¡Te pasaste de lanza!

te pasaste de lanza

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

La ociosidad es la madre de todas las artes, según reza el adagio.

Lo cierto es que me habían reprobado y sólo tomaba dos clases en la Universidad. No tenía dinero, pero mi amigo César Alonso González Caballero me hacía fuerte y todas las tardes llegaba con dos canastitas —lindas como tiestos de flores— en las que tintineaban alegremente 12 envases de cerveza, que inmediatamente procedíamos a llenar en el expendio de bebidas espirituosas más cercano.

—¡Pero qué barbaridad! —decían las vecinas al vernos pasar—. ¡Esos muchachos no hacen nada más que tragar cerveza!

—¡Pobrecitos! ¡Han de estar atiriciados! ¡Qué Dios los ilumine!

Y es que es preciso ocultar lo que piensas beberte a fin de evitar las envidias y las murmuraciones.

Estábamos en mi cuarto, César no me hacía caso y revisaba un libro, y eso que todavía no se generalizaba el uso del teléfono celular. Yo comencé a aburrirme.

—¿Ya viste? —dijo mi genio malo, una criatura sumamente perversa, mientras fumaba un largo cigarrillo montado en una más larga boquilla de marfil y bebía una copa de champagne—. César acaba de cruzar la pierna.

Y ahí estaba el dedo gordo de su pie izquierdo, calzado con huaraches. Bajo aquella influencia demoníaca le apliqué la llama del encendedor… pasaron los segundos y César, como si le hablara La Virgen.

—¡Ahhh! —gritó al fin.

—Je, je, je —reía el diablillo con su voz cascada.

—Se lo juro que la llama lleva cerca de un minuto en su dedo y usted ni por enterado —me justifiqué—. ¡Póngame atención!

—Está bien, como le iba diciendo —contestó Cesar, abrimos otra cerveza y seguimos platicando, pero pronto volvió a distraerse y a poner los ojos en el libro.

—¡Fíjate, Elko! —volvió a la carga mi genio malo mientras se servía otra copa de champagne, sostenía el cigarrillo con su cola ondulante y soltaba humo por su trompa de marrano—. César acaba de cruzar el pie derecho. ¿A poco no es toda una invitación?

—Supongo que César se va a enojar.

—¡Naaa!

—Además Dios puede castigarme.

—No te preocupes por Dios, Elko. En este momento está mirando hacia otro lado.

Bajo el peso de tan incontestables argumentos apliqué la llama del encendedor en el dedo gordo del pie derecho de César. Los segundos transcurrieron, pesadamente y César, como si le hablara La Virgen.

—¡Ahhh! —gritó al fin—. ¡Te pasaste de lanza!

César tomó sus canastitas (afortunadamente no me rompió la mandíbula) y se fue, muy enojado.

Busqué por todos lados a mi genio malo, pero el muy maldito había desaparecido llevándose la botella de champagne.

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