Viajando de aventón

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

viajando de aventon

Paulino Manuel Gonzalo de la Garza Iturbe y Mont Blanc viajaba rumbo a la Sierra Tarahumara a bordo de su nuevo automóvil, que le había comprado “papi”, cuando lo vio: se trataba de un jefe indio, recién emergido de las profundidades del bosque: el jefe llevaba calzón de manta, unos colguijes hechos de huesos, sandalias fabricadas con restos de neumáticos y cuero y en su rostro, curtido por cientos de soles e inviernos, se traslucía el silencio altivo de su raza.

—Me lo voy a cotorrear —se dijo a sí mismo Paulino Manuel Gonzalo de la Garza Iturbe y Mont Blanc mientras respondía a la solicitud de un aventón por parte del jefe: —suba— le dijo, y el jefe ni tardo ni perezoso se montó en el automóvil.

Se trataba de Jacinto Teporame, príncipe entre los suyos, quien aburrido de contemplar las chivas de la Sierra Tarahumara había decidido correr mundo. Jacinto, debido a su aislamiento, en su vida había visto un vehículo tan moderno y con una curiosidad, por demás natural, preguntó en un castellano pasable:

—¿Para qué sirve este botón?

—¡Me lo voy a cotorrear! ¡Me lo voy a cotorrear! —se repitió Paulino y señaló—: con este botón subes y bajas los cristales del vehículo.

Y ahí tenías al jefe subiendo y bajando vidrios.

—¿Y éste?

—Con éste pones música.

—¿Y éste?

—Con este controlas el volumen.

—¿Y éste?

—Con éste bajas y subes el asiento.

Y ahí tenías al jefe, fascinado, manipulando el asiento forrado de piel.

—¿Para qué sirve este botón?

—Con este botón —dijo Paulino— lanzas agua al parabrisas y activas los cepillos para limpiar el cristal.

El jefe se acabó el depósito de agua y, una vez que terminó de explorar todas las funciones del automóvil, preguntó:

—Chabochi (hombre blanco). ¿Para qué sirve esa cosa?

Se refería al emblema que llevan en la punta del cofre algunos automóviles y Paulino, disfrutando de antemano la broma, contestó:

—Ésa es una mirilla: el gobierno nos paga cinco mil pesos por cada imbécil que se atraviesa en la carretera y estorba el tráfico.

El jefe meditó: con cinco mil pesos podría comprarse algunas cabras que incrementarían, sin lugar a dudas, su influencia. Paulino lo vio picado y agregó:

—Si sorprendemos a alguno podemos ir a mitades.

—¿De veras?

—Legal.

El jefe estaba emocionadísimo y de pronto lo descubrió: un campesino menón cruzaba cansinamente la carretera, llevando al hombro un azadón.

—¡Allá va uno! —exclamó, y Paulino metió el pie en el acelerador: el labrador se quedó paralizado y, en el último momento, Paulino lo esquivó.

—¿Por qué no lo atropellaste? —preguntó el jefe, justamente indignado.

—¡Chin! ¡Se nos peló, se nos peló, se nos peló! Abre bien los ojos porque el siguiente no se nos pela.

Jacinto se puso vivo y descubrió a un niño que cruzaba la carretera botando una pelota: los puños de su camisa tenían arabescos esmeralda hechos de mocos secos y relucientes.

—¡Allá va uno! —gritó, y Paulino aceleró: el niño se quedó helado, la pelota botó sin control y, en el último momento, Paulino lo esquivó.

—¿Pero qué ocurre? —se exasperó el jefe.

—¡Chin! ¡Se nos peló, se nos peló, se nos peló! No es tan fácil como parece, así que ponte abusado.

El jefe escudriñaba la carretera, flanqueada por cercos hechos de palos torcidos y alambre de púas; de pronto la descubrió: una anciana desdentada cruzaba la carretera sirviéndose de un andador metálico.

—¡Allá va una!

Paulino aceleró, a la anciana le subieron los niveles del azúcar peligrosamente cuando vio aproximarse contra su persona el reluciente automóvil; en el último momento Paulino la esquivó pero, inexplicablemente, la anciana saltó por los aires. El espectáculo era radiante y total: luego de dejar un rastro de neumáticos quemados en la cinta asfáltica el vehículo se había estampado contra los cercos de alambre de púas mientras la anciana yacía sin vida a un lado de la carretera, a cierta distancia de sus pantuflas y su aparato ortopédico.

—¿Pero qué hiciste, indio baboso? —gritó Paulino, pálido como la cera.

Jacinto entornó los ojos y con una sonrisa filosófica, que iluminó su rostro hierático, remató:

—Es que si no le abría a la puerta se nos pelaba.

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