Tía Esperanza me llamó histérica. Yo era un estudiante pobre y arrimado en aquella vieja casona destartalada. Tía Esperanza estaba aterrorizada porque la tapa de la taza del baño se agitaba y ella cayó desmayada. Una rana con un ojo saltó del váter, y me dijo: Continuar leyendo
Otra vez veníamos discutiendo en la limousine. A Britney se le había vuelto a olvidar ponerse los calzones y, como es muy despatarrada, le había pedido a Ulomoco que se detuviera en cualesquier tienda para comprarle unas bragas a mi mujer. Continuar leyendo
Entre las sombras una pulsación comenzó a abrirse paso: yo me encontraba bien a gusto vacilando el punto con Britney Spears en una playa lejana mientras cantábamos: Continuar leyendo
Cuando Chávez se fue luego de la fiestecita que tuvimos, durante la cual le dije que se acostara, dejó olvidado un anillo. Le había puesto una botella de agua y otra de Gatorade para que no amaneciera bien crudo, cosa que no me valió porque a las cuatro de la mañana me arrancó las sábanas, me jaló de una pata y me obligó a filosofar, Marlboro rojo en mano.
Lo cierto es que dejó bien tendidita la cama que le había prestado, como se usa entre los rancheros castizos, bien educados.
Una vez que conseguí subirlo a un taxi me regresé tambaléandome como el mismísimo Jack Sparrow y me dirigí a mi habitación, pero en eso apareció ante mis ojos un objeto luminoso, que brillaba seductor, en la mesita de la sala.
Era un anillo, a primera vista igualito al que sale en la película y las novelas de “El señor de los anillos”.
Rápidamente cerré las puertas, corrí las cortinas, no fuera que los dioses envidiosos fueran a privarme de los super poderes de Jesús Chávez Marín, quien había dejado el secreto de su fuerza, ahí expuesto, en la mesita de madera barata pintada de caoba inglesa.
Prendí mi pipa y contemplé ante el fuego el anillo para ver si las runas comenzaban a surgir del frío metal, y aunque casi se derritió esa madre, las runas surgieron:
“Goku vs Majin-Boo, made in China”.
Indignadísimo, y para que Chávez viera que soy una persona leal que jamás hubiera pensado en robarle nada, le marqué:
—¡Maestro! ¿Qué clase de anillo es éste? ¿De qué se trata? ¿Le salió en las maquinitas?
—¡Deja ahí, cabrón! Lo que pasa es que tiene un valor sentimental.
Un valor sentimental, ¡un puto valor sentimental! ¡Haced el chingado favor!
El anillo permanece reposando en una bombonera en espera de su legítimo dueño.
Harto de los dioses[1] y sabiendo que era imposible conocerlos y darles gusto con las limitadas herramientas mentales de la humanidad el gran filósofo Epicuro definió con unas pocas reglas el arte de vivir y de paso nos quitó (a las personas inteligentes, por lo menos) todo cuidado de ultratumba.