Muñeco, unleashed

muñeco unleashed

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Visitar el patio de la casa de mi abuelo, papá Rubén, era adentrarse a una aventura en la jungla: se trataba de una casona antigua, ubicada en pleno centro de Mérida, Yucatán, con un patio trasero enorme en el que había un árbol de grosellas, dos de aguacates y un montón de piletas llenas de peces multicolores, pero era el habitante de la última pileta el que nos llenaba de asombro: se trataba de un lagarto algo más grande que un niño de cinco años.

Uno podía asomarse a las aguas putrefactas de su pequeño estanque –y es que los lagartos tienen la costumbre de pudrir sus presas—y mirar sus ojillos maliciosos y amarillentos.

Mi primo Rogerito se daba a la tarea cada fin de semana de vaciar la pileta y bañar al lagarto, que no agradecía los tiernos cuidados de que era objeto con jabón y cepillo y tiraba dentelladas y coletazos. Lo cierto es que al final del proceso quedaba muy guapo y los niños podíamos admirarlo mejor en las aguas cristalinas.

El patio tenía un montón de lagartijas que brincaban entre las hierbas y, a media tarde, si te quedabas quieto, podías ver a las iguanas caminando por el techo de zinc de la bodega que se ubicaba al fondo del patio.

También había una numerosa familia de tortugas que a cierta hora tomaban un paseo, entraban a la casa en fila india y luego salían sin causar estropicios: eran muy educadas.

En tiempos el patio tuvo hasta dos venados, según cuenta mi mamá, pero yo no los conocí; no obstante puedo hablaros de Muñeco, un mono araña que le fue obsequiado a mi abuelo muy pequeño ya que unos cazadores habían matado a sus padres.

Muñeco vivía en una jaula grandísima que mi abuelo le había construido, equipada con un columpio y juguetes, y a nosotros nos encantaba regalarle plátanos y grosellas, y Muñeco nos recompensaba con sus carantoñas mientras pelaba los plátanos con sus manitas y escupía semillas de grosellas.

Cierto día unos niños que vivían en la casa de al lado saltaron el muro del patio y liberaron a Muñeco, quien trepaba desesperado por los árboles de aguacates mientras mi abuelo, auxiliado por sus nietos, intentaba capturarlo.

Muñeco se metió a la casa y mi abuelo ordenó que apagaran todos los abanicos metálicos empotrados en el altísimo techo de la casona para que Muñeco no se fuera a hacer daño.

El muy perverso mono se pasaba de una habitación a otra aprovechando que las paredes de las viejas casonas yucatecas no llegan hasta el techo a fin de hacerlas más frescas, y aprovechó que los abanicos estaban apagados para colgarse de ellos y girar y girar mientras se cagaba de puro gusto, rociando los muebles con una abundancia que daba terror, en medio de un concierto de chillidos.

Finalmente mi abuelo consiguió capturarlo, lo tomó del cuello y le dio unas buenas nalgadas al muy travieso, que esa noche se quedó sin cenar en pago de sus fechorías.

 

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