Jis bak!

Jis bak

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Satanás estaba cagado de la risa: el panzón engreído se había presentado como un discípulo de Talleyrand (a quien por cierto su oscura majestad temía) y como tanto lo había hecho reír le permitió que volviera al mundo para atormentar a los pobres ciudadanos de Rancholandia.

—¡A ver, hijos de su reputísima madre! —gritó (por cierto no con el estilo que lo caracterizaba, pero así ha quedado registrado en las crónicas de Rancholandia).

—¡Señor, sí! ¡Señor, a sus órdenes! —dijeron, como debe ser, los ciudadanos de Rancholandia, quienes ya estaban tan emocionados en las instalaciones de la morgue (si bien es cierto que una lágrima furtiva escapó de los ojos de sus guaruras).

—Hijos míos, tengo hambre.

Más rápido que ipso facto los guaruras del señor gobernador constitucional de Rancholandia se hicieron de una bandeja de Kentucky (que según dicen las malas lenguas arrebataron a uno de los pacientes del mugroso hospital adjunto a la morgue, pero no hay que dar crédito a tan perversos comentarios toda vez que esas cosas no es posible creerlas de los ilustres estadistas ni de sus honorables colaboradores) por lo que todos pudieron admirar el prodigioso apetito del prócer, quien daba cuenta del sencillo aperitivo en lo que llegaba algo más sustancioso.

—Me he enterado, señores, de que la gente habla a mis espaldas —dijo su excelencia mientras hacía desaparecer, con un arte sublime, la carne de las piezas de pollo, dejando únicamente unos huesos mondos y lirondos.

—Señor gobernador, yo… —contestó el director de Comunicación Social, el licenciado César Quintana, pero el preclaro varón le arrebató la palabra (como se espera en estos casos):

—¡Licenciado! ¡Tengo conocimiento de que la gente se expresa muy mal de los mártires patriotas!

El licenciado César Quintana tomó nota, inmediatamente, y de ahí nació el virus, perdón, el sistema de la policía que tanto bien hace vigilando a los ciudadanos y que de paso les baja un poco de dinero a fin de que no cultiven malos pensamientos con un exceso de recursos.

Una orden de costillas de cochino llegó y al señor gobernador constitucional de Rancholandia, don Epifanio Alatorre, le brillaron los ojillos, que tanto recordaban a los de su majestad, el rey Enrique VIII, pero esas cosas no se dicen porque es una herejía hablar de los santos varones que, tan sufridos como ellos solos, se han ofrecido en sacrificio por los ideales de la democracia.

Mientras daba cuenta del fiambre Enrique VIII, perdón, don Epifanio Alatorre, afirmó:

—Me han dicho que al señor presidente de la República lo molestan por, digamos, sacar de la jugada a una bola de levantiscos que se quejaban de algunos sacrificios que todos debemos hacer por el bien de los altos destinos de la República.

El señor gobernador constitucional de Rancholandia, don Epifanio Alatorre, pronunció la palabra “república” con un timbre broncíneo que daba gusto, que despertaba ecos profundos en el corazón y revitalizaba los más elevados sentimientos en el pecho de sus indignos colaboradores, además de arrancarles las lágrimas (al licenciado César Quintana casi le daban ganas de bajarse los pantalones y empinarse ahí mismo).

—¡Es mi deber señalarles, señores! —rugió ese Talleyrand redivivo— que el problema se lo tienen los (la palabra ha sido suprimida por considerarla poco digna de Su Excelencia, pero comienza con “p”) artistas, con su filosofía lacrimosa.

Todos estaban admirados ante la sabiduría de ese ángel civilizador, que merced a los cielos había vuelto a la vida.

—A ver, incluso el arte popular está lleno de nociones subversivas: ¿cómo se permite que una mujer, por ejemplo esa Cindy Lauper, que tiene las piernas flacas, ande bailando en minifalda y diga cosas como: “no tenemos pasado porque se encuentra lejos de nuestro alcance”?

—Señor gobernador —dijo el historiador de la ciudad, Gumaro Gutiérrez, con una expresión grave que tan bien le salía utilizando su cara de sapo (y es que para su mala suerte no pudo evitar lucir su erudición) —: el pasado no lo podemos cambiar.

—¿Que qué? —gritó el señor gobernador constitucional de Rancholandia, don Epifanio Alatorre, mientras le cruzaba la cara al reseco cronista en un salto que daba gusto.

Y fue así como Rancholandia pasó a ser un imperio grandioso, fundado por el mismísimo Alejandro Magno (quien pasó a ser antepasado del señor gobernador, don Epifanio Alatorre) toda vez que los historiadores se aplicaron para borrar, de sus obnubilados ojos, la equivocada idea que tenían de los altos destinos de la República.

 

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