The preacher

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

The preacher 1

—¡Dedezitamo una nota periodízticaz con máz garra! ¡Adgo que emodione a lo televidente! ¡Una declarazió en exclusiva! —volvió a ladrar el jefe de información de Televisa, Carlos Omar Barranco. Todos estaban apuradísimos, excepto Jhonny y yo, que ya nos sabíamos el cuento.

Salimos de la televisora, con una pereza absoluta y total, cargando la “tres cuartos”, una video cámara antediluviana que ya únicamente era posible encontrar en Chihuahua, en Belice y en Biafra, y que consistía en una pañalera que contenía una enorme video casetera a la que se conectaba una cámara similar a una metralleta de la Segunda Guerra Mundial.

Jhonny y yo abordamos el vehículo pintado de un azul horroroso, con un logo amarillo chillón y, desobedeciendo (para variar) las órdenes de información, nos dirigimos a San Pedro, donde vendían unos burros de picadillo con aguacate que estaban de miedo.

Pedimos dos refrescos y los dejamos en la barrita trasera mientras despachaban los burros; el loco de los burros aprovechó para beberse nuestros refrescos y consiguió atrapar medio burro del bote de basura, al que quitaba las hormigas con el dedo índice.

The Preacher 2

—¡Demonios! —dijo el Jhonny— ¡Este cabrón nos volvió a dejar sin las gaseosas!

Así que tuvimos que pedir otras bebidas y un burro para el loco.

Una vez satisfechos saqué la cajetilla de cigarrillos, le ofrecí uno al Jonás, tomé otro para mí y comenzamos a fumar.

Y hablando de locos en eso se acercó el “preacher”, un lunático bastante pintoresco que siempre calzaba sandalias, usaba un poncho, se colgaba del pescuezo un rosario y una enorme cruz de madera, llevaba un morralito tejido (al puro estilo de los indios y de los hippies) además de que gastaba pelo y bigote entrecanos, y con una voz atronadora, endemoniada, que recordaba a ese otro demente, Isaías, se dirigió a Jhonny:

—¡Tire ese cigarro! ¡Se le van a pudrir las tripas!

Jonás tiró el cigarrillo, como si fuera una serpiente.

—¿Por qué lo tiraste? ¿Qué te piensas que los cigarrillos se dan en los árboles?

—¡Me mal vibró!

—Baboso.

The preacher 3

Abordamos el vehículo azul horroroso con logo amarillo chillón y nos dirigimos al obispado para entrevistar a monseñor José Fernández Arteaga.

Ese viejo siempre me lo encargaban a mí porque a nadie más le concedía entrevista ya que el resto de los reporteros, haciendo gala de sus orígenes plebeyos, no sabía tratar a los príncipes de la Iglesia y le decían cosas como:

—¡Psch! ¡Psch! ¡Obispo! ¿Qué opina acerca de?..

¡Malditos irrespetuosos! Si viviera Vladimir Vlad Dracul los empalaría a todos, por ignorantes. A los obispos se les trata de “monseñor”, “¿me concedería usted una entrevista para enviar un mensaje al rebaño?”, etc.

Además monseñor no sabía que soy sobrino del padre Dizán Vázquez ya que, de lo contrario, me hubieran llovido anatemas.

El caso es que nos detuvimos frente al obispado y bajé la pañalera y el micrófono, si bien me parecía de lo más injusto cargar con esos artefactos porque yo no era el camarógrafo y los poetas deberían cargar únicamente una libretita, una pluma del siglo XVIII y una botella de absenta; pero el Jonás se ponía como energúmeno y yo debía transigir.

Total que el Jonás buscó la cámara y se encontró con la maravillosa sorpresa de que no se encontraba en el vehículo, así que tuvimos que devolvernos al estacionamiento de Televisa donde vimos el cacharro en el piso de grava.

The preacher 4

Media hora después regresamos al obispado: la clásica tía de bigotes y cara de esfínter fruncido que medra en las oficinas eclesiásticas nos hizo esperar 45 minutos: finalmente nos recibió monseñor.

—Monseñor —le dije— ¿Nos concedería un mensaje de Semana Santa para los feligreses?

Monseñor gruñó un asentimiento, despidió a la monja que le hacía pedicura y luego de echarnos la bendición, se aclaró la garganta y se dispuso a enfrentar a la lente.

—Tres… dos… uno… —dije—. ¡Muy buenos días, monseñor! Se dice que estas fechas se prestan para el recogimiento y para meditar acerca de la Pasión de Cristo; pero nadie mejor que usted para enviar un mensaje a los feligreses.

