Recorriendo Ciudades de sal

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Por: Elko Omar Vázquez Erosa

No sé quién de los dos fue el de la idea, si mi hermano Ricardo o mi amigo Víctor Marrufo. El caso es que, cuando cursábamos nuestros estudios universitarios apareció publicado en el periódico que se filmaría una película en Hollywood y que necesitaban extras mexicanos. La nota periodística daba la dirección de un hotel para el casting, soltaba el nombre de la actriz Jennifer López y nada más.

De alguna manera ese par me convenció y nos dirigimos a Ciudad Juárez. Una vez en nuestro destino un tipo joven, trajeado, de lentes y con cara de ser un lameculos absoluto y total nos informó que nos cobrarían 280 pesos por persona para pagar el rollo de la cámara fotográfica. Esa cantidad era prácticamente lo que traíamos para comer y para las cervezas del camino de regreso.

Hasta un reportero de Televisa, que había participado en varios castings dijo que jamás le habían cobrado un peso y que le sonaba a “chanchullo”.

El tipo de lentes y con cara de lameculos absoluto y total se mostró indignadísimo y afirmó que era una oportunidad única para que unos muertos de hambre como nosotros participaran en una película de Hollywood y no en uno de esos bodrios mexicanos de borrachos y ficheras de ínfimo presupuesto.

Mi hermano Ricardo, que siempre cargaba su agenda porque quería tomar el cielo por asalto y tenía la fea costumbre de leer libros malísimos como Los siete hábitos de  las personas altamente efectivas, de Stephen Covey; El cielo es el límite, del doctor W. Dyer; Cómo hacer amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie; Piense y hágase rico, de Napoleón Hill y otros charlatanes nos dijo, mientras hacía algunas anotaciones.

—Según mis cálculos en el hotel se encuentran 250 personas y apenas son las diez de la mañana. Considerando que el casting cierra a las ocho de la noche estamos hablando de 10 horas y unas dos mil 500 personas. Es preciso tomar en cuenta el factor de que se necesitan mil 250 personas para la película, lo que nos deja un 50% de probabilidades, sin contar el hecho de que somos más guapos que la mayoría de los aquí presentes (puros chilangos y veracruzanos horrorosos), así que yo voto porque paguemos la cuota. ¿Víctor?

Marrufo, quien se había adormilado debido a la espera salió de su sopor y nos dijo:

—Pues se me hace muy difícil que contraten un hotel y se anuncien en el periódico: sería una estafa muy descarada y las autoridades quedarían como idiotas, pero sí está muy raro eso de que cobren. No sé, lo que ustedes decidan.

Ricardo garabateó algo en su agenda y me preguntó:

—¿Elko?

—Yo voto porque compremos comida y cerveza y nos detengamos en algún sitio sugerente durante el camino de regreso.

Ricardo me miró como si yo fuera una de las abominaciones de Lovecraft o portara una enfermedad contagiosa y dictaminó, luego de anotar en su agenda:

—Pues no sé ustedes, pero ésta es una oportunidad única y yo la voy a tomar: ustedes hagan lo que quieran con su dinero.

Así que nos formamos. La gente, de todas las edades y colores posaba sonriente ante una cámara que, no sé por qué, me daba la impresión de que carecía de rollo.

Lo cierto es que a la fecha no me han llamado de Hollywood para desesperación de mis fans: seguro se trata de una conspiración en mi contra.

Imaginen la escena: una explosión apocalíptica… de entre las llamas emerge, como un dios de la antigüedad, con Jennifer López en brazos (ya puestos a escoger yo hubiera preferido a Catherine Z-Jones o a Michelle Pfeiffer) el mismísimo Elko Omar Vázquez Erosa. Ni modo, Hollywood no supo apreciar mi talento, será en otra vida.

Todavía cruzamos a El Paso, Texas, porque Ricardo quería comprar no sé qué demonios para su computadora, así que nos pasamos todo el día sin comer, fuera de una alita de pollo y un trago de cerveza que le robamos a los primos de Víctor, a quienes nos unimos para cruzar la frontera.

Juárez es una ciudad espantosa, casi tan fea como Tijuana (no te enojes, Carlos, luego cuento nuestra deliciosa aventura en tu ciudad adoptiva) y el Distrito Federal (quitando el centro histórico) o yo soy un maldito provinciano que mejor haría rascándose el trasero y mascando una ramita de alfalfa en vez de opinar sobre las grandes ciudades, pero los colosales complejos industriales, las avenidas enormes, la vista desde el avión de una ciudad que parece infinita (como el Distrito Federal) me producen rabia, tristeza y espanto y me recuerdan esa escena del cuento Él, de Lovecraft, donde un nigromante le muestra al protagonista el futuro de la ciudad de Nueva York:

Vi los cielos abarrotados de extraños artefactos volantes y, bajo ellos, una infernal ciudad negra de gigantescas terrazas de piedra, con impías pirámides alzándose salvajemente hacia la luna, y luces demoniacas ardiendo en innumerables ventanas. Y pululando espantosamente por galerías aéreas vi a la gente de la ciudad, amarilla, de ojos rasgados, vestida espantosamente de naranja y rojo, bailando enloquecida al retumbar de timbales febriles, al resonar de crótalos obscenos y al maniaco rugir de sordos cuernos cuyos incesantes sones se alzaban y caían, ondulando como las olas de un malsano océano de betún.

Víctor se fue con sus primos y durante el camino de regreso —sin cerveza, sin comida y sin cigarros— mis ojos alucinados se fijaron en el desierto de Samalayuca, en los pueblos silenciosos y en los áridos cerros.

