Temósachi bajo la lluvia

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Temósachi bajo la lluvia

La casa… transida de silencios, de los silencios y las sombras que van tejiendo las nubes pesadas y negras: los figurines callados que se encuentran, llenos de polvo, en el dintel de la ventana, o sonríen, o lloran, o meditan en vano, congelados en un instante que se perpetúa en sus formas de cerámica.

De pronto caen las gotas heladas sobre los techos de zinc y tierra, sobre los muros de adobes centenarios, sobre los cristales que se cimbran ante el viento, ante el rugido y los destellos del trueno y del relámpago.

La casa, atravesada por fantasmas, arroja ese antiguo aroma de tierra, de ropa limpia, del petróleo que se quema en las lámparas y del que se usa para curar las duelas del piso.

Huele a tierra mojada, a heno y ozono, a los días fugitivos, desvanecidos en el tiempo.

Me pongo el impermeable, protejo mi libreta de poemas, los cigarrillos y la botella de whisky y comienzo a recorrer las calles del pueblo mientras mis zapatos hacen “plosh-plosh” en el fango, y se empapan; pero no importa: soy un cazador de espectros y esas menudencias jamás me han detenido.

Los desagotes vomitan el agua sobrante de los tejados y poco a poco abandono el pueblo para dirigirme al rancho “El Refugio”, que se recorta en la distancia, entre la bruma, como un pequeño castillo.

Mis sueños son demonios melancólicos que habitan en las sombras,más alla de las vías del tren, apartados de los aldeanos y de sus atroces gustos musicales, entre los gemidos del viento que se enreda en las ramas de los árboles para entonar una melodía antigua.

Mis ojos ambarinos se beben el paisaje y mi corazón errante se emborracha con la salvaje sinfonía de los dioses oscuros.

¿Qué habrá al otro lado de los cerros, al otro lado del mundo? Quizá no haya nada para mí, quizá tan sólo el reflejo de viejas lunas atrapadas en la desapacible superficie de gélidas aguas que corren como si el sol las persiguiera.

Bajo el techo de las caballerizas abandonadas, que ya ni siquiera nos pertenecen, enciendo un cigarrillo y bebo de mi botella: los palos torcidos de los cercos de alambre de púas se cubren de musgo y en un rincón una araña camina por el círculo perfecto de su red, aderezada de diamantes.

La noche es sabia y conoce la tristeza (acaso la vida no sea más que tristeza), los espíritus de la tormenta, los caóticos impulsos que habitan la delirante imaginación de los poetas.

La noche es fría, la punta del cigarrillo va trazando arabescos en la oscuridad; el whisky me calienta las tripas y las luces del pueblo están, como a mí me gustan los pueblos y las ciudades: lejos.

Terco corazón de obsidiana negra que refleja de la lluvia su canto plañidero.

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