—Sí, Elko, mira… —y comenzó una pesada disertación; entonces Jonás se puso a hacerme carantoñas. ¡Maldita sea! ¿No había fumado su dosis matutina de mariguana? Lo ignoré: el muy maldito no iba a arruinarme la entrevista.

—¡Que te den por saco, mister Flais! —pensé.

Y entonces, ¡oh, demonios!, el Jhonny se atrevió a interrumpir la entrevista, el muy perro.

—¡Corte! ¡Corte!

—¿Pero qué pasa? ¿No ves que el tiempo de monseñor es precioso?

—El casete está defectuoso —dijo Jhonny.

—Monseñor, ¿podemos ir a Televisa por un casete en buenas condiciones?

—A ver si me encuentran —dijo monseñor, enfadadísimo; pero yo no podía perder mi reputación y le dije:

—Acabo de pasar por una tienda de dulces artesanales donde venden esos limones cristalizados rellenos de coco, que se comen con todo y cáscara, y pensé que a monseñor le gustaría probar algunos; pero ya que no lo vamos a encontrar, volveremos otro día.

El viejo abrió un cajón, se caló las gafas, hizo como que revisaba una agenda y respondió:

—No, hijos, al parecer la agenda está libre: si no demoran mucho aquí los espero.

Salimos de las silenciosas oficinas y una vez en el estacionamiento le reclamé al mister Flais.

—¿Pero qué te pasa, imbécil?

Blandí el micrófono alámbrico como un látigo. Jonás recibía el castigo de los microfonazos; pero atinó a cubrirse con la cámara.

—¡Perro maldito!

Jonás atrapó el micrófono y comenzó a darme volantín: rodé como siete metros más lejos; entonces cargué como un ariete: ese bastardo grandullón tenía que pagármelas.

Ratón Malo cargó con todas sus fuerzas, y además tiraba tremendos puñetazos; pero Jonás detenía con uno de sus largos brazos la cabeza de Ratón. Ya estaba yo por utilizar una de mis técnicas secretas de ninjutsu cuando Jonás dijo:

—¡Pérese, mister Endo! ¡Pérese, chingao! Los casetes no están descompuestos. Se nos olvidaron en el depa, anoche, en la fiestecilla.

¡Maldita sea! Tuvimos que ir a por los casetes, detenernos en la dulcería artesanal por una canastita aderezada con una docena de esos limones cristalizados y rellenos de coco (que por cierto lucían bien monos) y repetir el trámite con la vieja bigotona con cara de esfínter fruncido, quien volvió a hacernos esperar 45 minutos.

Una vez con el precioso mensaje de monseñor, que aguardaba con ansias el rebaño, Jonás y yo nos dirigimos a la vinatería más cercana para comprar unas botellitas de vodka y unos jugos de naranja.

La mañana laboral casi había terminado con nosotros, así que nos pusimos a filosofar:

—Mister Flais —le dije— ¿Quién cree que ganaría? ¿Supermán o Conan el bárbaro?

—¡Diablos! —dijo Jhonny—. Es odioso reconocerlo; pero creo que ganaría ese ñoño.

—¡Estás pero requete bien pendejo! Por supuesto que, con el guionista adecuado, Crom dejaría una espada de kriptonita, convenientemente, en algún templo olvidado, y Conan la encontraría y le partiría toda la madre a Supermán.

—¡Crom! —dijo Jhonny.

—¡Crom! —contesté.

Nos quedamos meditando un rato hasta que se terminaron las bebidas y caímos en la cuenta de que se acercaba la hora de edición.

—Mister Endo —dijo Jhonny—. Son cuatro notas, llevamos una y faltan 45 minutos para la hora de edición.

—¡Por Satanás! ¡Tienes razón! Dirígete a Cabildo y ya les preguntaremos cualquier estupidez a los regidores.

Conseguimos tres entrevistas (vestiríamos las notas con imágenes de archivo), y eso que el mister Pills se moría de risa (por efectos de su inveterada costumbre de fumar mota) filmando la panza de un regidor del PRD, cuyo ombligo sobresalía de la camisa desabotonada, por lo que tuvimos que repetir la entrevista.

Salimos del Palacio Municipal con una pereza enorme, devastadora: Jhonny cargaba la cámara y yo la pañalera y el micrófono y en eso, ¡oh, dioses!, se nos acercó el “preacher”, gritando con su voz atronadora, como un Isaías redivivo.

The preacher 5

—¡Esa juventud! ¡Puras caguamotas! ¡Puras copas de absenta!

