Los espectros de “El Refugio”

los espectros del refugio

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Cuando éramos chicos nos encantaba hacer hogueras para contar historias de fantasmas al amor de la lumbre, bajo las estrellas, así que mi tío Elco nos proveía de leña, olotes y petróleo y en una loma disfrutábamos la magia de la noche.

Mi hermano Carlos era experto en hacer “brujas”, unos poliedros fabricados con papel periódico y palillos de dientes cuyas puntas encendíamos y luego se elevaban por el cielo nocturno como fuegos fatuos.

Recuerdo que en cierta ocasión mi prima Laura se paró sobre los hombros de mi hermano Carlos y como ambos vestían de blanco consiguieron asustar a un campesino que se dirigía a su casa a bordo de un tractor.

Cuando se terminaban las historias de fantasmas Carlos sacaba la guitarra y cantaba con su voz potente, para deleitarnos.

Asustando a doña Concha

Una vez, a la luz de la lámpara de aceite y entre los gruesos muros de adobe del rancho El Refugio mi prima Laura, quien siempre estaba tramando alguna maldad, leía sus cuentos de terror.

De pronto sus ojos azules se iluminaron con una idea perversa y nos propuso:

—¡Vamos a asustar a Concha!

Doña Concha era una pariente anciana de don Pepe Márquez, el dueño de la finca cercana, y vivía sola en un cuartito anexo al casco de ese rancho.

Rápidamente fuimos a por una calavera de toro que colgaba de los palos torcidos que sostienen el alambre de púas de los cercos, sacamos unas velas, una cuerda y una sábana blanca y nos dirigimos al rancho de los Márquez.

Mi hermano Ricardo y yo dispusimos artísticamente el cráneo y las velas frente a la puerta de doña Concha mientras mi primo Tito se trepaba al techo armado con un fantasmón hecho con la sábana y la cuerda, mismo que debía deslizar frente a las ventanas del cuartito: Laura dirigía toda la operación.

Una vez que todo estuvo preparado comenzamos a soltar gemidos espectrales arrojando, ocasionalmente, piedrecitas contra las ventanas y la puerta.

Doña Concha no salía.

Sorpresivamente mi primo Tito gritó:

—¡Joaquín! ¡Viene Joaquín!

Joaquín era el hijo de Pepe, un muchacho bastante mayor que nosotros y a quien suponíamos en la ciudad.

Tito se asustó y le lanzó el fantasmón a Laura, quien se lo pasó a mi hermano Ricardo, apresuradamente.

Tito corrió por el pretil del techo y debido a la oscuridad se le acabó la superficie por la que se desplazaba y cayó al suelo.

—¡Levántate! —le gritaba Laura, pero Tito no respondía, así que en una escena de esas que no salen en las películas Laura lo tomó en brazos y salimos huyendo mientras Joaquín soltaba a los temibles perros de los Márquez.

Laura, Tito y Ricardo consiguieron escapar mientras yo tomaba una vereda equivocada que me condujo cerca del estanque y de una malla de alambre, así que me eché al suelo, junto a las raíces de un árbol: sólo se escuchaban los lejanos ladridos de los perros y el canto de los grillos.

Cuando pensé que podría salir furtivamente de la propiedad escuché un gruñido atroz cerca de mi rostro: un horrible perrazo me mostraba los dientes.

—Llévate tu calavera —me dijo Joaquín sosteniendo el cráneo por uno de los cuernos.

Esa noche nos salió el tiro por la culata.

 

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