Acerca de las películas de terror

Mario Flores, super star, en la versión mexicana de El Aro

Mario Flores, super star, en la versión mexicana de El Aro

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi abuela Blanca siempre dijo:

—Las mujeres de mi casa deben ser “baquetonas[1]”. Nada de señoritas lánguidas que se desmayan ante un simple ratón.

Siguiendo tan sabios consejos nos dedicamos a atormentar a mi hermanita Karla.

La primera vez que vi a esa niña era una cosa roja e hinchada y todos le hacían fiestas.

—¡Tanto escándalo por esa nena roja y fea! —dije y me fui a llorar de puros celos.

Luego se puso bonita. Tenía el pelo ensortijado y era el centro de atención.

En Navidad le llevaban juguetes y todos estábamos ansiosos esperando su reacción.

—Ah, una casa de barbies —decía ella—. Y otra barbie, y otra.

Pero yo sí sabía sorprenderla:

—¡Un niño de los Garbage Pail Kids! —gritaba emocionada ante un muñeco punk con la cara toda tasajeada.

Mi papá se molestaba y decía:

—¡No le regalen esas porquerías a la niña!

Cuando no la llevaban a jugar a las maquinitas con toda su corte de amigas la dejaban en la casa y se mantenía fastidiando:

—Elko me gusta la película de Batman Ricardo no quiere ver una película conmigo le voy a decir a mi mamá que están lanzando estrellas ninja tráiganme un refresco.

La niña tenía su carácter y a veces se enojaba con el gruñón de mi hermano Rich:

—¡Ya no lo quiero! ¡Feo! ¡Feo! ¡Feo! ¡Pégale, Elko!

Así que agarré a Ricardo, le doblé el brazo por atrás (puro fingimiento) y lo saqué al patio donde lo amarré de un travesaño ubicado en un pasillo para colgar la ropa.

—¿Quieres que se lo coman los gatos?

—¡Sí! —aplaudía Karla siguiendo los instintos crueles de su sangre árabe.

—¡Pues que se lo coman!

Lo dejamos ahí y nos fuimos a comer un sándwich.

—Vamos a ver si ya se lo comieron los gatos —le dije.

Karla comenzó a preocuparse. Y entonces el genio maligno de mi hermano Rich se apareció resplandeciente y total: del travesaño colgaban unos huesos enrojecidos de un pollo en adobo que habíamos comido el día anterior y que Ricardo sacó del bote de basura.

—¡Ya se lo comieron! —exclamé gozoso. Karla comenzó a llorar.

—¡Rich! ¡Rich! —gritaba yo, desesperado. El muy cabrón se hizo esperar.

Derrotar a Chucky

A pesar de que había visto con nosotros el bebé de Rose Mary, El Exorcista, Pesadilla en Elm Street, Viernes 13 y un montón de porquerías que en nuestra irresponsabilidad compartíamos con ella Karla tenía una cita con sus propios demonios.

Un día vio la película de Chucky con su amiga Ixchel y su mundo infantil se llenó de juguetes embrujados, así que se iba a dormir con nuestros padres.

En cierta ocasión, mirando los avances que anteceden a una película salió una cajita musical dejando escapar su melodía en la penumbra.

Ricardo dijo de pura broma (era la primera vez que veíamos ese trailer):

—¡Chucky!

Y entonces, ¡oh, Dios! Apareció Chucky pisando la cajita. Karla salió corriendo, pero fue la última vez que le tuvo miedo a ese muñeco infernal.

Los calabozos del Erebo

A Karla no le gustaba dormir sola y a pesar de toda la influencia que ejercía sobre mí nunca la admití en mi cuarto ya que siempre he amado la soledad, que defiendo como un perro. Así que se iba a dormir en la hamaca del cuarto de Ricardo. No obstante iba a fastidiar:

—Elko Elko que estás haciendo estás fumando le voy a decir a mamá forré mis cuadernos recortando tus comics ve a la tienda por un refresco y unas golosinas y no me voy no me voy no me voy me quedo.

Como no se iba la amarré uniendo sus piernas y sus brazos hacia atrás, le metí unos calcetines en la boca (debo decir a mi favor que estaban limpios) y le puse cinta de embalaje para sellar sus labios. La dejé en la bodega:

—¡Dios! ¡Un instante de paz! Me fumo un cigarrillo y voy a desatarla.

En el patio del frente de la casa mi mamá estaba regando sus geranios cuando escuchó por la ventana de la bodega:

—¡Mmh! ¡Mmh!

Se asomó a la bodega y vio esa escena terrible: su princesa amarrada por un turco.

—¡Elkooo! ¡Cabrón!

Fue la única vez que Karla no consiguió soltarse sola.

El brujo del barrio

Estudiaba en el bachillerato, había unos niños terribles que hacían desperfectos y Karla (ya toda una profesional del terror) y yo decidimos asustarlos.

Mi cuarto estaba en el patio trasero: me había apoderado de las antiguas oficinas de papá e invité a los niños a invocar a un demonio con el Necronomicón. Los niños me desafiaron a intentarlo.

Saqué el Necronomicon e invoqué a los demonios:

—¡Ia Ia, Cthulhu fthgan!

Apagué las luces, al otro lado de la puerta del baño (que les había mostrado previamente a esos mocosos insufribles) golpeaba una entidad surgida del abismo.

Comenzaron a chillar, arrojaron un balón, querían huir y yo no encontraba el apagador. De alguna forma conseguí prender la luz. Tomé unas ramas (previamente preparadas para tal efecto) salmodié en latín y les dije que había corrido a los demonios.

Pero salió un listillo:

—Ujté ej puro pájaro nalgón. Apuejto que hay alguien en el banio.

Como siempre he odiado a los incrédulos abrí la puerta del baño: estaba vacío. Los niños corrieron, aterrorizados, a gritar que yo tenía un pacto con el diablo.

Karla se había metido, subrepticiamente, por la ventanita del baño, para luego escapar por el mismo acceso.

Debo decir que he cumplido con los preceptos pedagógicos de mi abuela: Karla es una muchacha baquetona que a veces me dice:

—Alonso (su esposo) se pone nervioso con unas películas bien chafas. A ver cuándo nos vamos a ver una película de terror, de esas tan sabrosas.

Y es que Karla es una avezada navegante de los ríos Flegetonte, Estigia y Aqueronte, que sólo le teme a The Cure y a los Alien, de Giger, pero eso es comprensible: únicamente a los monstruos como yo les gusta The Cure y los alien en los claustrofóbicos pasillos, fríos y metálicos, de una nave espacial construida con sórdida chatarra.

[1] Por las baquetas, instrumentos de madera para golpear tambores.

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