Las infinitas razones para odiar el periodismo

las infinitas razones para odiar al periodismo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Con algunas descripciones de su fauna nociva

Ser periodista es tomar la librea del criado y pasearse ufano por la plaza. Es zaherir a don Quijote en el nombre de Sancho Panza y optar por una religión, por una moral de esclavos en lugar de realizar un ideal. Ser periodista es convertirse en un obrero a destajo de las letras.

No obstante lo anterior se puede decir algo bueno de ellos: si bien es cierto que en general los periodistas son unos ignorantes (supongo que tú, amable lector-periodista, eres la famosa excepción que confirma la regla, así que no te sientas aludido, por favor) algunas veces se convierten en personajes pintorescos.

Es famosa la voracidad de los reporteros, quienes cuentan con un excelente olfato para detectar los eventos donde pueden conseguir alguna dádiva. Para ellos es bueno acudir a una rueda de prensa donde les ofrezcan galletas y café, pero resulta un verdadero lujo echar mano de suculentos bocadillos y, ¿por qué no?, de una buena copita de vino, aunque sea del más barato siempre y cuando esté bien helado. Incluso hay algunos que hacen las tres comidas en las conferencias.

Rayando en el delirio se encuentran aquellas ceremonias donde les ofrecen alguna fruslería que puede ir desde una pluma, una cachucha, hasta una camarita o una grabadora. Así el gobierno o las grandes empresas llegan a festejarlos en el Día de la libertad de expresión por lo que rentan lujosos salones donde se puede ver a los reporteros luciendo los trajes de su primera comunión, mismos que brillan a fuerza de plancharlos (es posible reconocerlos por la calceta blanca deportiva que combinan con el traje formal). No falta la corbata de ganchito y una plática que pretende ser sofisticada. Algunos hasta se permiten tutear a los “altos funcionarios” o “eminentes empresarios”, de cuyos chistes (bastante malos por cierto) se carcajean: ya llegará otra ocasión para acosarlos con preguntas incómodas.

Los hay que en Navidad adornan el árbol con los gafetes que han conseguido reunir a lo largo de los años.

Lo cierto es que se puede elaborar bestiarios infinitos con estos grotescos personajes:

Amenaza de muerte. Arreglo floral que el autor de Voluptuosidad es la palabra recibe con una frecuencia in crescendo. Morrigan le proteja y maldiga a sus enemigos.

Camarógrafo. Véase monero.

Columnista. Reptil que se ha especializado en el chantaje. Medra en los salones de té y en las charlas de café. Se llama a sí mismo periodista, palabra que desde su muy particular y retorcido punto de vista comporta alguna distinción[1] y establece una enorme diferencia con respecto a los reporteros a secas, los boletineros y fotógrafos. Cree que se merece mayor parte de las dádivas así que se lleva la tajada más grande del pastel. En este apartado se encuentran los reporteros veteranos que por el sólo hecho de envejecer en un trabajo odioso y mal pagado y de petrificar su estupidez ad absurdum, creen saberlo todo.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Colega de los reporteros metido a novelista.

Deportes, reportero. Véase moneros.

Director. Espantosa sanguijuela precámbrica que mama de los erarios públicos. Es un reportero venido a más, algunos incluso tienen sus orígenes en el personal de las rotativas. Muchos de ellos ostentan títulos universitarios cuando ni siquiera han terminado la preparatoria. Por medio de extraños manejos llegan a conseguir que dichos títulos imaginarios sean ratificados por las universidades.

Editor. Diseñador gráfico venido a más o reportero conflictivo que se ha hecho merecedor de un ascenso lateral, según se explica en Las Fórmulas de Peter.

Espectáculos y sociales, reportero. Se creen artistas incomprendidos y miembros de la alta sociedad. Se les odia por su propensión a acomodar en los espectáculos a toda su parentela. Muchos de ellos se dicen gays (pero no pasan de jotos). Visten a la moda. Se podría decir de ellos lo mismo que de los cafones[2]. Sus columnas, especializadas en dar cuenta los datos más insignificantes del mundo artístico y del jet set, chorrean melaza. Los reporteros de sociales generalmente mueren de diabetes de tanta azúcar que destilan.

