No juegues con gasolina

gasolina

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Juan Realyvázquez se presentó muy tempranito en mi casa: vestía unas bermudas, una playera con un estampado que representaba a un mexicano con sombrero tomando la siesta bajo un cactus, unos tenis y calcetas blancas.

—¿Y tu uniforme? —le pregunté.

—No lo necesitamos: hoy no vamos a ir al colegio.

—¿Se suspendieron las clases?

—Sólo para los elegidos. Somos jóvenes y hermosos, amigo mío, ¿para qué languidecer en esas aulas atroces, mirando los rostros amarillos de esas momias horribles que se dicen nuestros profesores? ¿Qué caso tiene escuchar esos necios graznidos y gastarnos la vista en unos librotes  más aburridos que la Madre Teresa de Calcuta? ¡Los jóvenes necesitamos sol, alegría, espacios luminosos, amplios como nuestra imaginación!

Juan hablaba como un poeta persa y el corazón rebosaba de felicidad ante tan elevados y nobles pensamientos, así que me felicité por contar con su amistad, saqué mi Vokswagen de la cochera y decidimos honrar el dicho de José Vasconcelos (ese nazi al revés), quien aseguraba que al norte del país, donde comienza la carne asada, termina la cultura.

Juan traía dinero y compró una charola de cervezas; cinco kilos de carne, cebollitas, chiles, tortillas de maíz y aguacates; una bolsa de carbón y cuatro cajetillas de Marlboro Light.

Nos dirigimos a la presa riendo a semejanza de unos despreocupados aristócratas del siglo XVIII, fumando y bebiendo igual que en los alegres años 20, mientras escuchábamos  las majaderías de nuestro grupo favorito de rock, “Los ángeles del infierno”.

Una vez alcanzado nuestro destino sacamos la parrilla de la cajuela, vaciamos la bolsa de carbón y comenzamos a bailar alrededor de nuestro botín, al modo de los caníbales. Saqué el encendedor y le dije a Juan:

—Haga los honores.

—¡Por Belcebú! —dijo Juan—. ¡Olvidamos el líquido prende fácil!

—Esa cosa es para maricones: el secreto es utilizar papel o hierba seca, alimentar el fuego con ramitas y así, de menos a más, se enciende el carbón.

—¿Acaso somos rancheros? ¿Me ves mascando una pajita y rascándome el trasero?

—Pero…

—¿Shh! —dijo Juan mientras cruzaba un dedo en sus labios—. Haz lo que te digo: enciende el Volkswagen y acelera un poco.

—No pensarás usar gasolina.

—¿Decías algo de los maricas?

Ante tan contundentes argumentos me metí al Volkswagen, lo puse en neutral y aceleré un poco. Juan desconectó una manguerita del motor.

—¡Ya! —gritó Juan y apagué la marcha. Con una enorme sonrisa Juan me mostró la gasolina que yacía en el fondo de un vasito desechable de plástico.

—Ahora verás —afirmó, pero el vasito se disolvió y la gasolina cayó al suelo.

—Eso es un mensaje de los dioses, deja que prenda el fuego con…

Juan tomó una lata vacía de cerveza y ordenó:

—Vuelve a acelerar.

Suspiré, encendí el motor y aceleré.

—¡Ya! —dijo Juan y sus ojos verdes relampaguearon, triunfales.

Juan tomó unos papeles, que encendió sobre el carbón. Enseguida agarró la lata llena de gasolina haciendo un gesto teatral, mientras decía:

—Final touch.

El tiempo se distorsionó, y lo vi todo en cámara lenta: Juan vertió gasolina sobre el fuego y éste subió con voracidad por el chorro de combustible. Juan arrojó al suelo la lata y estampó el pie sobre el recipiente, intentando apagarlo.

El espectáculo era radiante y total: sobre la pierna derecha de Juan, quien gritaba como un condenado, ondeaba una ígnea bandera. Intenté apagarlo con la charola de cartón de las cervezas, pero las fuerzas me abandonaban, de pura risa.

Finalmente Juan rodó por el suelo, haciendo que ardieran varios tramos de hierba seca, y consiguió apagarse la pierna.

—¡Por Bafomet! ¡Tengo la pata achicharrada!

—Dicen que el tepescohuite obra maravillas en estos casos.

—¡Préstame el Volkswagen! Voy a la farmacia por una pomada de tepescohuite.

—Hecho.

Juan se alejó en el vocho y yo me puse a juntar ramitas, hierbas secas y papel. En dos minutos un bonito fuego danzaba ante mis ojos: los filetes comenzaron a chillar en la parrilla despidiendo un aroma delicioso.

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2 comentarios en “No juegues con gasolina

  1. Que onda Bro, como es costubre es un deleite poder leer tus relatos… la verdad y ni me acordaba de Juan R.. neta que estaba igual de Lurias que tu

    Un placer como siempre Bro!

    Me gusta

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