Acerca de los buenos modales

Por: Maribel R. y Elko Omar Vázquez Erosa

Acerca de los buenos modales

I

El caballero Brandán, convertido en castellano, se encontraba con su paje, el ratoncillo Ramón, bebiendo los buenos vinos de la tierra y comiendo opíparamente en uno de los salones del castillo.

—Ramón, ¡de veras que es un gusto comer sin preocuparse por lo que se va a llevar uno a la boca al día siguiente! Estas morcillas son deliciosas: podría zamparme un tonel entero.

—¡Y que lo digas! Ahora que somos grandes señores no debemos privarnos de nada; todo está convenientemente aderezado y los ojos se llenan de tristeza cuando ya no te cabe más.

—Deberías probar esta salsa —afirmó Brandán y como ya estaba algo achispado a causa del vino ingerido decidió jugarle una broma a Ramón, así que lo tomó por la cola y lo arrojó en la salsera; en seguida soltó una carcajada mientras se agarraba el vientre—: ¡Jo jo jo! ¡Ahora hasta podemos bañarnos en alimentos!

Ramón salió empapado de la salsera, muy enojado, y pegó un brinco en el mango de un cucharón de madera, que funcionó a modo de catapulta y lanzó un chorro de salsa a los ojos de Brandán.

—¡De veras que la salsa está muy buena! ¡Anda, gañán, no te prives de ella!

El caballero Brandán se limpió el rostro con el mantel, se apoderó de un puño de aceitunas y comenzó a arrojárselas a Ramón, quien saltaba por toda la mesa, zigzagueando entre los manjares, imprimiendo sus patitas en el mantel, derribando copas de vino y lanzando a su vez trozos de salchicha, migas de pan y trozos de fruta.

De pronto las puertas del salón se abrieron y la dama Uxía, acompañada de la ratoncilla Ramona, varias damas de compañía y su factótum, el enano Cirilo, entraron en la habitación.

—¡Pero qué barbaridad! —exclamó Uxía, enfadada—: ¡sois más bastos que unas bragas de esparto! ¿Así piensan comportarse durante la fiesta de Noche Buena que Ramona y yo estamos organizando? ¡Dios mío! ¿Qué van a pensar mis invitados Alfonso el Sabio, María de Champaña, Bonifaci Calvo, Pero da Ponte?

—¡Pero mi amor! ¡No hay que exagerar! Solamente nos estábamos divirtiendo un poco.

Cirilo negaba con la cabeza, desaprobadoramente, mientras Ramona reñía a Ramón:

—¡Mic! ¡Mic! ¡Estás hecho un asco, Ramón! ¡Eres más bruto que un arado!

—¡Pero Ramona!

—¡Fusss, fusss! ¡No me hables, Ramón! ¡Santa María, que me he casado con un bárbaro!

—¿Qué vamos a hacer con este par, Cirilo? —preguntó Uxía.

—Me parece conveniente que los mande a la Universidad para que aprendan buenos modales —respondió Cirilo.

—¡Enano chismoso! ¡Amarra navajas! —se enojó Brandán— Espera a que…

—Me parece una idea muy razonable. Mañana mismo se ponen en camino —sentenció Uxía—: ou aprobas ou vas coas ovellas ao monte.

—Pero…

—¡Ni una palabra más! —cortó Uxía y salió del salón seguida por su corte.

II

El magister Arnaldos era un viejo alto, seco y enjuto, que usaba una luenga barba canosa y repetía, con una voz cascada, monocorde y aburre vacas, la lección que se sabía de memoria:

—El perfecto caballero debe masticar con los labios cerrados y no hablar con la boca llena; el recipiente lleno de agua no es un abrevadero, como piensa el vulgo, sino que sirve para lavarse las manos; es necesario limpiarse los dedos con el mantel o con migajón de pan —afirmaba caminando entre los estudiantes mientras blandía un bastón que estaba dispuesto a utilizar en caso de indisciplina—. Debo agregar que la comida se toma con la punta de los dedos y no se llenan las manos con ella.

