Nunca te compres una blazer

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Se veía muy bonita; pero esa cosa jamás sirvió más que para dos cosas: para nada y para pura chingada.

Siento que Raúl Almanza (El Chumba) me estafó.

Me la vendió en 25 mil pesos de aquel entonces y le metí otros 25 mil pesos; yo no quería batallar, así que pregunté a los taxistas.

—¿Pues quién es el más fregón de los mecánicos eléctricos?

Y me recomendaron a un güero, panzón, quesque muy lanza, que parecía un chicharronero alemán.

—¿Pues quién es el más machín de los mecánicos expertos en transmisiones?

Me recomendaron a un tal Julián, quien todavía tiene, en la avenida Tecnológico, un mono de alambre, revestido de plástico, que finge meterse a un motor, empotrado en el muro del susodicho taller, que cobra bien caro.

Igual me dejaba tirado la camioneta en pleno periférico de la Juventud, y no es que fuera un Volkswagen (bendito el Fhürer), sino que tenía que pedir una grúa, y ya eran 750 pesos, más mil pesos, más otros mil, más dos mil 500, cada vez.

Sospecho que todos los mecánicos son sionistas, o de perdida pertenecen a una logia masónica donde se ponen de acuerdo para joder tu vehículo: no importa lo que hagas: tu vehículo, les pagues lo que les pagues, te va a fallar.

*

Amy, mi sobrina, no me permite, jamás, que me vaya yo solo al Oxxo: inmediatamente se pone sus zapatitos y me dice:

—¡Tío!

Entonces hay que llevarla al Oxxo; en el transcurso va caminando, bailando, pescando mariposas y los dragones que habitan su imaginación: me hace comprarle todo; pero no me importa arruinarme por Amy.

El caso es que por mi casa transita un puto borracho en una camioneta gris que me la echa encima (bueno, me la echaba, en tiempo pasado de ya no) y a quien, en esa ocasión, se le ocurrió arremeternos, valiéndole madre que yo fuera con una niñita.

Dejé a Amy en casa y me regresé, caminando, lentamente, como somos los Vázquez, lentos e inapelables.

Me apeteció rajarle las llantas a esa camioneta con mi cuchillo Marto y comencé a patear la reja:

—¡A ver, maldito! ¡Sal, hijo de tu…, sal, perro de m..! ¿A quién chingados le echas la camioneta encima?

—¡Es el viejo pelón con cara de sádico! ¡Es el viejo pelón con cara de sádico! ¡No salgas, mi amor!

—¡Déjame! ¡Déjame! ¡Le voy a partir la cara a ese pinche viejo pelón cara de mis huevos! ¡Déjame, Leticia, déjame!

Encendí un cigarrillo: jamás salió el puto chamaco de mierda: seguro era de Meoqui, o de Delicias.

El caso es que más tarde fui a por una botellita de licor y me puse a beber, mientras escribía; Amy me interrumpió para que le pusiera el Show de Mickey Mouse y mamá me descubrió, al sentir el olor, que estaba bebiendo.

—¿Estás tomando, Elko Omar Vázquez Erosa? ¿Y en viernes?

Amy, como toda una heroína, salió en mi defensa, y dijo:

—¡Mi tío no toma!

—¡No! —respondió mi madre—. ¡Se la unta el hijo de la chingada!

 

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