La ciudad de Chihuahua nos recibió con un viento que chillaba en los costados del Volkswagen. Al llegar a casa ya tenía el primer poema de Ciudades de sal, que transcribí apresuradamente.

Por aquellos días los negocios de mis papás habían quebrado, como consecuencia de las medidas surrealistas de uno de tantos payasos que se han sentado en la silla presidencial de México, en este caso Carlos Salinas de Gortari, así que me vi obligado a dar clases de humanidades en las preparatorias abiertas que daban servicio a las empresas maquiladoras, donde conocí un ambiente opresivo, alienado, triste y sin esperanza

Si a lo anterior sumamos un coctel de lecturas poco recomendables para un cerebro impresionable como el mío, integrado por las obras completas de Lovecraft; Mein Kampf, de Adolf Hitler; la Biblia con sus profetas, esos personajes pintorescos que siempre lanzaban anatemas contra las ciudades y; Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer, como contraste, ya está todo listo para escribir Ciudades de sal.

El primer ambiente del libro se llama Bajo el manto del peregrino, gira alrededor de la sensación de desarraigo y arranca con el siguiente poema:

Cíbola, ciudad situada en medio
de los vientos y las sombras
que no recuerdan el hechizo,
que no recuerdan la plegaria
de los ángeles.

Cíbola, brillando lejos:
el viajero avanza por los caminos
bajo un manto de púas y desamparo.

Cíbola, ciudad amarga,
engañosa para el ojo,
quimera de videntes extraviados,
enloquecidos en los vastos campos
dela soledad.

Cíbola, tierra de fantasmas,
ciudad de llanto
que dibuja la nostalgia.

También aborda algo de mitología judeo-cristiana como en el poema La mujer de Lot:

En los ojos de Edith
—en esos ojos llenos de nostalgia—
los dioses grabaron toda su rabia
antes de transformarla
en muda estatua de sueños y sal.

El segundo ambiente, titulado Luna hace referencia a una especie de paraíso perdido simbolizado por un amor consumado y la luna. Podemos encontrar poemas como el siguiente:

Luna, te he seguido a través
de estas ciudades demenciales
que se disfrazan con espinas,
entre los bosques otoñales
donde borracho de mi angustia
te di mil nombres como sólo,
sólo conciben los poetas.

O éste:

Como una dama francesa del siglo doce
que de tan blanca, de tan blanca y rubia, prístina;
como Laura en los tristes sueños de Petrarca,
así de dulce, lucero de la mañana.

Toda la tristeza de mis ojos es el título del tercer ambiente y en él se confronta la sordidez de la urbe moderna con un pasado provinciano, a veces rural, idealizado.

Incluso en medio de las trágicas ciudades
donde mueren los sueños bajo ásperos hielos,
incluso entonces encuentran puertas los magos
por donde escapar a rutilantes jardines.

La portada del libro se engalana con una fotografía tomada por el gran Engelbert Grijalva a mi musa Marissa Chávez (¿ya te viste, güera?).

Si toda tu vida quisiste ser un profeta bíblico al puro estilo de Isaías no te limites, déjate crecer el pelo y la barba, abstente de bañarte, toma un bordón, recorre las calles lanzando anatemas y adquiere tu libro Ciudades de sal en el siguiente enlace: http://www.amazon.com/s/ref=nb_sb_noss?url=search-alias%3Daps&field-keywords=Ciudades%20de%20sal%20Elko%20Omar%20V%C3%A1zquez%20Erosa para que lo tengas en tu Kindle, tablet, pc. o teléfono celular. ¡No esperes más!

También puedes descargarlo gratis en PDF en el siguiente enlace:

https://voluptuosidadeslapalabra.com/2016/08/10/descarga-ciudades-de-sal/

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3 comentarios en “Recorriendo Ciudades de sal

  1. Se podría decir que esa experiencia es el inicio de mi carrera cinematográfica. Sin embargo, debo acotar que el maestro Elko olvidó o dejó pasar algunos detalles que también son dignos de contar. El primero es que después de hacer la larga fila para “tomarnos la foto” tuvimos la fortuna de asistir a un curso en donde otro orador, una especie de mezcla entre supervisor de recursos humanos de maquila y motivador de herbalife, nos capacitaba en el refinado y difícil arte de no acercarnos a Jennifer López cuando nos contrataran como extras. Otro detalle que el maestro omite es que al salir del mentado curso nos topamos con una conocida mía que era parte de los organizadores del casting quien no tardó en confesarnos sin ningún escrúpulo lo que ya sabíamos y nuestro pisoteado amor propio no nos permitía externar: que todo era un descarado fraude y aún así la gente no dejaba de llegar a regalarles sus 20 dólares. Era tanto el entusiasmo de la amiga por las jugosas ganancias que se atrevió a ofrecernos una franquicia de su truculento negocio para que lo hiciéramos en nuestra tierra. No lo se de cierto, pero podría asegurar que el buen Ricardo, el único integrante del grupo con un mínimo de vocación empresarial, por un momento tomó la propuesta como una posibilidad seria. Sin embargo nos despedimos y salimos de ahí sin ánimo, sin trabajo, sin negocio y sin 60 dólares. Gracias al maestro Elko por recordarme donde inició mi carrera cinematográfica.
    Y aunque he tenido la suerte de trabajar con muchas personas interesantes, todavía no se me hace trabajar al lado de JLo. No pierdo las esperanzas.

    Me gusta

  2. Pingback: Descarga “Ciudades de sal” | Voluptuosidad es la palabra

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