Entre los estudiantes se encontraba una mosca zumbona, algunos burgueses y unos antiguos compañeros de fechorías de Brandán y Ramón: el caballero Félix, noble de dudosa reputación, y su paje, el ratoncillo Tomás, un roedor mal encarado y tuerto que llevaba un parche para ocultar su ojo malo y lucía algunas cicatrices en el rostro, producto de varias escaramuzas en las tabernas del puerto.

—¡Pa´ berridoz de zerdo oídoz de matanzero!— gritaba Tomás con un vozarrón atronador y aguardentoso cuando el magister Arnaldos se daba la vuelta, aprovechando que estaba más sordo que una tapia, lo que provocaba la hilaridad de sus compañeros.

—El comensal —continuó Arnaldos— debe llevar su propia daga, limpiarse la boca antes de beber para no incomodar a su compañero de copa.

—¡Que lo haga tu tía Rita, gilipollaz!

—Se considera de muy mala educación encender con las velas las barbas de los otros comensales. Otras reglas de oro son: si el comensal ha escupido o se ha sonado la nariz no debe limpiarse las manos en el mantel; no debe escupirse por encima de la mesa o de algún compañero, sino que se escupe hacia atrás; no roer la fruta para luego devolverla a la fuente; no utilizar el cuchillo para hacer dibujos en la mesa; no poner comida en el bolso para consumir más tarde; como las especias se sirven con el dedo meñique éste deberá estar limpio y seco y no habrá de introducirse en el oído o la nariz.

—¡A papá mono con bananaz verdez! —vociferaba Tomás— ¡Ezta reliquia vive en una nube de pedoz! ¡Anda que no ze pue hazer na en la meza, coño! ¡Eztaremo buenoz para zeñoritingoz!

Finalmente sonó la campana y luego de que uno de los alumnos le hiciera comprender por señas al magister que la cátedra había concluido los estudiantes abandonaron el recinto para buscar sus alimentos.

III

—Supimos que te casaste y que te encuentras en buena posición. ¿Se puede saber qué hace un señorón como tú sufriendo la vida de estudiante? En mi caso se entiende porque me lo ha impuesto mi padre como condición para darme una ridícula pensión —dijo Félix.

—Mi esposa, Uxía, quiere que sepamos comportarnos ya que espera a gente muy importante en la cena de Noche Buena —respondió Brandán.

—¡Y vaya que oz va bien! —afirmó Tomás desde el hombro de Félix— ¡Zi tenéiz menoz zintura que un pollo! Tendríaiz que invitar a comer a unoz compañeroz en dezgrazia en lugar de eztar penzando en muzaraña con estoz viejoz profezore.

—Pero en dos horas comienza la cátedra de latín.

—No se perderán nada —aseguró Félix—. Tomás y yo estamos bastante adelantados en latín y os podemos dar algunos consejos mientras comemos.

—¿Conocéis una buena taberna? —preguntó Brandán.

—En “La cuchara del obispo” se come y se bebe bien —señaló Félix.

—Ben falado! —exclamó Tomás—. ¡Ya dezía yo que no eraz de la virgen del puño! ¡A donde va vizente va la gente! Dejemoz de hazer el zueco y vámonoz de picoz pardoz porque para yantar hay que andarze con la hora pegada al culo.

Brandán, Ramón y Félix estuvieron de acuerdo con Tomás y se encaminaron a la taberna, donde fueron recibidos por el dueño:

—Bienvenidos, señores. Tenemos cordero que preparamos esta mañana…

—Eze cordero ha de zer máz viejo que andar a pie. Venimoz con gente de calidad, azí que trae unas buenaz morzillaz y embutidoz, unaz papaz fritaz con zalza catzup y baztantez botellaz de vino —protestó Tomás.

—El vino de la casa es excelente.

