Biblioteca maldita

biblioteca maldita

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

I

Al terminar mi licenciatura presenté una solicitud a la Biblioteca Central Estatal de Chihuahua (yo no tengo la culpa de que se llame tan feo) para realizar mi servicio social.

—¿Qué estudió, joven? Necesitamos saber si cumple con el perfil —me hizo saber la licenciada Trujillo, directora de la biblioteca, mientras me entrevistaba.

—Estudié Ciencias de la Información. El perfil incluye habilidades de comunicólogo y bibliotecario —le respondí a la mujer, si bien mi carrera había sido creada al vapor para darle un nuevo impulso a la moribunda Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua, por lo que en realidad yo era algo así como Licenciado en Salón de Té y Charla de Café.

—Bien, lo vamos a destinar al Departamento de Estadística, Redes y Canalización.

—¿Cuándo empiezo?

—Ahora mismo —contestó la licenciada—. Lo voy a presentar con sus compañeros.

La licenciada me guió por las instalaciones de la biblioteca hasta llegar a un área acogedora.

—El joven Elko Vázquez —se le olvidó decir guapo—, hará su servicio social con nosotros.

—Mucho gusto.

Contemplé mis nuevos dominios: ahí se encontraba una secretaria, que por supuesto se llamaba Guadalupe y le decían Lupita, pero en lugar de tener una verruga en la nariz y lucir unos bigotes germánicos era bonita y tenía muy buen cuerpo.

Me imaginé sentado frente a mi computadora, con Lupita en las piernas y bebiendo café mientras le contaba al oído una anécdota picante.

—Bueno, éste es el Departamento Administrativo —señaló la licenciada mientras presionaba el botón de un interfono: una voz gangosa respondió:

—Gdiga…

—Tomasillo —ordenó la licenciada Trujillo— preséntese en mi oficina, inmediatamente.

Poco después acudió a la oficina de la licenciada Trujillo un tipo moreno, de cráneo bulboso, con orejas en forma de coliflor, ojos saltones de pescado, nariz aplastada, labios gruesos y fofos, que se bamboleaba de un modo turbador e insólito (despertando miedos y aversiones vestigiales) sobre unos pies enormes, enfundados en unos zapatos del tamaño de un portafolios: en resumidas cuentas tenía el fenotipo de Innsmouth.

—El joven Elko Vázquez se incorpora a nuestro equipo mientras realiza su servicio social. Lo dejo en sus manos.

El horrible sujeto, que emanaba un aura siniestra de amenaza y repulsión, vestía una andrajosa chamarra con las iniciales T.M. grabadas a la altura del pecho (que seguramente correspondían a Thomas Marsh), llevaba una bufanda (apuesto que para ocultar las hendiduras branquiales de su cuello) y parecía no parpadear jamás. Yo esperaba que en cualquier momento malsano, antinatural y pleno de alienación, saltaría como un batracio mientras graznaba:

—¡Iä! ¡Iä! ¡Cthulhu fhtagn! Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah-nagl fhtagn.

Horrorizado comprendí que me encontraba en un cuento de Lovecraft y que el ser aberrante, estremecedor y de repelente aspecto que tenía ante mí, era uno de esos híbridos abominables, producto del maldito maridaje entre humanos degenerados y los profundos, a los que había vomitado la sumergida y ciclópea ciudad de Y´ha-nthlei, la cual se oculta en los insondables abismos del océano.

Salimos del edificio y caminamos bajo los lóbregos árboles hasta llegar a un cuarto decrépito, frío como una cripta y con unas letras ilegibles que probablemente rezaban: lasciate ogne speranza voi ch´entrate[1].

Tomasillo abrió la puerta y me mostró las polvorientas y destartaladas estanterías en las que reposaban los libros viejos que la Biblioteca Central donaría a diversas instituciones.

El ente sonrió torvamente: luego de explicarme mis obligaciones se despidió y azotó la puerta dejando un eco atronador, como las broncíneas campanas del Erebo reverberan en los espacios atroces donde se encuentran confinadas, sin esperanza de redención, las almas condenadas de los réprobos.

II

Mi labor en el Departamento de Estadística, Redes y Canalización consistía en contar los libros que serían donados a diferentes escuelas y clubes de lectura (estadística) así como subir los bultos a una camioneta (canalización). Supongo que las “redes” eran las bolsas de malla de plástico en las que acarreábamos los libros.

Prácticamente en dos horas terminaba el trabajo y el resto del tiempo transcurría con una lentitud abrumadora, como gotas de agua cayendo, una a una, sobre el cráneo de un prisionero olvidado en los nauseabundos calabozos de alguna dictadura asiática.

Ni siquiera podía leer: Tomasillo entraba constantemente en la cripta, sin previo aviso,  y me miraba con desconfianza. Mi teoría es que había ocultado entre  los volúmenes (y no deseaba que yo me enterase) algunos libros blasfemos como el innombrable Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred; el infame Des Vermis Mysteriis, de Luwdig Prinn; el horrendo Unaussprechlichen Kulten, de Von Juntz y el desquiciado Cultes des Goules, del conde D´Erlette.

Sospecho que aunado a lo anterior existía en la cripta una entrada secreta que conducía a los subterráneos ubicados debajo de la glorieta de Pancho Villa, donde el gobierno oculta desde hace varias décadas una nave espacial[2], en inconfesable contubernio con los Illuminati y la Orden Esotérica de Dagón.

Por otro lado a la una de la tarde Tomasillo recogía, religiosamente, una pringosa cubeta que se encontraba en un rincón, sin lugar a dudas para servirse su alimento que, acorde al olor que despedía su persona, estaría conformado por pescado crudo u otras cosas cuya naturaleza desconocemos gracias al velo misericordioso de la ignorancia que nos permite conservar un atisbo de paz mental o de confianza en la cordura y la armonía del Universo.

Lo cierto es que el tipo desaparecía, esquivo y extraño, en un cuarto contiguo al que nunca me permitió entrar. Lleno de pavor yo escuchaba un asqueroso gorgoteo que sin lugar a dudas se producía por la masticación y el deglutir de la criatura, que salía poco después del misterioso compartimiento, dejaba su cubeta en el rincón y luego de mirarme con una malignidad cósmica se alejaba anadeando sobre sus toscos y claveteados zapatones.

III

¿Cómo es que llegaron los profundos a la ciudad de Chihuahua, ubicada tierra adentro, tan lejos del océano? Sólo nos queda especular que aprovecharon las corrientes fluviales para preparar el regreso del Gran Cthulhu, quien yace soñando en la ciudad sumergida de R´lyeh, donde aguarda el momento para establecer de nuevo su alucinante reino de maravilla y terror.

Aunque no he vuelto a encontrar a Tomasillo en la Biblioteca Central aún ahora, cuando visito cualquier dependencia de gobierno tiemblo al pensar en las monstruosidades que acechan desde los puestos subterráneos de la burocracia, pues como escribió el árabe loco, Abdul Alhazred, en su extraño pareado:

Que no está muerto lo que puede yacer eternamente
y en los eones por venir, aun la muerte puede morir.

 


[1] Perded toda esperanza vosotros que entréis.

[2] Ya había tratado veladamente el tema, disfrazado de ficción, en el cuento El horrible caso del doctor Carvajal y su extraordinario informe de los espeluznantes androartrópodos en mi libro Historias de humo y viento, que próximamente será publicado en versión digital.

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