El club de los horrores

el club de los horrores

(Especial de Noche de brujas)

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

 

Viajábamos en carretera a bordo de un automóvil Fiesta color blanco, Gabriel Ávila iba al volante y Mario Flores en el asiento del copiloto mientras que Juan Campos y yo ocupábamos los asientos traseros.

—Páseme otra cerveza —gruñó Gabriel— y un cigarrillo, encendido.

Jhonny destapó la hielera mientras yo le encendía un cigarrillo a Gabriel ya que es necesario tener contento al chófer. Gabriel le dio un trago a la cerveza y rugió de satisfacción:

—¡Capitán! ¡Esta cerveza está en su punto!

—Oye —preguntó Mario—, ¿falta mucho para llegar a ese lugar que tanto nos has platicado? Ya tengo hambre y a este paso la carne se va a echar a perder.

—¡Tenga paciencia, señor! —rugió Gabo—. Ese sitio les va a encantar, está lleno de árboles y lo cruza un arroyito muy agradable: es perfecto para un día de campo.

Como el lugar no aparecía me entretuve mirando los pinos que parecían correr en sentido contrario.

—Pues yo digo que nos detengamos en cualquier punto, total que donde quiera hay árboles —comentó Jhonny.

—¡Señor! —dijo Gabriel mientras se giraba hacia nosotros— el lugar que les digo…

—¡Cuidado! —grité ya que un tráiler salió sorpresivamente de un camino de terracería; Gabriel lo esquivó, pero perdió el control del vehículo y nos salimos de la carretera hacia una abrupta pendiente. El vehículo volcó y fuimos a dar a un claro lleno de bancas y cenadores pintados de blanco.

El automóvil quedó con las llantas hacia arriba; afortunadamente sólo teníamos golpes leves y conseguimos salir del Fiesta.

—¡Mi carro! —gritó Mario, furioso— ¡Ya me lo echó a perder!

—Le dije que no dejara conducir al Gabo —opinó Jhonny.

Un anciano vestido de blanco, al que le faltaba una pierna y caminaba con ayuda de muletas se acercó a nosotros:

—¿Necesitan ayuda?

—Gracias —respondí—, ¿tendrán un teléfono que nos puedan prestar?

—Claro —dijo el viejo—, ustedes se encuentran en el área de un club para personas de la tercera edad y afortunadamente contamos con un teléfono. Síganme, por favor.

El viejo caminaba cansinamente y nosotros lo seguíamos. Mario Flores cojeaba visiblemente ya que se había golpeado en una pierna y el dolor comenzaba a subir de intensidad.

Llegamos a una especie de campamento muy concurrido por viejos que parecían estar celebrando algún aniversario toda vez que bebían ponche, comían un pastel reseco, ensalada de pasta con trozos de jamón y una porción de gelatina en platos de cartón.

Un anciano de color, que nunca parpadeaba y que tenía unos ojos que brillaban como vidrio, tocaba una guitarra mientras cantaba Me and the devil, de Robert Johnson, https://www.youtube.com/watch?v=bSch47wftZM, quien según la leyenda vendió su alma al diablo en el cruce de la autopista 61 con la 49 en Clarksdale, Mississippi, para tocar la guitarra mejor que nadie:

Early this morning
When you knocked upon my door
And I say hello, Satan
I believe it´s time to go
Me and the devil
Was walking side by side

—¡Pero mire nada más cómo viene, joven! —dijo una mujer en silla de ruedas dirigiéndose a Mario—. Por aquí tenemos el botiquín, le voy a dar un analgésico.

Mario se fue detrás de ella.

—¿Nos podrían prestar un teléfono para pedir una grúa? —preguntó Gabriel a nuestro guía.

—Claro —contestó—, es por aquí.

Lo seguimos hasta una zona llena de cobertizos cubiertos de pintura blanca, descarapelada. En unas oficinas había un teléfono de disco junto a una vieja máquina Remington y unos archiveros de metal que seguramente les habían donado poco antes de la Segunda Guerra Mundial.

Gabriel descolgó la bocina, pero el teléfono no servía.

—¡Maldita sea! Y para variar nadie trae saldo en su celular. Vamos a preguntar a los miembros del club si alguien nos puede prestar un móvil.

—Esperen —dijo el anciano mientras revolvía en una caja de herramientas, pero sus movimientos eran tan lentos y desesperantes que hicimos como que no lo escuchábamos y volvimos al área de los cenadores.

Estuvimos preguntando a los ancianos si tenían un celular y ellos nos miraban con una sonrisa… ¿perversa?

