La piñata

Por: Maribel R. y Elko Omar Vázquez Erosa

piñata

Gracias a que sus padres trabajaban en una aerolínea muy importante Isabel y Pedro viajaban con holgura entre España y México y al llegar las vacaciones de diciembre se decidió que las pasaran en este último país donde sus madres organizaron una de las tradicionales fiestas navideñas a las que se conoce como posadas y que, según se dice, fueron creadas para competir con los festejos que los aztecas realizaban en honor a Huitzilopochtli, el dios guerrero.

Doña María y doña Carmen se habían lucido en la preparación de la fiesta decorando la casa con papelitos de colores, un enorme nacimiento, buñuelos, tamales, champurrado (una bebida espesa elaborada a base de maíz, chocolate y agua con un toque de vainilla), ponche (bebida alcohólica con frutas enteras que flotan en la olla) y muchísimas otras delicias.

Ambas amigas estaban muy orgullosas de la enorme piñata que habían mandado a hacer para que los niños del barrio disfrutaran, por lo que compraron una gran dotación de dulces con la que rellenaron la piñata de siete picos, mismos que representaban los pecados capitales.

Mientras se organizaba la gran posada Isabel y Pedro se pasaban el día jugando, salían de paseo con los primos del niño mexicano y ganduleaban por la enorme casa de la abuela de Pedro, una construcción colonial llena de recuerdos, figurines, mantelitos bordados y todos esos cachivaches que coleccionan las abuelas.

Finalmente llegó el día de la posada y, por más que quisieron evadirse argumentando una invitación de unos primos, Isabel y Pedro fueron obligados a disfrazarse de pastorcillos, a sostener una vela y a unirse al resto de los niños, que llegaron desde una casa vecina, cantando:

En el nombre del cielo
os pido posada
pues no puede andar
mi esposa amada.

Los padres de Pedro e Isabel, junto con toda la momiza —perdón— junto a los ancianos de la casa, respondieron, emocionadísimos:

Aquí no es mesón,
sigan adelante,
yo no debo abrir,
no sea algún tunante.

Pedro e Isabel se miraban aterrorizados. Isabel susurró:

—Pedro, ahora sí que nos hemos metido en una buena.

—No creo, Isabel, tú niégalo todo, nunca lo confieses.

Finalmente a la gente de la casa le dio la gana abrir a los peregrinos, mientras cantaban (a las abuelas y a las tías casi se les salían las lágrimas, pero aun así desafinaban):

Entren santos peregrinos, peregrinos,
reciban esta mansión,
que aunque pobre la morada, la morada,
se las doy de corazón.

Empujados por los peregrinos Pedro e Isabel, aterrorizados, entraron a la casa sin que les fuera posible escabullirse y de pronto se encontraron en una amplia estancia donde las abuelas y las tías, con sus manos rugosas, les daba por tocar las cabezas de los niños y hacerles carantoñas.

Luego de degustar los manjares una de las tías más ancianas anunció que los niños debían pasar al patio interior de la casa, que era de tipo colonial (basada en modelos españoles y romanos).

—¡Pedro! ¡Por aquí! —sugirió Isabel y ambos trataron de escapar hacia una de las habitaciones cercanas, pero uno de los tíos dijo.

—¡Niños! ¡La piñata es por aquí!

Y nuevamente se vieron empujados.

Gaspar, un niño moreno con orejas enormes erró el golpe lamentablemente mientras que Ana, una niña paliducha de trenzas le pegó a la piñata como si quisiera darle de palmaditas para que se fuera corriendo, inmediatamente.

—¡Buuuh! —gritaron los niños y, conociendo sus atrocidades, reclamaron:

—¡Pedro! ¡Pedro! ¡Pedro!

Aunque Pedro negaba con la cabeza y señalaba a uno de los niños más pequeños la tía Eulalia le puso el palo decorado con papelitos de colores y lo empujó al centro del patio. Sus tíos Carlos y Armida, quienes se encontraban en lo alto de los muros jalando la piñata lo animaron y fingieron cara de espanto: la reputación de Pedro lo precedía.

Pero Pedro falló miserablemente los primeros dos tiros y al tercero le pegó a la piñata, como niña.

—¡Bah! —dijo Jaime, su insoportable primo, un pelirrojo pecoso con dientes de conejo—. Está visto que últimamente te juntas mucho con esa nena —afirmó señalando a Isabel— y te estás volviendo otra nena.

Jaime le arrebató el palo a Pedro y con un grito de lo más ridículo pegó un brinco:

—Yiiijaaa!

La tía Armida se había descuidado por encender un cigarrillo y darle un trago a su ponche por lo que el palo dio de lleno a la piñata, que se partió con un crujido y el contenido del artilugio se derramó en el piso atrayendo una horda de niños.

En el suelo podía verse un montón de corcholatas de refresco; corchos de botellas de vino; un encendedor inservible; un frasquito de agua oxigenada, vacío, por supuesto; la tapa de un frasco de mayonesa, marca Hellmann’s; una multitud de sobrecitos de salsa cátsup; el control remoto de una vieja videocasetera que años atrás había desaparecido de la casa; una figura de plástico, sin articulaciones, del Santo, “El enmascarado de plata”, con la cabeza toda mordisqueada; la tapa de un bolígrafo marca Bic; una cajita de cerillos vacía, y un montón de objetos más que sería fastidioso referir.

Con ojos relampagueantes doña María y doña Carmen buscaron a Isabel y a Pedro, quienes pusieron una cara de absoluta inocencia que hubiera conmovido al mismísimo Nerón, si de mártires en el Circo Romano se tratara.

 

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