El ultimo hombre del mundo

el ultimo hombre

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Como todos los pinches poetas Ratón era mamertísimo y se sentía hecho a mano: había conocido los espacios enormes de la soledad y se creía infalible, inmune a ella. Todo fue que Ratona partiera a un viaje lejano para que la casa se le llenara de fantasmas y el vino se le volviera amargo.

El ambiente de la casa era insoportable, los libros unos bichos negros y horribles que poblaban de dementes alaridos los rincones oscuros y helados.

Ratón estaba loco: trepó al techo para gritarle a los demonios que cruzaban los cielos infinitos, cenicientos; pero ellos lo ignoraron.

—¡Maldita sea! —dijo Ratón—. ¡Esto se está poniendo helado!

Ratón metió unos leños a la estufa de hierro y se dijo a sí mismo que las tardes de los poetas estaban hechas de horizontes apacibles y callados.

Pero los objetos le gritaban.

Ratón decidió hacerse unos huevos estrellados para comerlos junto al fuego y acompañarlos con una taza de café: la idea se le antojaba hogareña y acogedora; pero al romper los huevos las yemas amarillas se volvieron unos ojos terribles, como soles fríos de paisajes alienígenas: eran los ojos enlunados de una diosa terrible, transida de apetitos insondables.

Ratón —ya lo dijimos— estaba loco. Ratón subió las escaleras para alcanzar las almenas de su castillo hecho de sombras y tristeza, para contemplar los cielos cruzados por cometas errantes, por la luz artificial de artilugios dementes, puestos en órbita.

Y el abismo del tiempo y el espacio le atraparon: era el último hombre flotando en una estación muerta de un satélite muerto que giraba alrededor del cadáver de un mundo, escuchando su propia respiración mientras miraba la escarcha que se iba formando en el cristal de su casco a la vez que erraba entre instalaciones suspendidas, entre chatarras, servo mecanismos de un mundo fenecido.

El último hombre pulsó el botón que habría de prodigarle la última dósis de un alcaloide futuro que no alcanzaba a consolarlo.

El sistema aún le brindaría unas horas de calor; pero lenta e inexorablemente el Universo, para él, se iría desvaneciendo.

 

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