Gabo nos llamó aparte:

—Muchachos, ¿notan algo raro?

—Sí, que parece la película de Cocoon —contesté.

—A todos les falta un miembro: fíjense bien —remató Gabo.

Paseamos la mirada por los viejos vestidos de blanco: a uno le faltaba una mano, a otro un brazo, al de allá una pierna, a ése una oreja; hasta había uno con una nariz de oro sostenida en su rostro gracias a bandas chapeadas con el mismo material.

—¿Dónde está Mario? —preguntó Jhonny y como si lo hubiera invocado Mario apareció corriendo y gritando, con el rostro todo ensangrentado.

—¡Muchachos! ¡Muchachos! ¡Son unos monstruos!

Unas manos sarmentosas capturaron a Mario y vimos cómo un grupo de viejos, armados con una variopinta colección de objetos punzo cortantes caían sobre nuestro amigo, como buitres.

—¡Hey! —gritó Gabo—. ¡Déjenlo en paz!

Jhonny le tiró de la camisa mientras señalaba a los ancianos de las mesas:

—Gabo, mira. ¡No mames, güey! ¡No mames!

Debajo de los manteles los abuelitos sacaban garfios, hachas, machetes, pinzas de jardinería, cuchillos y otras herramientas, algunas con la hoja oxidada.

Huimos cobardemente hacia los cobertizos mientras escuchábamos los alaridos de Mario.

Como Gabriel y yo éramos más robustos Jhonny corría muy por delante de nosotros. De pronto lo vimos caer al suelo, donde se retorcía de dolor: un filoso alambre se había atravesado en su camino para rasgar su pantalón y, debido al impulso, rebanarse la carne de las piernas hasta dejar el hueso al descubierto, de las rodillas hacia abajo.

—¿Qué hacemos, señor? —preguntó Gabo.

En eso el anciano que nos había servido de guía apareció con una hoz como las que utilizaban los druidas para la colecta del muérdago. El anciano reía, cloqueando, mientras nos miraba con ojos desorbitados, demenciales.

—¡Ayúdenme! —gritaba Jhonny, desesperado.

Cuando nos disponíamos a enfrentar a ese viejo horrible vimos que de las callejas surgía una horda de ancianos mutilados que blandían filosas herramientas.

—¡Por aquí! —gritó Gabo y corrimos hacia lo que parecía ser un almacén.

Atrancamos la puerta por dentro y callamos mientras escuchábamos los lamentos de Jhonny y las carcajadas enloquecidas de los ancianos.

—¿Qué hubieran hecho los miembros de las S.S., señor? —le pregunté a Gabo.

—No tengo ni la menor idea —contestó Gabo—, pero creo que el mismísimo Führer estaría cagado de miedo.

Saqué el encendedor: encontramos una vela e iluminamos tenuemente la habitación, que estaba llena de maquinaria y, en un rincón, de ropas viejas.

En un estante pudimos ver, apiladas en orden, cientos de latas con una etiqueta que mostraba a un cachorro contento y que decía:

“Toby, alimento para perros”.

Gabriel tomó una de las latas y leyó la letra menuda:

—Cada vez que usted compra una lata de “Toby, alimento para perros”, está apoyando al albergue de ancianos “Arcoiris”. Gracias por su ayuda.

Gabriel dejó la lata en el estante y exclamó:

—¡Demonios!

Luego tropezó con algo en el suelo. Al acercar la vela descubrió que se trataba de la anilla de una compuerta.

—Parece que hay un sótano. Bajemos a investigar para ver si encontramos una salida o algo con lo que podamos defendernos de esos desquiciados.

Gabriel levantó la trampilla y comenzó a descender por unas escaleras de madera. Cuando me disponía a seguirlo Gabo gritó: podía escucharse el chop-chop del metal cortando la carne, y las risas cascadas de los ancianos. Rápidamente cerré la trampilla y empujé un mueble para cerrar la puerta.

Afuera los ancianos golpeaban las paredes de tablas, que cedían rápidamente permitiendo el paso de los rayos del sol.

Desperté bañado de sudor: eran las tres de la madrugada.

—¡Dios mío! —pensé—. Demasiadas películas de terror, y esa hamburguesa con papas debió caerme pesada.

Me puse mi bata y me preparé un café para calmar mis nervios, así que salí al porche y encendí un cigarrillo.

Entonces lo vi, al otro lado de la reja: era un anciano al que le faltaba una pierna y caminaba, en medio de la calle, apoyándose en muletas mientras cantaba:

Early this morning
When you knocked upon my door
And I say hello, Satan
I believe it´s time to go
Me and the devil
Was walking side by side

 

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