La muerte del procer

obituario

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Cuando falleció el gobernador constitucional de Rancholandia, don Epifanio Alatorre, cualquier hubiera dicho, como ocurre después del deceso de los políticos, que la ciudad estaba desoladísima debido a la multitud de condolencias que los lambiscones publicaban en los periódicos, pero los niños jugaban, los perros se orinaban en los postes y a nadie le importaba una mierda en realidad.

La esposa del grandioso personaje estaba que no cabía de gozo ante las perspectiva de devorar la fortuna que su marido había dejado detrás; mientras tanto se esforzaba por poner cara de viuda triste y recibía, con una paciencia admirable, los abrazos que los empresarios, los periodistas, los camaradas del partido y demás fauna nociva le prodigaban.

Se cree que la idea fue del director de Comunicación Social, César Quintana, aunque también pudo ser de Aparicio Méndez, el líder de la bancada de diputados del partido: es difícil determinar quién tenía mayor talento para lamer el fango que dejan los grandes de la tierra en su paso por este mundo: lo cierto es que se decidió ofrendar al sátrapa un funeral de corte militar en el parque de las “Estuatas Lacustres”, donde los niños se paseaban en los artilugios mecánicos mientras sus padres, que habían acudido a despedir al prócer en un gesto desinteresado (y con la esperanza de que les tocara una orden de los tacos al pastor que los organizadores del funeral ofrecían) tapizaban el suelo de la explanada con cáscaras de naranja y de semillas de girasol.

Entonces la apoteosis: el líder de la bancada de diputados del partido, Aparicio Méndez, gritó con una voz recia:

—¡Señor gobernador constitucional de Rancholandia, Epifanio Alatorre!

La guardia de honor, integrada por unos tipos relamidos contestó, con una sola voz:

—¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!

Lo más espectacular, y esa sí que fue idea del director de Comunicación Social, César Quintana, es que el prócer levantó el brazo derecho merced a una artilugio compuesto por una polea suspendida sobre los restos del ilustre benefactor de Rancholandia y a una cuerda.

El efecto resultó completamente exitoso: se escuchaban sollozos entre el público. El líder de la bancada de diputados del partido, Aparicio Méndez, volvió a gritar:

—¡Señor gobernador constitucional de Rancholandia, Epifanio Alatorre!

Y la guardia de honor, integrada por unos tipos relamidos volvió a contestar, con una sola voz:

—¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!

El licenciado César Quintana estaba radiante mientras le levantaba el brazo al ilustre varón. Se sentía en el aire esa impresión grave, ante el descenso de lo grande, como diría Thomas Carlyle.

Lamentablemente el efecto se perdió un poco en la tercera llamada ya que el rigor mortis comenzaba a hacer de las suyas y el brazo del ilustre personaje no descendió con suavidad después del ¡presente!, como había hecho hasta el momento, y se quedó alzado.

El licenciado César Quintana carraspeó y con una expresión desolada en el rostro se acercó a su bien amado jefe para bajarle el brazo. El caláver muertao del grandioso estadista levantó la pierna izquierda.

El director de Comunicación Social volvió a carraspear, pero con una entereza admirable le bajó la pierna al fallecido difunto, que se sentó en su ataúd como el mismísimo Bela Lugosi en una escena de Drácula ante los ojos espantados del sufrido pueblo de Rancholandia, que por un momento pensó que el sátrapa regresaba de ultratumba.

Al ver los apuros en los que se encontraba su camarada César Quintana el líder de la bancada de diputados, Aparicio Méndez, se apresuró a auxiliarlo y sostuvo las piernas del tirano mientras que el director de Comunicación Social lo recostaba.

Y entonces el gobernador constitucional de Rancholandia, Epifanio Alatorre, soltó una ruidosa, vigorosa ventosidad que agitó los cabellos de sus colaboradores: en vida había demostrado un profundo desprecio por el pueblo de Rancholandia y con mayor contundencia lo expresó… desde la muerte.

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