El hombre que odiaba a Santa

Imágenes fuertes de la muerte de Santa (se pide discreción a los lectores).

Imágenes fuertes de la muerte de Santa (se pide discreción a los lectores).

(A Merry Christmas story)

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

—¡Aquí Águila 15! ¡El objetivo se aproxima a las 11 y media a un kilómetro en medio de un fuerte contingente armado! ¡Repito! ¡El objetivo se aproxima a las 11 y media a un kilómetro en medio de un fuerte contingente armado! ¡Cambio!

—¡Aquí Águila 1! ¡Aguarden la señal de Águila 15 para abrir fuego a discreción! ¡Repito! ¡Aguarden la señal de Águila 15 para abrir fuego a discreción! ¡Cambio y fuera!

Jhon McCoy sonrió mientras esperaba la señal de uno de sus hombres, la cual le indicaría que Santa Claus y sus colaboradores se encontraban dentro del rango de tiro de la veintena de hombres que había dispuesto en los tejados.

Aún recordaba esas mañanas amargas en las que se encontraba con un mugroso yo-yo debajo del árbol navideño o, lo más aterrador, con un poco de ropa. ¿A quién demonios se le ocurría regalarle ropa a los niños en Navidad, en lugar de los muñecos o la bicicleta que esperaban con tanta ilusión? Además el viejo goloso siempre se comía las galletas que McCoy le había dejado como muestra de buena voluntad.

Jhon McCoy le dio un trago a la botella de whisky que le hacía compañía para soportar mejor el frío de la madrugada, le dio una calada a su habano y, presintiendo la tormenta que se avecinaba, empuñó su rifle de alto poder equipado con mira telescópica.

—¡Aquí Águila 15! ¡El objetivo se encuentra dentro del rango de tiro! ¡Repito! ¡El objetivo se encuentra dentro del rango de tiro!

Una veintena de hombres, escondidos en las chimeneas, se alzó empuñando rifles de alto poder y la noche se llenó con el fragor de una serie de ráfagas de fuego y destrucción.

Jhon McCoy localizó a Santa y de un certero disparo alcanzó a Rodolfo por lo que el resto de los renos entraron en pánico y el trineo cayó estrepitosamente sobre uno de los tejados.

Los duendes de Santa, armados con sus AK-47 descendieron de sus propios trineos y repelieron la agresión, derribando a muchos de los francotiradores, quienes caían en una lluvia de sangre, tejas y ladrillos de chimenea.

El gélido aire olía a pólvora y a sangre: Pedro el Negro (Zwarte Piet) había organizado muy bien la defensa ya que en muchas ocasiones se habían topado con atentados similares, encabezados por fundamentalistas que consideraban a Santa una figura de raíces paganas, por musulmanes que odiaban a occidente o militantes de izquierda que lo acusaban de haberse convertido en un portavoz de la Coca-Cola y por lo tanto del capitalismo.

Arrastrándose lentamente McCoy localizó a Pedro el Negro, quien se encontraba en el tejado vecino rugiendo órdenes y soltando palabrotas a los duendes mientras disparaba dos subametralladoras Uzi. De pronto McCoy se levantó, tomó impulsó y saltó la calle que lo separaba del principal ayudante de Santa.

Las botas militares de McCoy cayeron con estrepito en el techo en el que se encontraba Pedro el Negro, quien volteó con ansias asesinas, pero McCoy se le adelantó empuñando su cuchillo de combate, que se hundió sin piedad en la yugular de Zwarte Piet.

Mientras caía Pedro el Negro miró el rostro salvaje de McCoy, cruzado por una enorme cicatriz.

Confirman la muerte de Santa.

Confirman la muerte de Santa.

Sin la dirección de ZwartePiet los efectivos de McCoy comenzaron a imponerse a los duendes. McCoy encendió un habano, que mordió con ferocidad mientras se encaminaba a los restos del trineo de Santa cerca del cual un enorme saco, del que se había salido un montón de juguetes relucientes, yacía en el suelo.

—¡Santa! ¡Maldito perro! ¡Muestra la cara!

De pronto Santa salió del trineo disparando sus Smith & Wesson con una habilidad que casi le costó la vida a McCoy, quien consiguió guarecerse de la lluvia de plomo ardiente tras una gárgola de piedra que algún tipo de gustos trasnochados instalara sobre su complejo de departamentos baratos.

—¡Santa! ¿Me recuerdas? ¡Soy Jhon McCoy, el que siempre te pedía una bicicleta y el muñeco de Skeletor! ¿Qué te hubiera costado, cerdo egoísta?

—¿McCoy, el hijo de irlandeses que emigraron a Argentina? — preguntó Santa pues, como ya sabemos, el tipo tenía una memoria prodigiosa.

—¡El mismo!

Santa soltó una carcajada:

—¡Argentina no se encuentra dentro de mi jurisdicción! ¡Los países jodidos de la América Española le corresponden a los Reyes Magos! ¡Ja ja ja! ¿Qué te regalaron esos cabrones, muchacho? ¿Ropa? ¿Un yo-yo?

Un grito desgarrado salió de la garganta de McCoy, quien abandonó la protección de la gárgola y abrió fuego sobre el trineo de Santa, desparramando un montón de esquirlas; pero Santa había cambiado subrepticiamente de posición y le disparó a McCoy quien, merced a la habilidad conseguida como veterano de muchas guerras se lanzó de costado sobre el suelo helado y mientras se deslizaba vació los cargadores de sus Pietro Beretta.

Si Voluptuosidad es la palabra fuera una de los estudios de Hollywood veríamos a Santa cayendo en cámara lenta, en medio de un baño de sangre y fuego mientras sus barbas ondeaban, pero como no es más que un blog bastante jodido, como bien dijera Santa de toda la América Española, tendremos que prescindir de los efectos especiales recurriendo, una vez más, a nuestra imaginación.

Santa soltó un borbotón de sangre que manchó sus blancas barbas. Los copos de nieve caían sobre él mientras que una figura se recortaba contra una de las luminarias. Era McCoy quien, sosteniendo sus pistolas automáticas aún humeantes, señaló:

—¡Así que los Reyes Magos! ¡Esos cabrones no se escaparán!

Lamentando una vez más haberse tardado en emigrar a los Estados Unidos Jhon McCoy enfundó sus Pietro Beretta y luego de extraer un puro de uno de sus bolsillos, que encendió con un zippo, se alejó lentamente: Santa Claus se desangraba.

 

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