El regreso

Por: Maribel R.

el regreso

(Especial de Noche de brujas)

I

Por fin el día más esperado. Llegué un poco nerviosa, pero con una alegría inmensa por poder estar allí entre los finalistas. Hacía un sol radiante: bajé y respiré profundo. Era un hotel con un hermoso jardín y una enorme terraza que ya estaba dispuesta con todos los útiles de cocina para el gran concurso.

Ya casi estábamos todos allí y el organizador empezó a presentarnos; bueno, no a todos, faltaba mi pareja de concurso que ya se tardaba. Sólo sabía que se llamaba Eloy, así que no tenía ninguna forma de comunicarme con él.

En 24 horas empezaría todo, llevé mis cosas a mi habitación y salí al balcón para ojear un poco el paisaje, entonces vi llegara alguien en un coche rojo: se apeó y se dirigía hacia el organizador.

—Seguro será ese tal Eloy —pensé.

Más tarde nos reunieron a todos en el comedor para charlar un poco de cómo sería todo.

—¡Hola! —dijo alguien a mi espalda. Me giré y vi que era el chico del coche rojo.

—¡Hola! —dije.

—Me llamo Eloy y tú supongo que serás Sofía, mi pareja de concurso.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo deduje, ya que todo el mundo está ya emparejado… sólo quedamos nosotros.

—Ah, sí… es verdad, qué tonta.

Hablamos durante un buen rato sobre cómo serían nuestros platos especiales para el concurso y nos dimos cuenta de que teníamos muchos puntos en común; además me caía genial: nos reíamos, discutíamos temas en los que al final estábamos de acuerdo… y pasó la tarde entera y seguíamos hablando.

Intercambiamos nuestros números de teléfono y nos retiramos cada uno a descansar para el gran día; pero en la noche no dejábamos de pensar en nuestras charlas y en lo a gusto que nos encontrábamos juntos. Entonces le llamé, pero colgué al instante. Él hizo lo mismo, pero no colgó y me dijo:

—Buenas noches, querida Sofía, quería decirte que me gustó mucho charlar contigo… que descanses.

Yo me quedé muda, no fui capaz de pronunciar palabra porque él ya había dicho justo lo que yo pensaba.

II

Era sábado, soleado y armonioso. Nos encontramos en el comedor a la hora del desayuno y ya empezamos nuestra tertulia sobre los menús del concurso. Poco a poco fuimos hablando de nosotros, nuestros gustos, etc.

Ideamos un primer plato muy sencillo con productos frescos de la tierra. El segundo, un poco más elaborado, tenía como principal ingrediente el erizo de mar. El postre era lo mío, pero he de reconocer que Eloy le dio ese toque que lo hizo destacar en color y aroma.

Todos esos platos tenían un tiempo de elaboración y presentación, si no se cumplía quedaríamos eliminados en el acto.

El jurado estaba compuesto por los mejores chefs de las provincias: yo no le quitaba ojo a los platos, quería que quedaran perfectos. Eloy, mucho más relajado, no paraba de sonreír y me daba la mano para que estuviera tranquila.

Y sí, me relajaba. Sus manos eran muy suaves aunque siempre las tenía frías.

Ya todos los chefs habían probado los platos de todos los concursantes y también anotado su puntuación. Nuestro veredicto era bueno: texturas suaves, sal la justa y el dulce… ideal. Quedamos entre los cuatro primeros así que tendríamos que hacer otra prueba al día siguiente.

Esa noche salimos a celebrar nuestra puntuación y a pensar en otro nuevo plato especial.

Quedamos hasta bien tarde y terminamos bailando en el salón un tema muy pegadizo que nos hizo olvidarnos del mundo por un momento: pasamos una noche inolvidable.

Ni qué decir…

III

Último día, último concurso, últimos platos: al final sólo quedaría una pareja ganadora.

Pusimos nuestras mejores ideas y trucos de cocina:

Un primero muy suave y caldoso.

Un segundo elaborado con ciervo y trufa.

El postre sería un mouse de fruta con crocanti de avellana.

Eran buenos y recibieron una puntuación alta, pero otra pareja los superó; no por eso nos desalentamos ya que llegar a una final era un buen resultado y nos daría más oportunidades, por otro lado, para superarnos en la cocina.

