Doroty Rojas

Por: Salvador Joel Ramos Flores

Doroty Rojas

Al hablar con su voz tan profunda pero a la vez perturbada no pude más que callar y permitir que continuara; después de todo al fin conocería su versión de los detalles, cosa que concedió sólo a un selecto grupo a través de sus años de vida.

—¿Qué es lo que estás viviendo? ¿Cómo es donde estás?

Su mirada perdida tras el par de retinas blanquizcas e inertes, tal vez desde el día en que fue malamente concebido, daban el sentido de seriedad que su voz y su gesticulación marcaban a las palabras que iba diciendo de la siguiente manera:

—Bajo por las viejas escaleras desvencijadas, cubiertas de polvo; al llegar abajo un cuarto medio iluminado se vislumbra, es un lugar que da hacia la calle; los viejos ventanales rotos en algunas partes dejan ver que no se ha pasado ningún trapo por encima de ellos en años; los vidrios cubiertos por unas oxidadas mallas que casi obstruyen la visibilidad por completo debido a la cantidad de mugre que tienen impregnada.

Continuó narrando en otro tiempo del verbo; pero con la misma frialdad y angustia en la voz que hacía parar el tiempo actual para transportarte a su tiempo y convencerte de que esa bestia moribunda y despojada de todo cuidado por parte del mismísimo Dios alguna vez fue una criatura como nosotros: sólo un ser humano más.

—Al descender podías encontrar igualmente un cuarto desordenado y luego, al caminar un poco por el lugar lograbas hallar un par de puertas que fungían como piso: era la entrada a un lugar tan callado como la muerte y siniestro como las tinieblas.

“El principio lucía con unas paredes de ladrillos, chuecos cada uno de ellos por lo que en su conjunto formaban unas torcidas paredes, un pasillo que llevaba a las entrañas de sabrá el maldito Lucifer donde.”

“El lugar estaba descolorido, con un ambiente frío y seco sin el menor grado de humedad, el frío te calaba hasta los huesos, parecía penetrarte y envolverte poco a poco, no importaba que tanto te cubrieras ese frío no te lo quitabas de ningún modo.”

“Las descoloridas paredes de ladrillo cambiaban repentinamente a paredes de piedra de un color entre gris y verde como el que adquieren ciertas verduras al echarse a perder; el olor no difería mucho de una; pero no era ese el olor exactamente. Ahora sé que era el olor de la melancolía, la tristeza y la rabia. ¡Todas mezcladas!”

“Al llegar a la habitación a la que conducía el pasillo te encontrabas con un gran cuarto. No había otra cosa que algunas bancas de madera muy gruesa y completamente seca; al estar sobre algunas de ellas rechinaban como si se lamentaran de que alguien estuviera en ese lugar; advertían las lamentaciones que cargarías si te quedabas más de lo debido; pero nadie podía saberlo, únicamente el curso de las acciones nos marcó esta fatídica realidad.”

“Realidad enfermiza que nos hizo agonizar hasta el grado más alto dentro de nuestras pobres almas.”

“Al estar acostados todos nosotros en ese cuarto debimos darnos cuenta de aquello que nos acechaba; no lo veíamos porque no queríamos percibir algo así, nadie querría nunca ver algo tan siniestro; ese fue el primer error que cometimos, o no, más bien el segundo; el primero fue ir cada noche a ese lugar en busca de tranquilidad, lo único que encontramos fue lo contrario: la desolación de mi alma es debido a aquellos días o a la eternidad encerrada en esas demoníacas horas en que tuvieron lugar todas las espeluznantes cosas que nos ocurrieron.”

“El polvo blanco y pesado nos llenaba los pulmones de una ansiedad indescriptible, parecía haber tenido milenios en ese lugar, era parte ya de ahí y por más que tratábamos de quitarlo aparecía increíblemente de nuevo; cada noche en la que nos disponíamos a dormir no sentíamos cómo ese polvo nos contaminaba el alma, nos la volcaba del color más contrario a su materia, el negro más puro estaba encerrado en cada molécula de ese polvo proveniente de los avernos del infierno más tormentoso.”