—¿Quierez que te cuente el cuento de María Zarmiento, la que ze fue a cagar y ze la llevó el viento? ¡Hala y trae el vino bueno que tienez ezcondido y nada de ezcupir!

Poco después el tabernero trajo varias botellas de vino, fiambres, cebollas asadas y las papas fritas que había pedido Tomás, quien se abalanzó sobre ellas y procedió a bañarlas con salsa cátsup.

—¿Pero tú estás tonto, Tomás? —preguntó Ramón—. ¿Qué has pedido?

—Unaz papaz a la franzeza.

—Si serás bruto, estamos en el siglo XIII y no se ha descubierto América, así que es imposible que los europeos tengamos acceso a las patatas y a los jitomates, que son productos americanos.

—¿Qué dize? ¿Eztáz zeguro, zabihondo?

—Completamente seguro —dijo Ramón; las papas y la salsa cátsup comenzaron a desvanecerse en la nada y Tomás se quedó muy triste.

—Anda, prueba estas salchichas y déjate de tonterías, Tomás; además tenemos mucho vino —afirmó Félix.

Los cuatro amigos comenzaron a atacar las viandas y poco después sus rostros quedaron sonrosados debido a la ingesta de vino y al atracón; hasta el flacucho Félix emitió un sonoro eructo luego de aflojarse el cinturón.

—Seguro que quedaches con fame. Fágoche un bisté? ¿Te llenazte, Boby, o te guizo un huevo? —preguntó Tomás.

—Non me cabe nin unha cereixa.

—¿Ramón? —preguntó, como si fuera el anfitrión, el ratoncillo Tomás.

—Comin coma un bispo.

—¿Brandán?

—No quiero ni la cuenta.

—Ben falado! En lo que damoz cuenta de otra ronda de vino oz voy a develar loz zecretoz del latín.

Entre ríos de vino Brandán, Ramón y Félix se beneficiaban con la enorme sabiduría de Tomás, quien pontificaba en el centro de la mesa, tambaleándose en lo alto de un librote que había improvisado como pedestal:

—Para zer un viva la virgen y dominar los zecretoz del latín no ez nezezario ir hazta donde Judaz perdió las botaz en loz eztudioz; bazta con cogerle el truco al latín macarrónico, que generazionez de eztudiantez avizpadoz han dezarrollao y que ez tan bueno como loz latinajo de loz ecleziáztico.

“Primerum habemus de fablar nombrando las cosas pro cujus nómine apropiatus in latín; non est difícilum, non necesarium pasar dies enteros et noctes completas las pestañorum quemando quandum comprendit la parla in ista forma; añadidarum que cum tali discurso…”

IV

Debido a que la dama Uxía y Ramona estaban muy ocupadas acomodando a los invitados Cirilo fue comisionado para dirigir la preparación de la cena, consistente en diversos manjares que incluían el asado de varios cochinillos; no obstante Cirilo se las había arreglado para que la servidumbre tuviera a tiempo los platillos, a pesar de que había sido necesario pedir más cebollas con regularidad porque ya se sabe que a Cirilo le encantaban y consumía cantidades ingentes del tubérculo.

Cuando todo estuvo listo Cirilo contempló con orgullo las delicias, artísticamente dispuestas:

—¡Soy un genio! ¡Soy un genio! —se decía mientras la cocinera lo miraba, furiosa:

—Maestro Cirilo, está usted servido; pero haría bien en dejar de comer tantas cebollas.

—¡Hala! ¡Hala! Y cierra la puerta de la cocina antes de retirarte.

La cocinera procedió a obedecer; pero en seguida regresó:

—Maestro Cirilo, un grupo de seres diminutos y espantosos como usted solicitan que los reciba; son unos enanos de muy mala facha: yo le recomendaría que…

—¡Pero qué dices, mujer! Si se trata de enanos estás hablando de gente de calidad: hazlos pasar inmediatamente.

