Skeletor y Los Amos del Universo

skeletor y los amos

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

I

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mis tíos apaches! ¡Mis tíos apaches! —gritó Julius al vernos trepados sobre las bardas en calzoncillos y con nuestros disfraces de indios. Mi hermano Ricardo y yo le devolvimos el saludo a Julius (quien nos había adoptado como tíos) porque no hay que defraudar a los fans, pero seguimos de largo toda vez que nuestra jerarquía podría disminuir si nos veían juntándonos con niños más pequeños. De pronto vimos en el patio de los nuevos vecinos una prodigiosa colección de juguetes exóticos.

—¡Guau! ¡Bajemos a verlos, Rich!

—No nos conviene. Dice César que son chilangos, que roban a la gente y que pegan los piojos.

—Tonterías, vamos a ver los juguetes.

Apenas habíamos tocado el suelo cuando un niño, más grande que nosotros, salió de la casa, agarró un trapo que se encontraba en una pileta, lo humedeció en el chorro del grifo y se puso a masticarlo.

—¿Qué hacen en mi patio, provincianos?

—¡Qué padres están tus juguetes! ¿Podemos verlos?

—Sí, pero no los toquen, patanes.

—¿Cómo te llamas?

—Juan.

Ricardo tiró de mi hombro.

—Mi hermano me quiere decir un secreto —le avisé a Juan y nos alejamos unos pasos. Juan entornó los ojos, se sacó el trapo de la boca, lo mojó en el chorro del grifo y continuó masticándolo. Ricardo me dijo al oído:

—¿Viste? El chilango está masticando un trapo mojado. Me rechinan los dientes sólo de verlo.

—¡Shh! No digas nada pues va a pensar que somos unos ignorantes. Sus razones tendrá para masticar ese trapo.

—Tiene un mono con cara de calavera.

—¿Dónde?

—Junto a los dinosaurios.

Una vez concluido el breve concilábulo volvimos con Juan.

—¿Puedo ver tu muñeco con cara de calavera?

—Sí, pero no le pongas encima tus pezuñas.

Y ahí estaba. Fue la primera vez que vi a Skeletor. Tenía un báculo con cabeza de carnero y una  espada. Era maravilloso. Para rematar Juan nos mostró que si girabas la cintura del muñeco un resorte lo devolvía a su posición original, simulando un puñetazo.

—¡Guau! —exclamamos Ricardo y yo, al mismo tiempo.

—Bueno, ya lo vieron, ahora lárguense de mi patio y vayan a follarse una vaca o una gallina o lo que sea que hagan los provincianos.

—Está bien, ya nos vamos —dije.

—¿Por qué masticas un trapo? —preguntó Ricardo.

–¿Qué te importa, provinciano? ¡Salgan de mi patio!

II

No le duró mucho a Juan la exclusividad sobre Skeletor ya que, cerca de Navidad, Los Amos del Universo invadieron el mercado y mis papás compraron a Skeletor para mí y a He-Man para Ricardo, quien no compartía mis inclinaciones satánicas.

Venían en unas cajas espectaculares que olían delicioso, a plástico nuevo. Los muñecos estaban equipados con sus armas y, lo mejor de todo, traían un mini comic dibujado por el mismísimo Alfredo Alcalá, dibujante de Conan. Casi se nos salían las lágrimas de pura emoción.

El primer mini comic mostraba a He-Man, un bárbaro rubiales, abandonando su tribu para luchar con las fuerzas del mal. En el camino He-Man se encontró a una hechicera acosada por un lagarto. El héroe derrotó al monstruo con las manos desnudas y como recompensa recibió una armadura, un hacha, un escudo y una nave ariete ya que al parecer Eternia era un mundo post apocalíptico que había conocido tiempos de mayor desarrollo tecnológico. Poco después He-Man se puso a construir su casa.

Mientras tanto el lujurioso Skeletor, en compañía del hombre bestia (en este punto me vino taquicardia) acechaba a una tía buenísima llamada Teela a la que secuestraron porque el muy villano quería llenar el planeta Eternia con su simiente.

Skeletor y su compinche llegaron al Castillo Grayskull, edificio delirante con una calavera por fachada, y para demostrar que era el Malvado Señor de la Destrucción le cantó unas cuantas frescas al Espíritu del Castillo, abrió el puente levadizo y entró como Juan por su casa, aprovechando para atar a Teela ya que era importante que no se le fuera viva la paloma.

Además de malvado y lujurioso Skeletor era un tipo muy culto, no como el bruto de He-Man, y para dejarlo más claro que el cristal sacó un pergamino que lo conducía hasta una puerta de hierro tras la que se encontraba la mitad de La Espada Poderosa, que le faltaba.

Al tocar la puerta un ejército de demonios comenzó a atacarlos. Beast-Man arremetía contra ellos con sus colmillos y garras. Skeletor, que al parecer sufría de hipertensión y no tenía nada de paciencia, gritó:

—¡Hazte a un lado, pendejo! —o algo así. En seguida sacó su espada, destruyó a los demonios y partió la puerta para hacerse con La Espada del Poder.

