El androide

el androide

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Trabajábamos en la planta baja del Palacio Municipal en el Departamento de Comunicación Social. Para nuestra mala suerte los baños públicos se ubicaban a unos pasos de nuestra oficina, que habíamos bautizado como “La Cloaca”.

—Carito —le dije a mi jefa inmediata—, no se puede continuar con esta situación: a partir de las once de la mañana, pese a los esfuerzos del personal de limpieza, la atmósfera se vuelve irrespirable. ¿Sería posible que se dejara de prestar los baños a la gente?

—No, Elko, no se puede: se trata de un edificio público.

—O sea que debo trabajar en un cagadero público.

—Ni modo, Elko, ¿qué quieres que yo haga?

¡Dios! ¡Era insoportable! Se hacían filas enormes con todos los mendigos, lustradores de calzado, vendedores ambulantes, turistas y paisanos que deseaban aliviarse en el bañito, consistente en dos mingitorios, un retrete protegido por un cubículo metálico y un lavamanos, que servía de ducha a los seres más apestosos. Únicamente faltaba un tipo con un palo y un trapo atado a uno de sus extremos, como en las letrinas públicas de la Antigua Roma, y una palangana para enjuagar ese  chisme entre cliente y cliente.

—¡Tenemos que hacer algo, señor! —dijo Gabriel Ávila.

—¿Pero qué se te ocurre? —pregunté.

—¡No lo sé! Si El Führer viviera —respondió Gabo en un arranque Nacional Socialista— destinaría a unos S.S., enormes y terribles como Terminator, para poner en su lugar a la canalla.

Desde los abismos del misterio, donde los dioses se sientan a jugar a los dados, una idea luminosa emergió y quedó grabada en mi imaginación, con letras de oro: fue así como nació el androide P-2, mejor conocido como “El Defecator”.

Con la tecnología a nuestro alcance nos dimos a la tarea de crear a un poderoso guardián de la atmósfera que, de haber justicia en este mundo, nos hubiera valido el reconocimiento de más de una organización ecologista.

Esa cúspide del  ingenio humano consistía en unos viejos pantalones de lona negra y en un par de tenis desgastados, prendas que rellenamos con papel periódico y trozos de plástico espumado.

Una vez que colocamos al Defecator en su trono mi amigo Jhonny, quien es alto, corrió el pasador del cubículo desde arriba: cualquier persona que entrara al baño vería los tenis y parte del pantalón por la rendija que dejaba la puerta del cubículo.

Los resultados no se hicieron esperar: 15 minutos más tarde una fila enorme de hombres desesperados ejercitaban sus esfínteres, bailaban, brincaban y hacían gala de un florido lenguaje que hubiera hecho sonrojarse al Marqués de Sade.

—¡Compa! ¡No aguanto más! ¿Ya va a terminar? —gritó uno de esos desagradables sujetos, ansioso por vaciar las tripas; no obstante el P-2 (Defecator), con una frialdad que hubiera envidiado el T-800 (Terminator), ni siquiera se inmutó: pese a los golpes que el energúmeno daba a la puerta de metal los tenis y el pantalón se mantenían en calma.

El tipo salió bramando, en una angustiosa carrera con pocas esperanzas de llegar al cercano Palacio de Gobierno sin ensuciar los calzones.

Ni el Antiguo Egipto, ni el Imperio Romano, ni cualquier otra de las grandes creaciones de la humanidad duran para siempre. Es mi deber reportar que finalmente el P-2 fue derrocado cuando uno de los guardias de palacio, a petición de un hombrecillo que casi lloraba, abrió con la llave maestra el cubículo del escusado para recibir una impresión que lo hizo desmayarse como una damisela del siglo XVIII: Satanás en persona se había vuelto visible de la cintura hacia abajo y decidió defecar, entre todos los paños públicos del mundo, precisamente en las instalaciones sanitarias de la Presidencia Municipal de Chihuahua.

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