“El miedo me penetró por completo cuando ella vino a mi; entre una de los cientos de noches que tengo perdida en mi memoria ésta es la primera que quisiera olvidar por completo.”

“Llevaba un raído chal sobre su rostro; pero tan oscuro que no permitía ver por completo su desfigurado semblante; no era más grande que cualquier mujer promedio, pero llevaba en sí la mayor cantidad de maldad jamás conocida por algún ser vivo o muerto; te lo digo y escúchame bien, porque solamente yo lo sé: si Él derramó sangre antes de morir fue porque vio el abismo profundo y agonizante adonde te llevan este tipo de criaturas.”

“Fue cuando sólo quedábamos menos de una docena, todos dormíamos pero yo escuché unas pisadas, realmente ligeras; pero en esos momentos poco era lo que podía conciliar el sueño, así que me levante tratando de hacer el menor ruido posible. Llamé a uno de mis hermanos mayores; pero él ni siquiera se inmutó un poco: no lo hice despertar.”

—Santos, Santos…

—¿Quién está ahí? —susurré en la oscuridad mientras me acercaba al lugar de donde provenía esa voz melódica y endulzante.

—Santos, ven a mí y te daré lo que tantos han buscado por miles de años.

—¿Quién eres, mujer? ¡Muéstrate! —le ordené con la voz más temblorosa que cualquiera pudiese emitir.

“Seguí la voz hasta que por gracia del Divino o por mero instinto sabía que la tenía enfrente; me quedé tan petrificado como una estatua, de esas que suele haber en las plazas. Sentía su aliento en mi frente, a veces tan frío como una noche en el desierto; otras tan caliente como la lava de un volcán. No necesitó mover sus labios para que la pudiera escuchar: su voz retumbaba en mis oídos, aunque los demás parecían haber caído en un sueño mas profundo de lo común. A decir verdad tal vez sólo mi cabeza la escuchaba…

—¿Cómo supo, eso Santos? ¿Cómo sabe que no fue sólo un sueño suyo?

“Entonces el demacrado viejo cambió su rostro hacia el mío como si me pudiera ver y me sujetó con una de sus temblorosas, huesudas y marchitas manos; pero con una fuerza inexplicable para ese decrepito cuerpecillo y me dijo, jalándome hacia él:

—Así como tú no crees en mis palabras, muchos no han creído en las de Él.

—No, si le creo— le dije con una voz casi de sumisión —continúe, por favor.

—Al estar parado frente a frente ante tal fuerza oscura la conciencia y el sueño se ven más similares que nunca, así como su rostro era como el de una bebé; pero con la mirada fija en la nada, con los labios carcomidos, los dientes mal formados y la piel llagada como el de una anciana enferma, pero a la vez tan infantil; todo se ve casi como lo mismo, lo bueno con lo malo parece sólo un juego de palabras y nada más, pero es el poder más temible para nosotros, aquél que nos nubla la conciencia.

—Tómalo o seguiré con los otros que ahora ves tan tranquilamente durmiendo, Santos.

—No sé cómo; pero entendí en ese momento que ella era la causa de nuestra desgracia; ella estaba acabando con toda mi familia: hombres, mujeres y niños, no le importábamos en lo más mínimo; venía a arrebatarnos algo y nadie la podríamos frenar; supe qué quería desde ese momento y eso me volvió…

—Loco —pensé quedamente, aún y que sabia que no podría escucharlo dentro de mi cabeza, como si fuera a escuchar mis pensamientos y esto lo fuera a disturbar de contarme el resto de la historia— loco de remate.

—Muchos piensan que loco; pero la verdad es que me hizo conciente, conciente del terrible misterio de la vida y la muerte que no es más que un llano momento divido por un delgado y casi imperceptible hilo.

—Toda la eternidad será tuya; pero debes hacer lo que te diga.

—¿Pues qué tengo que hacer para recibir tan gran presente?

—¡Jo!, mi dulce joven Santos, parece que es necesario que te desprenda de tus ataduras para que seas libre de realizar cualquier cosa.

