Océanos de tiempo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Flor, no te marchites, un cementerio duele sin ti, y entre estos muros de piedra, lejos de todo lazo exterior, nos tiñe un silencio de muerte que irrita el alma de los vivos y, ¿quién sabe?, quizá también a los que no se fueron.

El zumbido de los moscos, pequeños alaridos infernales; las espinas de un rosal, para hacerme una corona. Y me pregunto si soy el señor de este paraje, o simplemente un prisionero.

Los espíritus callaron y legiones de insectos bailaban a mi alrededor, y el humo del incienso me hizo llegar miles de experiencias; y a través de la distancia, a través de este mar de suaves ondulaciones, tu rostro presente en los médanos del tiempo. ¡Frío y cruel es tu recuerdo!, si tan sólo, nunca te hubiera conocido. Continuar leyendo

Acerca de las razones por las que ya no se puede follar en la oficina y por qué los judíos, otra vez, se tienen toda la culpa

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Hace unos minutos encontrábame yo follando muy a gusto con la licenciada Guzmán: la tenía a cuatro patas y la tomaba del cabello (usa cola de caballo) cuando, de pronto, la cámara comenzó a chillar.

Para esto se suponía que esa pinche cámara, marca Steren (esa tecnología chafa israelita, más barata que la china) nada más miraba hacia un lado; pero no, resulta que se puede mover con un celular, y hasta micrófono y bocina tiene.

—¡Elko! ¿Qué estás haciendo? Continuar leyendo

De bergamota

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Lo cierto es que la gente que toma té son puros maricones (seguramente son comunistas y apoyan la ideología de género y la ridiculez del lenguaje inclusivo, Wotan los maldiga): los machos, los «vatos» meros machos, tomamos café, con un chorrito de whisky, eso en el desayuno; más tarde unos nueve tragos de absenta, del hada verde porque, como diría Wilde, ¿cuál es la diferencia entre un atardecer y una copa de absenta?

Además los comunistas no son muy amigos de ducharse a diario.

El caso es que en la oficina (cuando andaba en oficinas porque ahora soy independiente y vivo de mis rentas) siempre me vieron haciendo mezclas con una bola de hierbajos y el licenciado, usualmente, me pedía que le preparara un té de mis horripilantes brujerías (me hubiera gustado meterle un poco de amanita muscaria para ver qué cara ponía; pero siempre preferí reservarla para mi uso personal).

—¿Y ahora de qué es, Elko?

—De bergamota.

Todos brincaron y se subieron a sus escritorios, espantadísimos.

—Además, fíjese usted en la marca: earl gray (el señor gris, que es uno de los nombres de Odín).

Nadie quería el té y yo me la pasaba, ufano, por toda la oficina, luciendo el enorme leviatán que habita entre mis piernas, mientras las chicas me aplaudían: ellas sí querían el té.

El caso es que….

Bueno, otro día les cuento.

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