Los “Madaleno”

Elko2 100

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

A mi prima Laura le dio por el misticismo y a cambio de no sé qué favor celestial prometió peregrinar hasta la capilla de Santo Niño, ubicada a varios kilómetros del rancho El Refugio, para encender una vela al pie de la milagrosa imagen. Laura me pidió que la acompañara.

—¿Van a Santo Niño? —preguntó mi tía María.

—Sí, hice una manda —contestó Laura.

—Yo los acompaño —se apuntó mi tía y decidió que hiciéramos parte del trayecto a bordo de la carreta ya que de cualquier modo mi tío Elco necesitaba que se recogieran unas pacas de alfalfa que se encontraban en sus tierras llamadas “Los Hoyos” para enviarlas al rancho de los Vega.

Finalmente la expedición se componía de mi tía María (quien preparó unos burritos de frijoles refritos para el camino), de mi primo Tito (quien conducía la carreta tirada por una yegua), de mi prima Laura, mi hermano Ricardo y yo.

Los campos lucían espectaculares con las altas matas de maíz criollo, no ese maíz chaparro genéticamente mejorado que se siembra hoy en día.

Llegamos a Los Hoyos donde los peones cargaron la carreta con las pacas de alfalfa mientras nosotros jugábamos a indios y vaqueros.

—¡Pj! ¡Pj! ¡Pj! —disparó Laura al sorprender a Tito entre los maizales y Tito respondió:

—¡Pf! ¡Pf! ¡Pf!

—¡Yo te maté primero! ¡Así no se vale! ¡Ya estás muerto! —afirmó Laura.

—¡No me diste! ¡Tienes muy mala puntería! —se defendió Tito.

—¡Niños! —llamó mi tía María—. ¡No se peleen! Ya nos vamos.

Nos trepamos de nuevo a la carreta y poco después nos encontramos a una señora cargada de bultos, acompañada de tres muchachos trasquilados de mala manera luego de una epidemia de piojos, con los ojos legañosos y los labios partidos. En resumidas cuentas parecían los villanos que salen en la tira cómica de “La pequeña Lulú” y que siempre se dedicaban a atormentar a Toby y a los integrantes de su club.

Eran los Magdaleno o “Madaleno”, de acuerdo a la pronunciación de los temosachitecos.

—Señora “Madaleno”, ¿para dónde van?

—Al rancho de los Bencomo.

—¡Súbanse! Nosotros los llevamos.

—¡Yo no voy a ninguna parte junto a estos majaderos! —aseguró mi prima.

—¡Pero Laura!

Laura se bajó de la carreta y yo la seguí. Tomé nota mental: no beber de la botella de agua porque uno de los “Madaleno” había pegado el morro al pico del recipiente.

—¡Laura! ¡Súbete a la carreta!

Laura ignoró a mi tía María y a fin de no escuchar sus razones tomamos por una vereda en la que no podía transitar el carromato.

Y es que los “Madaleno” eran unos niños terribles, los clásicos matones que sólo vivían para fastidiar a los demás y para hacer gala de un lenguaje florido que hubiera hecho sonrojarse al marqués de Sade.

Laura tenía un carácter volcánico acaso porque vino amando la vida con rabia: quizá por eso siempre se me figuró una moderna valquiria vestida con jeans y camiseta.

Atravesamos campos silenciosos, arrullados por el murmullo del viento que acariciaba los maizales y las agujas de los pinos en los cerros cercanos.

El sol comenzó a apretar: teníamos los pies llenos de ampollas y la piel colorada, pero el mundo era una maravilla: en el camino contemplamos escarabajos peloteros llevando una bolita de estiércol con singular paciencia, los surcos labrados por la lluvia a orillas del sendero que revelaban las diferentes tonalidades de la cantera blanda que constituye gran parte del subsuelo de Temósachi, y los palos torcidos que sostenían líneas de alambre de púas para cercar los campos, y el elegante vuelo de las auras buscando un trozo de carroña.

Llegamos a las ruinas de un rancho construido en torno a un pequeño estanque de cuyas aguas bebimos. Luego nos lavamos la cabeza y metimos los pies en la orilla, bajo un álamo, mientras comíamos unas manzanas que robamos de una huerta cercana.

—¿Quiénes vivían en este rancho? —pregunté mientras contemplaba las ruinas de adobe.

—Era una pareja… —comenzó Laura y me contó una historia de amores desgraciados, que seguramente inventó y que incluía una infidelidad, el suicidio de la dama y la reclusión en un manicomio del marido—. …y desde entonces, en las noches de luna, se puede ver a una mujer vestida de blanco llorando su pena a orillas del estanque.

Después de todo tendríamos que haber agradecido a los “Madaleno” por esa excursión.

Seguimos caminando, los chapulines saltaban a nuestro paso revelando el hasta entonces oculto esplendor de sus alas multicolores. Cuando ya no podíamos más vimos la capilla de Santo Niño. Mi tía nos dio unos burritos, que comimos con desesperación, y luego visitamos el interior del edificio, donde unas efigies de porcelana, vestidas con ropa de verdad, nos contemplaban con unos rostros en los que se mezclaba la melancolía, la ternura y el sufrimiento.

De haber leído a Ana Rossetti hubiera murmurado:

 Manos juntas sobre las azucenas del misal,
la blonda de mi velo se anaranja
sangre y topacio brotan de la bóveda herida
y en mis mejillas hay una caléndula.
Me duele la cintura. Tanto tiempo
en el reclinatorio
arrodillada, llamándote.
Lágrimas adiamantando los retablos,
balanceando el vano turiferio que de tus manos cuelga.
Los afilados pliegues del elevado fuste
quisiera separar de tus redondas alas,
mas tus ojos de vidrio a mi obstinado rezo
no son dóciles.

Laura prendió una vela mientras mi tía María raspaba la cera derramada al pie de las figuras.

—¡Mamá! —la regañó Tito—. ¡Por qué te llevas la cera de los santos!

—No les molestará —aseguró mi tía, que planeaba hacer petrolato, una mezcla de cera y petróleo que sirve como crema hidratante para los crudos inviernos de Temósachi.

El sol languidecía imprimiendo al cielo tonos violáceos. No recuerdo cómo regresamos, quizá nunca lo hicimos porque desde entonces los días se visten con el verde esmeralda de los campos, con las capas de cantera erosionada del camino —que semejan un helado napolitano— y con pinceladas de púrpura en el cielo crepuscular que dan cuerpo a mi nostalgia.

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