Llegó la hora de la despedida: cada uno se iría a su respectiva provincia.

Eloy estaba feliz por haber pasado ese fin de semana maravilloso. Yo no estaba tanto porque no sabía hasta cuándo volveríamos a vernos.

—No te preocupes, al final nos encontraremos —y lo decía muy seguro y tranquilo.

Pasaron semanas, pero Eloy no llamaba. Al cabo de unos días más, ya preocupada, decidí llamarle yo. No respondía. Tenía que hablarle… tenía que darle la noticia.

Volví a marcar una y otra vez… nada.

Reintenté y se oyó al otro lado del teléfono una voz como de señora.

—¿Diga? ¿Quién es?

—¡Hola! Soy amiga de Eloy. ¿Podría pasarme con él, por favor?

—¡Señorita! ¡Cómo se atreve! —me respondió con voz muy ofendida.

—Perdone, señora, ¿he dicho algo malo? Sólo quería hablar con Eloy… él me dio este número y…

—¡Me parece que ya está bien con la bromita! —me dijo, alterada—. ¡Vaya y métase con sus difuntos, señorita!

—Pero… —me colgó.

No entendía nada… busqué por todos los medios la dirección de Eloy para presentarme en persona y ver qué ocurría. No me fue muy difícil de conseguir, pillé un tren y me fui en su busca.

Llegué a un pueblo chiquito y pregunté a un vecino que paseaba por ahí si sabría decirme de su casa. Me miró extrañado de arriba abajo y la señaló con el dedo sin mediar palabra.

Era una casa de plata baja color verde y con ventanas de madera. Pude ver la parte delantera de su coche rojo en el garaje y me alegré un poco. Fui directa al timbre, sin vacilar ni un instante.

—¡Hola! ¿Qué desea? —dijo una mujer. Debía ser la misma señora que me respondió por teléfono.

—¡Hola! Mi nombre es Sofía, amiga y compañera de concurso de Eloy. ¿Puede avisarle de que estoy aquí?

—¡Santo Dios, señorita! ¿Es que no nos va a dejar en paz? ¿Quiere usted burlarse de mí?

—No, señora. ¿Qué sucede?

—Eloy era mi hijo: hace seis meses que lo he enterrado —dijo llorando.

—¡No puedo creerle eso, señora! Hace unas semanas concursamos juntos en el concurso provincial de chefs. Él me dio su teléfono —dije, nerviosa.

—Espere, me pondré la chaqueta y la llevaré al cementerio para que lo vea usted misma.

Me quedé sin aliento cuando vi en aquel mármol su nombre grabado junto a su foto… me desplomé.

IV

Cuando abrí los ojos una intensa luz me cegaba y casi no me dejaba ver. Al rato pude aclararme y vi que estaba en una cama y la habitación era totalmente blanca. Supuse que estaría en un hospital.

De pronto oí que se abría la puerta y una enfermera con cara de pocos amigos entraba toda apurada con una bandeja de medicamentos. Me obligó a tragar dos pastillas y se fue in mediar palabra. Me quedé sola.

El cuarto me daba muy mala espina ya que estaba vacío… ni muebles, ni ventanas. Nada.

No tardé en dormirme. Entonces soñé con Eloy, los menús, el hotel, el mármol y lo más espantoso, ¿cómo es que estaba esperando el él estaba muerto?

Me desperté sobresaltada, sudando y con los ojos muy abiertos. A mi alrededor había varios doctores examinándome.

—¡Es increíble! —dijo uno.

—Sí, no parece real —respondió el más bajito.

Levanté la cabeza para ver lo que estaba sucediendo y vi que estaban intentando cortar mi vientre; pero se sorprendieron porque no eran capaces. La piel no cedía a la cuchilla y ésta se partía en dos al tocarla.

—Doctor Cortizo, estoy empezando a creer que la paciente no está loca en realidad –dijo el más bajito.

—Imposible, doctor Alberte, a no ser que alguien manipulase el cadáver para hacer posible una nueva vida. De todas formas tendremos que comprobar si es fruto de ese joven muerto –dijo Cortizo frotándose la sien.

—Pero sin esa muestra será imposible. La piel es extremadamente duraa la cuchilla y las agujas se rompen todas.

