. Total que me citaron al despacho del alcalde donde Alberto Espino los traía a todos de la cola.

Espino era el director del Instituto Municipal de Cultura, un bato de lo más mamón: usaba un bigotito más delgado que el de Pedro Infante y se veía todavía más maricón, y se enrollaba en el cuello una mascada roja translúcida al tiempo que decía cosas como:

—No, dear, dear, dear! La inspiración es nada, todo es trabajo.

Y es que los plebeyos tienen la filosofía del trabajo, aunque no lo hagan, los muy culeros, sobre todo si se dicen de izquierda.

Llegué al despacho del alcalde, caminando como Jack Sparrow y con un guardia espantoso detrás de mí para que no me escapara, ni idea cómo porque todavía no se me bajaba la borrachera: Alberto les había bailado en la cabeza de lo lindo, incluyendo a Juan Blanco, quien salía embotado.

Los del Pri y los del Foro de Periodistas, como luego hicieron conmigo, habían pedido su cabeza porque en una entrevista de radio el muy pendejo dijo la pura verdad:

—¡Señor Espino! Usted es de izquierda (sí, de izquierda el señorito bonito). ¿Por qué le apuesta a los del Pan?

—Mira –dijo Espino, se acomodó la bufanda escarlata translúcida, se acarició el bigotito (más maricón que el de Pedro Infante, insisto) y señaló, previo además que hubiera envidiado Andy Warhol:

—El PRI se ha vuelto un sinónimo de corrupción.

Sus dedos elegantes, de pianista, se volvieron un breve poema desdeñoso que ya hubiera querido pintar el mismísimo Leonardo da Vinci.

Tampoco es que dijera mentiras, pero para pronto los teléfonos comenzaron a chillar y los putos del PRI y los del Foro de Periodistas pidieron su cabeza: no había vuelta de hoja y Alberto, arropado en su mascada y en su pose de artista se negó a renunciar y amenazó con mandar a la mierda la de por sí frágil administración panista.

—Quiero irme a París. París tiene algo que me enamora. Paty, qué lindo corte de pelo tienes, eres tan hermosa, fíjate que…

En eso llegué, encabronadísimo y con un guarura detrás de mí, así que no podía escaparme.

Hasta eso que llegué a tiempo de escuchar las explicaciones del maestro:

—Yo soy un artista. Ustedes son unos pendejos y unos pinches filisteos.

Todo fue que se atreviera a citar a Óscar Wilde:

—Su túnica manchada de vino, enguirnaldada de hiedra, danzando como una bacante sobre las colinas de la vida, y mofándose del pesado sileno por su sobriedad.

Odio que los perredistas citen a Wilde, esos pesados tan sobrios, así que preferí una cita de Bukowski que dice a la letra:

—El mundo es un saco lleno de mierda que se abre por las costuras.

Y lo abrí por las costuras, sobre Espino.

—Dear! Dear! Dear! —decía Espino y les bailaba sobre la cabeza—. Yo no he dicho mentiras: el PRI es sinónimo de corrupción. Si me corren me pagan mucho, muuuchooo dineroooo.

Y se lamía el bigotito como la Pantera Rosa. No decía mentiras, pero esas cosas no se dicen.

—Alberto, no podemos protegerte, tienes que renunciar: los del Foro de Periodistas nos traen de la cola, y el PRI ni se diga.

—Corazones, renunciaré con un escrito que señale: “por diferencias intelectuales yo, Alberto Espino, productor de teatro, dramaturgo y hombre arrolladoramente guapo, he decidido renunciar al puesto que mi amigo, el alcalde Juan Blanco, me pidió de favor que…

—¡No! —se desesperaban y Espino seguía con sus sofismas.

Juan Blanco se fue con un dolor de cabeza, igual que varios de sus colaboradores. Comprendiendo la situación dije:

—Independientemente de que usted haya dicho la verdad… ¡Dios! ¿Alguien tiene una Tecate?

—El naco ese pide una Tecate, buf —dijo Espino.

—Decía que independientemente de que usted haya dicho la verdad no puede renunciar por diferencias irreconciliables. No se haga pendejo, tiene que ceder. Deje de acariciarse ese puto bigote, me desespera usted.

Alberto se encabronó, acarició su mascada, luego su pelo y dijo, tras entornar los ojos con mucho estilo (hasta eso):

—Y me lo pregunta, ¿quién? ¿Oyeron ustedes a un insecto?

El pendejo no sabía que le estaba hablando Elko Omar Vázquez Erosa, duque de la Noche y Amo del Crepúsculo, y su pinche padre, su papá, ¡su papá, señores! ¡Su papá!

El inge, Miguel Carreón (don Corleone) despertó al fin:

—Mira, Beto —Alberto se desinfló cuando lo bajaron a Beto—, me queda muy claro que no aceptamos tu renuncia por “diferencias irreconciliables”.

—Pero, pero…

—¡Pero nada, cabrón! Si quieres tu dinerito me firmas.

Espino me miró: me odiaba. Hasta eso que me gustó mucho su versión de “El fantasma de la ópera”. Igual me lo jodí.

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