Mister Pep

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mister Pep

Como no teníamos dinero ya que los negocios de papá y mamá habían quebrado a mi hermano Ricardo y a mí se nos ocurrió hacer la tarea de los demás: yo me encargaría de mecanografiar y realizar ensayos en las áreas de humanidades, mientras que Ricardo se ocuparía de todo lo relacionado con las matemáticas, diseño, contabilidad y esas cosas.

Recuerdo una noche en que Ricardo llegó con su inseparable agenda para mostrarme su plan —con diagramas, tarifas y demás parafernalia—.

Anteriormente me había ganado algunos pesos haciendo trabajos de mecanografía y en el fondo era lo único que yo quería hacer (eso de quebrarse la cabeza y someterse a grandes dosis de estrés nunca me ha gustado mucho), pero Ricardo me convenció de que ganaríamos más si ofrecíamos el paquete completo.

Decidimos poner a nuestro negocio el nombre de Mister Pep sólo porque sonaba pegajoso, si bien mi papá decidió más tarde que eran las siglas de: “Pinches Estudiantes Pendejos”. Como se verá más adelante, los pendejos éramos nosotros.

El volante decía:

“¿Es una noche de fiesta? ¿Querías salir con ése alguien tan especial, pero te dejaron demasiados deberes? No te preocupes: en Mister Pep, ¡te hacemos la tarea!”

El éxito fue arrollador: fuera de casa se llenaba de vehículos de lujo con jóvenes burgueses desesperados por librarse de sus deberes que nos traían encargos de la más vario pinta factura: ensayos, problemas de matemáticas, cuestionarios, en fin.

Por aquellos días el Internet era una cosa lentísima y no era de gran ayuda, por lo que teníamos que recorrer librerías de viejo para encontrar fuentes para sacar información, o incluso para plagiar a autores prácticamente desconocidos. Hasta llegué a inventar, al modo de Lovecraft, libros fantásticos para justificar algún párrafo que habíamos tomado de aquí y otro de allá.

Nuestros trabajos llegaron, cuando la presión era demasiada, a convertirse en verdaderos Frankenstein; las impresoras, unos enormes y ruidosos aparatos que imprimían tiras de papel mientras hacían temblar toda la mesa y a los que siempre les daba por atorarse cuando el tiempo apremiaba, no paraban un instante: era un laboratorio infernal que producía tamaños engendros para satisfacer la crueldad de los maestros.

Nuestras noches en vela eran aterradoras haciendo la tarea de los demás para luego amanecer con unas enormes ganas de dormir, por lo que descuidábamos nuestras propias labores.

Llegó el momento en que dije “basta”, pero los viejos clientes no se rendían, el teléfono chillaba, los autos lujosos no dejaban de llegar.

Todavía hoy me da miedo cuando veo que un automóvil de lujo se para frente a mi puerta.

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