Entonces quise hablar, pero no fui capaz y pensé que en realidad me estaba volviendo loca.

Se fueron y me dejaron allí, sola y sin poder moverme.

Así permanecí durante días, semanas, meses… me tenían vigilada las 24 horas. Me alimentaban y revisaban mi estado.

Una noche antes del bendito día me pareció ver en la puerta a Eloy. Froté los ojos y volví a mirar: era él, sonreía y me decía que siempre permaneció a mi lado aunque yo no lo notase y que me preparara porque había llegado la hora. Se acercó, me dio un beso y acarició mi vientre. Me quedé más tranquila y me dormí.

Sobre las doce del día siguiente empecé a sentirme muy cansada y noté algo que me enfriaba la barriga. De pronto las máquinas empezaron a sonar con unos pitidos alarmantes y llegaron los doctores en cuestión de segundos para acomodarme y asistirme.

Y nació: era bella, con los ojos negros y la piel blanca. Su mirada transmitía tranquilidad… pero sólo pude verla unos segundos: se la llevaron y me sedaron.

V

—Si tú eres mi otro papá y vienes a verme, ¿por qué no viene a verme mi otra mamá? ¿Por qué cuando hablas sólo te puedo oír yo?

Esas eran algunas de las muchas preguntas que le hacía. Ahora que lo sé todo les comprendo.

—Lucía, hija, tú no eres como los demás y no deben saberlo porque aún no están preparados.

También era una de las muchas cosas que me decía y así me preparé y me formé.

Mi meta era sacarla de allí, así que busqué toda la información necesaria del centro y de su personal sanitario.

Accedí como doctora en psicoterapia e intenté caerles bien a ellos. Dos médicos carniceros que se dedicaban a experimenta con los pacientes, incluida ella. Eran los doctores Alberte y Cortizo que lo prepararon todo y me dieron en adopción alegando que era huérfana de madre y padre desconocido. Así, mientras hacían toda clase de experimentos con ella, aprovechando que no tenía familia que la reclamase y que padecía de alucinaciones.

Tuve la suerte de tener unos padres adoptivos muy buenos de los que nunca me faltó el cariño y que me apoyaron en todo.

Cuando abrí la puerta me la encontré allí, en la esquina de la habitación con ojos de espanto. Cerré la puerta y la llamé por su nombre.

—Sofía.

Ella, que en un primer instante estaba encogida de miedo me miró y su semblante empezó a cambiar, se relajó y hasta parecía que respiraba. Me senté a su lado, le cogí la mano acariciándola suavemente y le dije:

—Hola, Sofía.

Se dejó acariciar y me miró fijamente mientras trataba de retener unas lagrimillas que empezaban a asomar por sus ojos y dijo:

—Lucía, eres tú.

Inmediatamente la abracé y le dije que la sacaría de allí.

Era por las noches cuando se citaban en un cuarto aislado en el sótano y experimentaban con sus tejidos. Un cuarto que para el centro no existía: la dopaban y ataban a una camilla para intentar recortar parte de su piel que sería analizada a fondo por su asombrosa cicatrización y curación rápida después de resultar muy difícil su corte.

Yo haría que tanta curiosidad en estos dos se desvaneciese. Ellos no sabrían ciertamente la composición de los tejidos de mi madre, pero no les quedarían las ganas de saber de qué estaban hechos los míos.

VI

Amaneció un domingo soleado y apetecía salir a caminar por aquellos floridos jardines. La vestí con ropas alegres dejando su horrible pijama en la basura y paseamos juntas hasta perdernos en el tiempo. Le contaba sobre mí y le decía muchas cosas sobre mi papá.

El aire puro le daba color a su piel y en su mirada se podía notar algo de brillo. Tanto medicamento y horas encerrada habían hecho de ella un muñeco con piel de papel blanco y fino.

Nos sentamos en un banco para el paseo de los patos en el lago y apareció él: vestía igualito que la última vez que ello lo vio; se sentó a su lado y ella lo miró como si fuese lo más normal del mundo.

—¡Por fin apareciste! —dijo ella.

Él sonrió y contestó:

—Parece que no llego en un buen momento.

—Si te quedas hoy preparareis una buena cena que degustarán nuestros más preciados invitados —acerté a decir.

—¿Vamos a cocinar? —me preguntó ella, entusiasmada.