Mientras tanto Man-At-Arms le avisó a He-Man que habían capturado a Teela y la fortaleza. He-Man, quien por cierto era un bárbaro majadero, dejó a su camarada con la palabra en la boca, se montó en su nave ariete y partió con rumbo al Castillo Grayskull donde Beast-Man lo aguardaba desde lo alto de las almenas para dispararle con un cañón de rayos láser.

Man-At-Arms acudió en auxilio de He-Man, quien aprovechó para abrir el puente levadizo con sus fuerzas prodigiosas.

Skeletor recibió a He-Man con La Espada Poderosa y le dio vida a una serie de armaduras y hojas afiladas, y el pobre animal no encontraba ni la puerta; pero entonces, ¡oh Hécate!, ¡oh dioses siniestros!, el maldito guionista se sacó de la manga una Deus Ex Machina en la forma de la hechicera que previamente le había regalado su equipo de batalla a He-Man y con un gesto mágico, completamente injusto, debo decir, le arrebató al pobre de Skeletor la espada del poder, que se partió en dos mitades al caer al suelo.

Desarmado y acosado por un bruto furioso Skeletor se dio a la fuga rumbo a las almenas para reunirse con Beast-Man, donde fueron derrotados por el trío de ñoños y luego de pedir piedad (ya que al maldito guionista no le dio por concederle un poco de dignidad al Malvado Señor de la Destrucción y a su lacayo) se dieron a la fuga.

III

Ricardo y yo volvíamos de la escuela cuando escuchamos unos gritos destemplados. Era César, orgulloso propietario del perverso espadachín Trap-Jaw, quien corría tras de nosotros, con la cara colorada y sin aliento.

—Elko, Rich, van a pasar las caricaturas de He-Man y Los Amos del Universo.

—Querrás decir Skeletor y Los Amos del Universo.

—Lo que sea. Lo van a pasar en 20 minutos.

Salimos corriendo a la casa. Mi papá estaba comiendo.

—¡Papá! ¿Podemos ver la tele?

—Sí, pero no la prendan —dijo mi padre, inexorable.

—Vamos a la casa de Omar —dijo César con un hilo de voz.

—¿No van a comer, niños? —preguntó mi madre. Con una agilidad mental envidiable mi hermano Ricardo respondió:

—Omar nos invitó a comer, volvemos en un rato.

Salimos corriendo como almas perseguidas por Belcebú y sus legiones. Omar nos recibió con refrescos y palomitas. La mitad de la población infantil del barrio se había reunido para ver las caricaturas de Los Amos del Universo, que resultaron una decepción:

He-Man era un príncipe marica llamado Adam que tenía un tigre marica, pero cuando sacaba la Espada del Poder (que al parecer ya no estaba conformada por dos mitades) gritaba: ¡Por el poder de Grayskull!, y ¡zas!, se transformaba en He-Man.

El Hombre Bestia, en lugar de hablar con un feroz vozarrón, sufría de cretinismo. Skeletor estaba hecho un absoluto gilipollas. Lo único rescatable era Teela, que se contoneaba buenísima y que en cada capítulo conseguía que la amarraran, en franca competencia con la Mujer Maravilla. Desde entonces me olvidé de Yayita, la novia de Condorito.

III

Pasaron los años, vino la horrible adolescencia y luego me volví adulto. Terminé la Universidad, mi novia se casó con un imbécil y yo fui expulsado de Arcadia hacia una serie de trabajos de mierda, redactando estupideces para los asquerosos periódicos y la televisión.

Apolo vio mi tristeza y un luminoso 2007 me enteré que habían sacado las nuevas caricaturas de Los Amos del Universo y los muñecos con una imagen actualizada. Saqué mi tarjeta de crédito y pedí que me enviaran a Skeletor, Mer-Man, Evil-Lyn; He-Man, Man-At-Arms y, cómo no, Teela.

—¿Es que eres subnormal, hijo? Gastando tu dinero en muñequitos —dijo mi madre, preocupada.

—Están padrísimos, mamá. Mejor que los que tenía cuando niño.

—¿No piensas sentar cabeza? ¿No planeas casarte?

—¿Para qué me voy a casar si Teela y Evil-Lyn están buenísimas. Además las esposas tienden a engordar, a llenar la casa de mocosos que rayan las paredes y destruyen los libros, chillando en detrimento de mi producción artística.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —se quejó mi madre. Yo no le hice caso y abrí los paquetes de los muñecos: una deliciosa fragancia a plástico nuevo inundó las ventanas de mi nariz y un cúmulo de sensaciones olvidadas acudió a mi cerebro.

Con veneración coloqué los muñecos en las estanterías de mi biblioteca, donde permanecen desde entonces para solaz de mi pereza.

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