La cocinera hizo una mueca y procedió a cumplir la orden: en seguida un nutrido grupo de enanos hizo acto de presencia:

—¡Cirilo! ¡Gañán! ¡Nos acabamos de enterar de tu buena fortuna y no has tenido la delicadeza de invitarnos a la cena de Noche Buena!

—Lo siento; pero se trata de un banquete para personas muy importantes —respondió Cirilo, dándose aires.

—Pero no le irás a negar un tentempié a un grupo de viejos camaradas: mira que vamos de paso para reunirnos con la Hermandad de Tragaldabas en la taberna “Los Pingajos” y, como faltan algunas horas para que llegue la noche y andamos cortos de dinero, teníamos confianza en que podrías ofrecernos un magro refrigero.

—Está bien, está bien —dijo Cirilo.

—Y unos vinillos para quitarnos el polvo del camino que se nos ha atorado en el gaznate.

—Pero sólo un poco —respondió Cirilo, se decidió a ir a la cava por un tonel de vidrio e invitó a sus inesperados comensales a pasar al refectorio de la servidumbre; lamentablemente y durante la breve ausencia de Cirilo los enanos dieron rienda suelta a sus inclinaciones: y es que se trataba de Daniel Pasteles, Rafael Castañas, Gustavo Toneles, Gabriel Terneras, Abraham Frutitas, y así hasta 35 enanos envidiosos y glotones que hacían honor a su apellido y acarreaban desde la cocina los manjares; cuando Cirilo regresó con el tonel los enanos atacaron con entusiasmo el barril:

—¡Quiero hacer un brindis por Cirilo! —dijo uno de los recién llegados y el resto soltó un coro:

—¡Viva Cirilo, el buen amigo de la tribu!

—¡Viva! ¡Viva!

Cirilo estaba encantado; los enanos se deshacían en elogios para con su persona y la sangre de la viña comenzó a correr.

—Otro tonel nos vendría bien, Cirilo —dijo Gustavo y Cirilo, a quien ya se le subían por las mejillas y la cabeza los espíritus de la uva accedió y fue a por más.

Los brindis continuaron: los enanos charlaban alegremente; mientras masticaba una cebolla y vaciaba una copa de vino Cirilo sonrió bonachonamente y se levantó, eructando, para admirar una vez más su obra maestra; pero al abrir la puerta de la cocina se encontró con que las viandas se habían convertido en un informe montón de huesos y migajas: era sencillamente increíble.

—¡Dios mío! ¡Esto no me lo va a perdonar la dama Uxía! ¡Y los invitados ya están llegando al castillo! ¿Qué demonios voy a hacer ahora?

Los enanos eructaban, satisfechos mientras Cirilo continuaba quejándose amargamente:

—¡Maldita sea! Esto me pasa por bromista: si no hubiera cedido a la tentación de hacerle pasar un mal rato a ese par y en lugar de echarle más leña al fuego para que los castigaran las damas del castillo, tal vez a esos pícaros se les hubiera ocurrido alguna manera de ayudarme; pero seguramente, y ahora que lo pienso, lo estarán pasando bien en la Universidad, famosa por sus escandalosas francachelas.

Finalmente a Gabriel Terneras le pareció que su familiaridad se había pasado de tueste y propuso:

—Cirilo, no te preocupes: lo que pasa es que traíamos mucha hambre.

—¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!

—Espera, que no es para tanto y no todo está perdido: traigo en mi faltriquera el libro de hechizos del bisabuelo y podríamos llamar a los elementales para que remediaran el estropicio.

Cirilo estaba desesperado y accedió, si bien sabía que los elementales son unos espíritus muy traviesos con los que se precisa llevarla con tiento.

