Una fiestecita literaria

una fiestecita literaria

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mientras escuchábamos música de las axabebas Omar Khayyam y yo, cómodamente recostados en unos divanes deliciosos, bebíamos vino para, ocasionalmente, aspirar el humo perfumado del narguilé, que nos servía una de las doncellas que él había traído consigo. El poeta persa y un humilde servidor admirábamos la siguiente escena:

—Me importa un sorbete —dijo Nietzsche, quien había tocado un solo en la guitarra eléctrica unos minutos antes (para desquitarse de Wagner), se bebió una yarda de cerveza (contra su costumbre) y aspiró tres líneas de cocaína completitas (eso sí, de acuerdo a su costumbre); en seguida afirmó:

—De cualquier forma Lou hubiera terminado con ese novelista barato de Stoker. Hay que ver el gusto de las mujeres por el melodrama. El superhombre debe ser un ente solitario, soportando los gélidos vientos de las montañas, lejos de las moscas, aferrado a su grandeza y soledad.

Wilde, con sus ojos somnolientos, se encontraba recostado en otro de los divanes de mi biblioteca. En ese preciso instante sacaba uno de sus cigarrillos con boquilla dorada, por lo que le dijo a Nietzsche.

—Pásame las cerillas, chico.

Nietzsche le acercó una cajita de cerillas que se encontraba sobre una de mis mesitas venecianas, junto a una estatuilla de Benvenuto Cellini.

Óscar encendió su cigarrillo, expulsó el humo azul con lentitud y dijo:

—Dear, ya te lo había dicho, las mujeres son esfinges deliciosas pero, a fin de cuentas, esfinges sin secretos.

Wilde se estremeció al escuchar un disparo, pero se recompuso rápidamente y comentó:

—Veo que los yankees no han cambiado nada. Ya en mis tiempos era necesario poner un cartel que dijera: “favor de no dispararle al pianista” —y le dio otra calada a su cigarrillo.

William S. Burroughs, quien seguía sin atinarle a una manzana que había colocado sobre el busto de Palas Atenea, dejó la pistola sobre la chimenea y procedió a servirse un trago mientras murmuraba:

—La gracia me llegó en forma de gato.

Lovecraft, otro amante de los gatos, miraba con ojos espantados el decante espectáculo mientras sostenía su vaso de limonada helada (en la que subrepticiamente William S. Burroughs había metido unas gotitas de LSD).

El recluso de Providence vio que por el hueco de la chimenea y de entre las llamas una entidad que nadie había invitado comenzaba a materializarse en un conglomerado de globos iridiscentes, por lo que comenzó a señalarlo, con el terror dibujado en su semblante:

—¡Yogh Sothoth! ¡La llave y la puerta! ¡El que abre el camino! ¡El todo en uno!

Con un vaso en la mano y un cigarrillo en los labios Bukowski venía saliendo del baño (nadie escuchó que le jalara a la cadena).

—Hey hey hey, son! ¿Quién sabe qué te puso el yonqui marica ése? Mejor sírvete uno de estos —dijo Charles y le quitó el vaso de limonada a Lovecraft para cambiárselo por uno enorme, lleno de whisky.

—Esto te hará sentir mejor.

Sin dejar de mirar a la chimenea Lovecraft le dio un buen trago a su vaso, luego pareció reaccionar y protestó débilmente.

—¡Pero esto es licor! ¡Mis tías me van a regañar!

En todo caso lo olvidó porque sus ojos espantados seguían fijos en la chimenea.

La música de las axabebas adquirió un ritmo frenético y todo comenzó a darme vueltas. Desperté en mi jardín, bajo las columnas del templo griego que preside la piscina: alguien me había echado una manta encima.

Caminé hacia la casa, rodeé el laberinto de piedra y hiedra, hice caso omiso de las rosaledas, me refresqué la cara en la fuente, subí las escalinatas de mármol, abrí la puerta.

Todo parecía en orden, excepto que en la planta de arriba se escuchaban estrepitosos martillazos, así que fui a investigar: se trataba de Alfred, mi mayordomo, muy ocupado en clausurar la biblioteca con unos enormes tablones. Lucía tan enojado que no me atreví a contrariarlo.

Ya se le pasará.

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