—De veras que sí, mamá, la mejor cena en mucho tiempo y además los tres juntos.

Estuvimos largo rato charlando sobre los ingredientes a añadir a tan suculenta receta, hasta que nos pusimos de acuerdo y concretamos la hora y el día de la ceremonia.

Él se fue caminando hacia el lago y desapareció como el humo; entonces me apuré a regresarla antes de que notasen algo raro.

Hasta que llegara el sábado, día en que la mayoría de los pacientes se iban con sus familiares, ellos aprovecharían para seguir con sus experimentos en ese cuartucho escondido y el poco personal sanitario estaría entretenido paseando a los pacientes.

Entraron como siempre a su cuarto y la ataron a la camilla, no sin antes darle algo para dormirla. La cubrieron con una sábana y la trasladaron en ascensor rumbo al sótano. Una vez dentro empezaron a preparar las vasijas, tijeras, bisturí y demás accesorios cortantes, encendieron el ventilador y pusieron en marcha las cámaras.

El doctor Alberte cogió un cutter y ya preparado con mascarilla y mandilón levantó la sábana para dirigirse a uno de sus pechos, pero una fuerza sobrenatural lo paró apretando su muñeca hasta el punto en que la sangre salió disparada por entre sus uñas con tanta fuerza que bañó toda la cara del doctor Cortizo. Alberte gritó de dolor y espanto y al momento pudo diferenciar una figura traslúcida con forma humana que lo miraba desafiante.

—¡Dios! ¿Qué es esto? —dijo Cortizo temblando y al momento se orinó encima.

Me presentó con una olla y una manguera. Alberto me vio entrar pero no entendía. Al instante se despertó mi madre con los ojos más abiertos que nunca y de un color intenso: se incorporó y enseñó sus colmillos afilados al paralizado doctor.

—En la olla pondremos, evidentemente, tantas partes tuyas como las recortadas del cuerpo de mi madre —dije enseñando a la vez unas uñas bien afiladas que pedían a gritos arañar y cortar.

Los doctores balbuceaban a la vez que intentaban comprender aquello y sus ojos buscaban una salida sin apenas despegar sus miradas de nosotros.

—Con la manguera sabremos calcular los litros que haya en vuestras venas, conduciéndolos hacia estas jarras que más tarde degustaremos mientras observamos cómo vuestros cuerpos nos muestran el horror que estáis pasando. Ya sabéis que además de alimentarnos de vuestra sangre nos alimentamos con vuestras emociones: justo lo que más nos da a la vida.

Alberte quedó petrificado y el doctor Cortizo se desmayó; en seguida los llevamos a sus habitaciones, atándolos bien a las camas.

Mientras tanto mis padres se apoderaron de la cocina para preparar la cena: una apetitosa comida que no olvidarían jamás.

Media hora tardaron en volver en sí y lo primero que vieron fue que todo estaba blanco. Trataron de buscar con sus miradas algo que los orientara hasta que vieron unas correas con las que estaban atados y empezaron a palidecer de nuevo.

Entramos los tres al mismo tiempo en el cuarto, empujando una mesilla con ruedas sobre la que iban los primeros platos; el postre lo llevaríamos más tarde.

Les acercamos la mesilla, dejamos sus manos libres y los invitamos a que saborearan, además de desearles buen provecho.

—¡Santo Dios! ¡Una oreja! —dijo uno.

—¡Qué espanto! ¡Un dedo! —dijo el otro, y en sus vasos relucía un rojo sangre bien fresquito.

Alberte vomitó y su compañero volvió a palidecer y se desmayó de nuevo. Tratamos de despertarlo para que probase el postre, y en eso nos vieron a los tres, que tan sólo éramos un haz de luz resplandeciente capaz de traspasar las barreras más difíciles. Éramos capaces de estar en varios sitios al mismo tiempo y en varios tiempos a la par, enseñándoles del pasado y ofreciéndoles hechos del futuro.

Y ellos no entendieron nada y lo entendieron todo a la vez.

Bueno, tengo que decir que mis papás eran unos excelentes cocineros y los miembros que comieron los doctores ni siquiera eran tales: es que la cocina da mucho de sí.

Por cierto en el futuro de estos dos se les veía internos en un enorme centro del que no querían salir.

 

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