El Refugio en llamas

espada

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Había visto la película de Conan y luego de leer una escena como ésta me había vuelto más loco. Escuchemos al bárbaro:

Pues bien, anoche estaba en una taberna y un capitán de la guardia real quiso abusar de la amiga de un soldado joven que, por supuesto, mató al oficial. Pero parece ser que hay una maldita ley que castiga severamente a quienes matan a los guardias del rey y por ello el soldado y la muchacha tuvieron que huir. Se corrió el rumor de que me habían visto con ellos y por eso me llevaron hoy ante el magistrado, que me preguntó hacia dónde habían huido los dos jóvenes. Yo respondí que puesto que él era mi amigo, no podía traicionarlo. El tribunal se indignó y el juez, furioso, habló acerca de mis deberes hacia el Estado, la sociedad y otras cosas que no entendí, y me ordenó que revelara el paradero de mi amigo. Para entonces era yo quien me había enojado, pues ya había explicado claramente mi posición.

Pero dominé mi ira y conservé la calma. El juez dijo gritando que yo había manifestado un profundo desprecio hacia el tribunal y que debía ser encerrado en una mazmorra para que me pudriera allí, hasta que traicionara a mi amigo. Por consiguiente, y viendo que estaban todos locos, desenvainé mi espada y le partí la cabeza al juez; después me abrí paso entre el público presente y al ver allí cerca el caballo del alguacil, me apoderé de él y cabalgué hasta los muelles…[1]

¡Por Crom! Si hubiera más gente como el encantador Conan tendríamos menos abogados y políticos, pero Crom odia a los débiles y es inútil rezarle e incluso contraproducente.

Siguiendo tan elevado ejemplo y encontrándome en el rancho El Refugio, en Temósachi, le propuse a mi primo Tito que nos fabricáramos unas espadas, así que fuimos a comprar unas varillas de hierro a la ferretería del pueblo.

Con experiencias previas como forjadores del metal (habíamos fundido exitosamente un poco de plomo que arrancábamos de baterías viejas) decidimos hacer una hoguera para ablandar el hierro y aplanarlo hasta darle la forma de una espada, así que sacamos un galón lleno de petróleo, juntamos leña y cerca de los corrales comenzamos a ver que las varillas se ponían al rojo vivo y en seguida casi blancas.

—Esto no se funde, Tito —le dije a mi primo—. Necesitamos más calor.

Tito estuvo de acuerdo conmigo y le echó al fuego casi todo el bidón de petróleo. Las llamas subieron hasta el techo y las toneladas de paja que mi tío había guardado se incendiaron rápidamente.

¡Dios! El espectáculo era terrible. Una supernova había descendido sobre el techo de nuestro castillo ancestral, así que salimos corriendo para dar la alarma.

Los peones acudieron a apagarlo. Chito Varela colocaba, sobre las llamas, el débil chorro de una manguera bombeado por un viejo motor Ford de los años cincuenta, desde el pozo.

En eso acudió una valquiria furiosa: era mi prima Laura. Luego de abofetear al pobre peón le metió presión al agua poniendo su dedo pulgar en la boca de la manguera, pero las llamas no cedían, así que pidió pinzas para cortar los alambres que sostenían la paja y salvó nuestra hermosa mansión.

Mi tío Elco venía en su tractor. El muy exagerado se arrancaba sus pocos cabellos nada más porque habíamos estado a punto de quemar el rancho, así que cobardemente corrimos a escondernos entre los árboles del estanque a donde acudió mi tía María, como una matrona romana en una ciudad sitiada por Aníbal, con la falda al viento, y nos advirtió:

—¡No se acerquen al rancho porque Elco está furioso!

Mi tío ni aguantaba nada. Lo cierto es que no nos pegó y al día siguiente acudimos a un herrero.

Era como ver al papá de Conan golpeando esas varillas hasta darles forma de espada, a punta de martillo.

Salimos muy contentos con nuestras espadas. Todavía anda una de ellas en el rancho y sirve como atizador para la chimenea.

 

 

[1] Howard, Robert E. Conan de Cimmeria. Volumen I. La reina de la costa negra. Timunmas. 2004. España. p. 151

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