Berenice

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Berenice

“Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la necesidad de vivir; pero no la habilidad”.

Charles Bukowski, La senda del perdedor

Su rostro era tosco y, aunque de piel clara y con lindas pecas, ella tenía facciones de una bárbara totonaca (perdonen el pleonasmo) y a pesar de ello, o quizá por ello, me gustaba.

Si bien estudiaba jazz, ella trataba de pasar por un miembro de las altas clases sociales merced al relativo enriquecimiento de su padre, seguramente un abogado de medio pelo venido a más.

Lucía unas piernas torneadas y unos ojos verdes, casi tan infinitos como su antipático carácter.

Los negocios de mis padres habían quebrado y de alguna manera toda mi seguridad se había desvanecido: mi novia Mónica, luego de embarazarse de su ex novio mientras yo me encontraba de vacaciones, me abandonó. Yo había reprobado algunas materias que me hicieron retroceder un par de semestres: me daba igual.

Los pasillos de la facultad eran fríos y desoladores y ya no sentía la magia que había percibido durante los primeros semestres: estaba realmente jodido y me habían herido el corazón con tajos que acaso nunca llegaron a sanar.

Odiaba a mis condiscípulos: me parecían tan estúpidos, tan absoluta, absolutamente imbéciles.

Pasaba las tardes escribiendo poesía y las noches realizando proyecciones astrales, sueños lúcidos, extrañas brujerías, qué sé yo (por cierto son habilidades que he perdido luego de algunos sustos).

Y los ojos de Berenice, con sus facciones toscas y, de alguna manera, angelicales, se me aparecían siempre.

Y en mi lecho de cristales rotos la pensaba.

Le escribí un poemario que mandé a empastar con tapa dura y se lo envié (previamente había querido incendiar la ridícula ciudad de Chihuahua ya que el libro salió con muchos errores tipográficos; pero mi hermano Rich me contuvo y me obligó a mandárselo, como estaba).

—¡Ya! ¡Ya! ¡Ya! ¡A la chingada! ¡Si tiene errores tipográficos a quién carajos le importa, Elko! ¿A quién demonios le escriben un poemario?

—¡Maldita sea! ¡Déjame quemarlo y empezamos de nuevo!

—¡No! El libro se lo mando ya.

Ella dijo que estaba lindo.

A ningún pendejo (y los poetas somos expertos en llenar todos los requisitos de tal adjetivo calificativo) se le ocurriría pensar que tras un poemario las mujeres deberían abrirse como flores para nosotros, pero es un honor poco común y hay damas que saben decirte que no, recoger las flores, y hacerte sentir muy bien.

Ella dijo que estaba lindo y nunca más me volvió a hablar, y se paseaba con su novio, un muchacho que parecía el chico estrella de un despacho de contadores.

Un día salí del salón de clases y, como no deseaba recorrer el largo pasillo que llevaba hacia las escaleras para descender al Jardín de Epicuro, salté por la ventana:

Fue un salto limpio y liberador.

Lo malo es que no miré a los lados y ella venía con sus amigas, todas ellas hijas de abogadillos, mercachifles y profesores con ínfulas de gente bien.

Debí parecerle tan ridículo: acaso pensaba que yo había brincado para hacerme el interesante.

En el mar de mi vida, Berenice, tan sólo una memoria aislada que ni me duele ni significa nada ni me explico por qué un día fue tan importante.

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