Apuntes de enero de 2018

Por Luis Arcas González

 

19 de enero de 2018

Introducción sinfónica

Amor, amor, amor.
Piel suave y no rasposa,
que eres como una cosa
y hueles cómo una flor.

Sin embargo me cabreas
porque discutes mi todo
y yo pienso a mi modo,
lo digo pa’ que lo veas.

Otrosí cantara el gallo
si a veces tú te callaras,
que me pones muchas caras
y miro pa´ bajo y me callo.

Si yo te quiero, mujer,
más que a mi vida todita,
y si miro a esa gordita
es por mi puro placer.

Soy cómo el perro que ladra
que mucho ladra y no muerde,
y sabe lo que se pierde
si la sigue y la taladra.

 

—Todo eso me parece bien y es muy bonito; pero cómo te vuelva a ver charlando con la tetona, esa que de gorda no tiene nada, te vas con tu madre y le escribes poesías a ella. Es la última vez que te lo digo, so joputa.

29 de enero de 2018

Voy a comer en el restaurante Victoria 57 de Córdoba.

Llevo dos días a pan y agua. Más agua que pan para crear hambre y espacio y capacidad digestiva.

Estoy súper nervioso porque me han comentado que sus platos son tan exquisitos que al comerlos puedes llegar al Nirvana. No sé lo que es eso; pero suena a cosa muy buena.

Ya os contaré si sigo vivo porque otros me han dicho que tienen una comida para morirse.

Por si acaso, me he confesado dos veces.

30 de enero de 2018

MI NUEVA EXPERIENCIA EN EL RESTAURANTE VICTORIA 57 DE CÓRDOBA

La limousine de 20 metros que alquilé para que nos desplazara a mi mujer María y a mí los 200 metros que hay entre casa y el Victoria no se presentaba y tuvimos que ir andando como si fuéramos chusma.

Llegué dolorido de las piernas y el sol implacable había hecho mella gorda en mis ojos operados de cataratas y mis oídos, también operados, al ducharme, se me habían inundado de agua y oía poco y me dolían.

Cuando entré, cegado por ese sol y casi sordo, vi como una figura de mujer se me acercaba despacio: un halo la envolvía y un eco reverberante acompañaba a sus palabras. Pensé:

—Joder, qué nivelazo el de este restaurante, que te recibe la misma Virgen María.

Resultó que era Ana de nombre, que de lo primero ni sé ni le pregunté.

Un hilo musical suave nos acompañaba y nos permitía conversar sin notarlo tan solo en los silencios.

Pedimos y fuimos servidos.

Acompaño fotos como testimonio porque luego decís que soy un exagerado.

Comenzó la cosa con unas tostas con anchoas del Cantábrico mismo, que les pusimos nombre propio: una Antonia y la otra Maripuri. Yo me comí a Maripuri y quedé encantado con ella.

Después llegó un plato con unos trozos de calamares con mayonesa de aceite de oliva que me evocó, en el paladar, el gran sol cercano a las Islas Británicas en conjunción con las empinadas pendientes donde viven los olivos centenarios de los montes de Luque, que dan ese excelso aceite.

Lo siguiente: un plato de habitas pequeñitas con jamón ibérico de bellota con un huevo escalfado.

Ahí ya se me derramaron las primeras lágrimas.

Me disculpé y salí con la excusa de fumar un cigarrillo, que sí que era verdad; pero que también evitaba hacer pública mi imagen de plañidera.

Al entrar vi cómo traían una lujosa cazuela tapada, que al descubrirla mostró un mundo de color, textura y olor.

Ese fue el momento en que empecé a temblar.

Eran cocochas de merluzas vírgenes pescadas en el Cantábrico por hombres recién confesados y comulgados. Estaban cocinadas al pil-pil con aceite de oliva bendecido por el Papa.

Al meter en boca la primera ya noté un algo que me subía para arriba y se me bajaba para abajo; pero a nivel anímico, que creo que era el principio de ese Nirvana.

Tanto placer me arrebataba y, para mis adentros, pensé que yo, pecador como soy, tanto en la pradera como en el monte, no merecía esto que se me estaba concediendo.

Al masticar la cuarta cococha levité.

Efectivamente, le evité a mi mujer que se cayera de su silla porque ella también estaba viviendo ese Nirvana.

Bueno, supongo que algo influirían las cuatro copas de vino blanco que nos tomamos cada uno. Imaginad que empecé a hablarle a mi mujer de “tú” e incluso de “mira tía”. Por supuesto, al día siguiente me sometí a dura confesión con el obispo.

Cuándo mis estados anímico y sensorial se recuperen volveré al Victoria 57, que vi en la carta que tienen todo un mundo de atún rojo, bendecido —claro—, y paletilla de cordero y solomillo de ternera y…

Seguro que todo eso es pecado; pero ya os lo he dicho… me encanta pecar.

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