—Déjanos en paz, nosotros sólo somos una pobre familia en desgracia, ¿qué cosa podemos ofrecerte?

—Ellos nada, Santos, sólo tú puedes ofrecerme lo que quiero y lo harás cuando sea necesario; no puedes negarte: somos parte de uno mismo.

—Retrocedió lentamente hacia la oscuridad hasta que mi vista no la percibió más; sudaba de manera indescriptible: una sensación gélida recorría mi cuerpo, más fría aún que la que el ambiente ofrecía y eso ya era mucho decir; mi vista se nubló poco a poco hasta que caí al suelo de manera inconsciente; pero me dejo una cosa dentro de mi cabeza antes de irse.

—¿Qué? ¿Qué le dejó, Santos?

—Mi primer malestar, me dejó un nombre.

—¿Y cuál era ese nombre, todavía puede recordarlo?

—¡Doroty Rojas!

Después de un rato de haber dicho esto se levantó pesadamente, ayudado por un grueso varejón y empezó a caminar sin decir más, seguido por su curioso y seducido oyente.

—-¿Qué significado tenía ese nombre? —dijo el fascinado entrevistador.

—Pues no es otra cosa que el sonido perturbador con el que es conocido el final de los males que se puede hacer a cualquier ser viviente o muerto.

—No, Santos, esta vez no lo entiendo en lo absoluto, creo que necesito que sea más explicito en esta parte… por favor.

—Dígame, ¿usted cree en la vida después de la vida?

—Bueno, pues sí, algo así.

—Doroty Rojas es la ausencia de ser en vida o en muerte, es la destrucción del Yo, del alma o como se le quiera llamar. No se trata del sufrimiento por las culpas cometidas, es mucho peor, no se está en el limbo, no se está en ninguna parte. Cuando Doroty Rojas está todo lo demás deja de ser y nada más, ¿entiende?

—Más o menos; pero, ¿como podía usted tener algo que ver con algo tan terrible y devastador?

—Esa era mi gran duda también. ¿Cómo yo? Sólo el simple Santos, un muchacho de corta edad, podía llegar a pensar siquiera en poder ser parte de lo más terrible del infinito.

—¿Y qué paso después?

—Como le dije se me fueron quitando las cosas que me ataban a esta vida para poder acceder a los deseos más perversos; de la misma forma que mis parientes se iban, mis sentidos se fueron yendo con cada suspiro de desaliento que tenía. La oscuridad encontró un refugio seguro dentro de mí y se fue apoderando de mi débil ser hasta el punto en que borró casi todo lo que pasó; pero si algo recuerdo en este momento es el cómo regresar; muchos piensan que el camino de la oscuridad es difícil de encontrar; pero es más difícil buscar la luz cuando estás sumido hasta lo más profundo del pandemónium.

“Lo que ahora es de utilidad es el hecho de haber vencido la desesperanza y el temor mismo, el darse cuenta de que seremos parte de todo esto, no importando nada más; es lo que te puede salvar: el tormento y la desesperación está únicamente dentro de nosotros, es un concepto tan difícil; sin embargo podemos convivir con ellos con tanta naturalidad y lo más extraño es que no entendemos un concepto más fácil, la felicidad en el ser, tal cual es pues todos somos iguales y parte de uno mismo; pero es como tratar de meter el mar completo en un agujero que se hace junto al mar; así de inmenso es el poder de Él; pero no queremos verlo ni menos aún seguirlo.

Con estas palabras el viejo Santos se fue alejando, yo estoy esperanzado de volverlo a ver conforme los días pasan; sin embargo hay días en que esta historia no tiene fin y se repite para mí y para muchos más; ahí es cuando pienso más en él y cuando creo en que somos eternos, pues si al menos hay uno que nos trae con el pensamiento, no podemos haber muerto o desaparecido del todo. Tal vez algún día conozca más pormenores de la historia y de la histeria por la que atravesó el viejo Santos, por lo pronto el vivir ya me parece un suspiro corto que trato de entender y de aprovechar de cuando en cuando.

 

 

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