Gabriel García Márquez. Escritor de indudable calidad, si bien leído muy superficialmente, que funge como tótem para periodistas y políticos de izquierda.

Garrapata. Los reporteros de Comunicación Social en dependencias gubernamentales. Viven directamente del erario público (mientras que el resto de los periodistas lo hace de manera indirecta, pero por alguna razón desconocida se les desprecia más). Chupadores, vividores, gozan de los privilegios de viajes sin costo, vehículos oficiales, etc. El gobierno se encarga de alimentarlos y dotarlos de tarjetas de teléfono. El resto de la fauna los envidia y mira por encima del hombro bajo la impresión de que tienen acceso a la caverna de Alí Babá y la tumba de Tutankamón.

Jefe de información. Ogro histérico, generalmente casado con una mujer horrible y fastidiosa, lo que explica su obsesión por permanecer más tiempo del necesario en el trabajo y su completa ausencia de vida personal (doy fe de que, en sus mismas circunstancias, yo haría lo mismo o me metería a pirata). Un buen ejemplo es J. J. Jameson, el jefe de Peter Parker (el Hombre Araña). Se dice que piden apoyos a dependencias gubernamentales para ayudar a la gente que les solicita ayuda y, ¡qué Dios nos perdone por sugerir tamaña barbaridad!, que a veces se quedan con una parte.

Juan Salvador Gaviota. Engendro de Richard Bach.

La practicante. Engañada por el prestigio de profesión romántica de que goza el periodismo es una muchacha que hace sus prácticas profesionales mientras se acomoda en un buen matrimonio y aprende muy buenas razones para no dedicarse a tan triste oficio. Reporteros, camarógrafos, fotógrafos, editores y demás fauna la buscan como perros.

Mario Benedetti. Poetastro de reconocida incapacidad literaria, increíblemente sobrevalorado, que funge como tótem para periodistas y políticos de izquierda. Constituye una cúspide poética para muchos zafios que jamás han cultivado su sensibilidad poética. Es peligroso discutir con sus seguidores.

Mario Vargas Llosa. Escritor de indudable calidad, si bien leído muy superficialmente, que funge como tótem para periodistas y políticos de derecha.

Monero. Aunque cualquiera podría tomar una foto o soltar los comentarios de los que ellos se enorgullecen tienen ínfulas de grandes señores, y eso que no terminaron ni la secundaria.

Nota roja, reportero. Gul de facciones perrunas que hace gala de un brillante humor de la horca y que siempre anda detrás de su tufillo de carroña. Stephen King los retrata magistralmente en su cuento “El aviador nocturno” que seguramente, como buen pirata cibernético, podrás conseguir en PDF sin pagar un centavo.

Página digital, reportero. Sobreviven con el 10 por ciento del miserable sueldo que se paga a un reportero de periódico impreso. Son los más estresados porque tienen que entregar la intrascendente declaración del despreciable funcionario en turno antes que nadie.

Richard Bach. Poetastro de reconocida incapacidad literaria, increíblemente sobrevalorado, que funge como tótem para periodistas y políticos de derecha. Constituye una cúspide poética para muchos zafios que jamás han cultivado su sensibilidad poética. Es peligroso discutir con sus seguidores.

Zánganos. Lambiscones, compañeros de borrachera. Su método favorito de redacción es el copy paste. Llevan años medrando en el medio, no pueden subir por sus propios méritos pero cuentan con privilegios y horarios flexibles.

[1] Ya calificaba Óscar Wilde de “fea palabra” al vocablo journalism. Procuraremos abstenernos de citar en esta entrega a los grandes escritores por ser tema de la segunda parte.

[2] En alguna parte de su novela Los tontos mueren Mario Puzo define al cafone como un campesino que ha hecho mucho dinero y que quiere pasar por clase alta pero siempre lo delata, a pesar de todos sus esfuerzos, un trocito de mierda que lleva pegado en la suela del zapato.

 

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