Le pregunté a Jhonny:

—Oiga, ¿ese tío nos sabe algo o nos lo dice al tanteo?

—Desconozco, mister Endo.

“The Preacher” estaba enfadadísimo: había visto la calaca de Misfits estampada en la camiseta negra de Jonás, así que se devolvió y siguió gritando:

—¡Pueblo de Israel! ¡Jehová os castigará por vuestra impiedad! ¡Por vuestra fornicación! ¡Idólatras! ¡Hijos de Babilonia La Grande, la ramera, la que se ha emborrachado con el vino adulterado de las naciones!

Supongo que se refería a los diputados (nosotros no ganábamos tanto como para ir a por las tías esas, internacionales); pero el energúmeno cargó contra nosotros, extendiendo sus zarpas, al mero estilo de Bela Lugosi.

—¡Córrale, mister Pills! Si nos toca, este cabrón nos cubre de lepra, como acostumbraba Isaías.

“The Preacher” lanzaba anatemas, que salían de su boca, visiblemente, como encarnadas salamandras, mientras corríamos por toda la plaza de armas. Yo conseguí treparme a una de las musas municipales, en cuyos broncíneos y paganos pechos refugié mi rostro y cerré los ojos; por su parte Jhonny se montó en una de las esfinges y se puso a chillar, como vieja.

Yo también lloraba, pero como los meros machos, a diferencia de Jhonny. Y es que al “preacher” hasta el mismísimo Patricio Martínez, legendario sátrapa de Chihuahua, le tenía miedo cuando se aparecía en sus discursos y no lo bajaba de ídolo falso, por lo que sus gorilas tenían que retirarlo, con absoluta gentileza, del lugar.

Isaías recogió el micro y comenzó a darle de microfonazos al mister Flais, en el lomo, y la mochila verde, de lona militar, donde Jhonny siempre traía su dotación de mariguana, se desgarró.

—¡”Abájate”, blasfemo! ¡”Abájate”, mariflor!

Era un escándalo ver cómo caían las colas de mota; pero lo más terrible fue cuando cayó el innombrable, repulsivo, infame volumen del Necronomicón, del árabe loco, Abdul Alhazred, que yo le había prestado a Jhonny para que le echara un vistazo.

“The Preacher” tomó ese volumen agusanado y lo abrió, al azar.

El predicador comenzó a cantar, mientras aplaudía:

—¡Alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, alabaré a mi Señor!

El tío se fijó en uno de los sigilos que vienen en el Necronomicón, específicamente en el signo de Koth, y dijo:

—¡Pobres jóvenes incrédulos, que depositan su fe en estas supercherías que no tienen poder!

Y trazó en el suelo el signo de Koth con la punta del dedo índice.

Las palomas huyeron, la catedral se volvió puro silencio y entonces, ¡oh, dioses!, el predicador levitó, pataleando y manoteando entre alaridos, y fue partido en dos por una criatura invisible y si bien la sangre manaba de su cuerpo ésta no llegaba a caer al suelo, sino que desaparecía en la nada, junto a sus entrañas.

Los buenos chihuahuenses se hacían de cruces mientras el predicador era absorbido en el vacío por los dioses olvidados, que bailan estúpidamente más allá de las estrellas, en los insondables confines de un tiempo que no es tiempo.

Jhonny y yo nos bajamos de las estatuas, así que le dije:

—Usted no vio eso, Jonás.

—No, no, no, no, no… —contestó.

—¡Aquí no ha pasado nada, señores! —grité a la concurrencia y todos comenzaron a alejarse.

—La peda se va a organizar en casa del Batillo: van a ir unas furcias —dijo Jhonny.

—Sí, claro.

—Güeritas, como le gustan.

—Sí, sí…

Nos fuimos a Televisa y editamos las notas de ese aburridísimo noticiario, que supongo lo ven en la sala común de un hospital neuro psiquiátrico, al ritmo de Glen Miller, para calmar a los locos.

Nos encaminamos a la fiesta y, por una vez, Jhonny no se murió en uno de mis cuentos; pero según he escuchado, en extraños susurros de la noche, que en una dimensión alternativa y según puede leerse en el libro de Skelos, Jhonny fue absorbido por el retrete, torcido en un ángulo imposible, cuando fue a descargar en los baños de Televisa, porque en el Necronomicón se ha escrito:

“Los Antiguos eran, los Antiguos son y los Antiguos serán. Desde las oscuras estrellas Ellos vinieron antes de que naciera el Hombre, sin ser vistos y odiosos. Ellos descendieron a la primitiva Tierra”.

 

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