Gabriel Terneras comenzó a dirigir todo lo necesario para el hechizo y a Gustavo Toneles le tocó dibujar con tiza el círculo protector en el suelo; pero como estaba tan borracho y era tan mal matemático dejaba por doquier huecos por los que los espíritus podrían haberse colado, así que Rafael Castañas, un enano demasiado alto para pasar por tal, y que por lo mismo se las daba de sargento, regañó a Gustavo:

—¡Maldita sea! ¡Así no se hacen las cosas! ¡Ahora te pones a correr diez vueltas al salón!

—Pero, pero…

—¡Pero nada!

Y ahí tenías a Gustavo corriendo alrededor del salón, soltando el bofe, mientras Daniel Pasteles, un enano especialmente barbón, procedía a reparar el estropicio de Gustavo.

Finalmente Gabriel Terneras anunció que todo estaba listo para la invocación y todos los enanos procedieron a meterse al círculo protector. Al terminar la salmodia los elementales hicieron acto de presencia:

—Con este hechizo yo os encadeno —dijo gravemente el enano Gabriel—. ¡Sólo me resta desearos felices fiestas!

Algo iba mal, los elementales volteaban las mesas y las sillas, arrojaban costillas de cerdo y migajas; los utensilios de la cocina habían cobrado vida y arremetían contra el círculo protector que, no obstante, resistía.

—¿Pero qué pudo salir mal?

Cirilo miró los cuencos donde se había depositado la ofrenda de leche, miel y frutas, que se encontraban vacíos; miró a su alrededor y descubrió que Abraham Frutillas se relamía:

—¡Abraham!

El aludido, quien cubría su rostro con una capucha y jamás miraba de frente, se relamía los labios.

—¡Este desgraciado se comió las ofrendas dulces!

Los muebles saltaban en pedazos: un enjambre furioso de espíritus elementales se ensañaba con la cocina; de pronto las puertas de roble se abrieron e irrumpió la bruxa Alina, quien golpeó el suelo tres veces con su báculo y los elementales quedaron congelados, suspensos en el aire:

—¡Cirilo! ¡Eso te dejan tus torpes intrigas, y andar confiando en estos envidiosos!

Cirilo estaba muy apenado: la bruxa Alina sacó de su faltriquera unas manzanas, que cortó en rodajas, sobre las que vertió miel y leche; en seguida volvió a golpear el suelo tres veces y los elementales comieron de la ofrenda.

Alina les ordenó que arreglaran los estropicios y en breve las mesas se llenaron de manjares.

Epílogo

Según refieren las crónicas la cena de Noche Buena que ofrecieron la dama Uxía y Ramona fue todo un éxito, a pesar de todas las estupideces que habían cometido los varones del castillo: Brandán era un buen poeta en lengua galaico—portuguesa e hizo las delicias de Alfonso el Sabio, quien se entusiasmó tanto que ordenó realizar un florilegio y de ahí nacieron “Las cantigas de María”.

Si bien es cierto que la dama Uxía se desesperaba con el latín macarrónico recién adquirido por Brandán y Ramón, lo cierto es que el latín medieval era bastante espantoso, como lo es actualmente el latín de los abogados, y ni clérigos ni académicos se dieron cuenta de tales majaderías.

Pero da Ponte, Bonifaci Calvo y María de Champaña admiraron a los invitados con su ingenio y, si bien un tal Tomás, ratoncillo de mal aspecto que acompañaba a un noble de pésima reputación llamado Félix, había devorado casi todas las existencias de un manjar denominado “papas a la francesa con salsa cátsup”, corrió la leyenda del susodicho manjar del que nadie, en tierras galas, supo dar fe, aunque la aristocracia lo buscaba con ahínco.

Esas cosas ocurren, más de lo que el vulgo podría pensar, merced a cuestiones de la física cuántica que sería muy pesado referir aquí.

Aquella lejana Noche Buena fue deliciosa y como este relato se entrega a destiempo a la Ratona y a mí no nos queda más que desearos que hayáis pasado una hermosa Navidad en compañía de los vuestros, y que sus mejores deseos se hagan realidad en el próximo año nuevo: felices fiestas.

 

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