Ramon y Ramona

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

 

ramon y ramona

I

Acerca de los pajes y de los caballeros

En una humilde cabaña el caballero andante y poeta Brandán departía con su paje, el ratoncillo Ramón, a la luz de una vela de sebo, mientras ambos vaciaban una copa y un dedal de vino, respectivamente:

—¡Ay, Brandán! —exclamó lastimeramente Ramón—. Hoy por la mañana, mientras recorría las calles de la aldea he visto a la más hermosa de las ratonas.

—Y supongo que un ratón de tu ingenio habrá conseguido averiguar su nombre —intervino Brandán.

—Por supuesto, se lo he preguntado.

—¿Y cómo se llama la ratonil doncella?

—Ramona

—¡No me digas!

Ramón terminó de vaciar su dedal de un solo trago y Brandán se lo volvió a llenar. Ramón continuó:

—Como te decía, mientras yo recorría las calles empedradas de la aldea, evitando las patas de los caballos, las ruedas de los carros y los pies de los transeúntes la vi, toda primorosa, con su vestidito azul y una ligera y coquetona gasa que se colgaba del cuello; ella me miró, sonrió y yo tardé en reaccionar al grito de “¡aguas!” de algún vecino, que vaciaba su porquería desde su ventana.

—¡Uf! Me ha ocurrido con frecuencia mientras caminaba embebido en la composición de alguno de mis poemas —se quejó Brandán.

—Afortunadamente reaccioné a tiempo y de un salto me libré de un baño asqueroso, pero caí de mala manera y Ramona soltó una carcajada; pero me levanté en seguida, me sacudí el polvo y me dirigí hacia la grieta que se encuentra a un costado de las escaleras, en la quesería de la aldea, donde se ubica la entrada de la también muy digna quesería de los ratones y luego de hacerle una caravana con mi sombrero, cuya pluma afortunadamente no se había estropeado, le dije:

—Hermosa dama, perdone el atrevimiento y permítame presentarme: soy Ramón, el ingenioso paje del afamado caballero andante e ilustre poeta, Brandán, a quien he acompañado en muchas de sus célebres aventuras combatiendo dragones, endriagos y huestes espectrales.

Como le había hecho gracia ella respondió:

—¡Pero qué casualidad! ¡Mi nombre es Ramona!

—Tal vez no se trate de una casualidad.

Ramona se sonrojó; pero enseguida me dijo:

—¿Y qué lo trae por aquí, caballero?

—El caballero Brandán, enterado por mí de la Quesería de los Ratones, y en un mero afán de contribuir al comercio de la tribu, me ha encargado que se le envíe un buen trozo de queso para nuestra cena —le contesté mientras sacaba de mi faltriquera el pañuelo escarlata que con tanto ingenio conseguiste robarle a la duquesa.

—¡Pero qué preciosidad! Sin duda podrá venderse caro a alguno de los ratones del castillo, quienes gustan de estos lujos para sus agujeros.

Seguimos charlando y quedamos en vernos pronto.

II

Acerca de las comidas en el campo y de los halcones

Ambos ratoncillos quedaron de verse a la sombra de un árbol para disfrutar de una deliciosa comida campestre. Ramona llevó el queso, mientras que Ramón portaba en su faltriquera un dedal grande lleno de vino cubierto con un trocito de tela encerada, así como un trocito de pan blanco.

Ramón y Ramona estaban de fiesta y mientras degustaban sus manjares, tomándolos delicadamente con sus manecitas, hablaron largo y tendido de sus sueños e ilusiones; a ambos les gustaba la poesía provenzal en la lengua occitana (y es que se trataba de ratones muy cultos) y discutían acaloradamente sobre las máximas de las cours d’amour, siendo Ramona de la opinión de que era el género femenino el que amaba más y Ramón de todo lo contrario.

—No discutamos: Andrés el capellán, clérigo de la corte de María de Champaña, decía que entre las normas del amor cortés se encuentra que ningún ratón está exento de amar —afirmaba Ramón tratando de llevar la charla a un puerto más tranquilo; pero a Ramona le gustaba guerrear y discutirlo todo y contestaba:

—Pues ya que lo citas él mismo se contradice ya que en otro de sus preceptos dice que todo ratón verdaderamente enamorado palidece y su corazón se acelera en presencia de la ratona que ama.

—De acuerdo, Ramona; como recordarás también señala: “el amor que los ratones alcanzan de manera sencilla no vale mucho; pero el que se consigue después de muchas dificultades es digno de admiración”. Además las mujeres parecen estar poco inspiradas; ahí tienes a grandes trovadores en lengua occitana como Guillermo de Poitiers, Ricardo Corazón de León, Bertrán de Born…

—¿Y qué me dices de la trobairitz Beatriz de Día?

—Tienes razón, he hablado como un necio.

—¿Ahora quieres hacer las paces conmigo, Ramón? Yo pienso que…

Ramón interrumpió a Ramona robándole un beso y para que ya no siguiera discutiendo la miró a los ojos y comenzó a cantarle una composición de Martín Códax, el célebre trovador gallego:

Ondas do mar de Vigo,
se vistes meu amigo?
E ai Deus!, se verra cedo? [1]

Ramón y Ramona se miraron llenos de ternura; pero los enamorados suelen provocar envidias y Ojo Amarillo, el halcón de la meiga doña Urraca, quien odiaba al amor, descendió en picada de los cielos. Ramón y Ramona huyeron cruzándose y separándose en zig-zag mientras las garras del ave se cernían sobre ellos: atrás quedó su hermoso dedal lleno de vino, su delicioso queso y su aromático pan.

—¡Eark! —graznaba Ojo Amarillo— ¡Dos ratones enamorados! ¡Qué ridículo! ¡Me los voy a almorzar! ¡Eark!

—¡Mic! ¡Mic! ¡Mic! —chillaban Ramón y Ramona, quienes corrían aterrorizados, pero no deseaban perderse de vista el uno al otro; de pronto desde uno de los árboles una de las ardillas con las que Ramón y Brandán habían tenido alguno de sus dudosos negocios gritó:

—¡Por aquí, Ramón! ¡Jru jru! ¡Jru! ¡Chic! ¡Chic!

Ramón y Ramona se precipitaron dentro de un hueco que se encontraba cerca de las raíces de un árbol y Ojo Amarillo se estrelló contra la dura corteza, por lo que se quedó atontado durante varias horas.

Los ratones ascendieron por los túneles practicados en el viejo árbol y llegaron al gran salón de las ardillas, donde fueron recibidos con grandes muestras de júbilo.

—¡Jru jru! ¡Jru! ¡Chic! ¡Chic! ¡Por poco no lo cuentan!

—Nos hemos salvado por un pelo, gracias a ustedes. El halcón ha estado a punto de matarnos, además de que nos arruinó una hermosa comida campestre —se quejó Ramón.

—Nosotros tenemos nueces. Los invitamos a un banquete.

Ramón y Ramona agradecieron efusivamente a sus amigos y aceptaron la amable invitación.

[1] Olas del mar de Vigo,
¿visteis a mi amigo?
¡Ay Dios!, ¿vendrá pronto?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s